– ¿Qué ha sucedido?
– Otros dos muertos, anoche.
– ¡Hostia!
– Y que lo digas. Uno, obra de nuestro asesino, con su ritual de costumbre. Es el cuarto. A mi amigo, el comisario, lo han destituido con la elegancia y el savoir faire de Nerón… Al otro tío lo ha puesto en la lista de las necrológicas el bueno de Ryan Mosse. Ahora está en prisión, mientras el general hace todo lo posible para sacarlo.
Cooper ya se había despertado por completo.
– ¡Joder, Frank! ¿En qué clase de lío andáis metidos? La próxima vez me dirás que ha estallado la guerra nuclear.
– Todavía no excluyo esa posibilidad… Y tú, ¿qué es eso tan urgente que tienes que decirme?
– Hay novedades en el asunto de los Larkin. La investigación nos ha llevado a sospechar que hay una bonita tapadera en alguna parte; se prepara algo gordo, pero todavía no hemos conseguido determinar qué. Y de Nueva York ha llegado Hudson McCormack. ¿Quién es? ¿Y qué tiene que ver con los Larkin? Es lo que nosotros querríamos saber. Oficialmente ha venido a defender a Osmond Larkin. Lo que nos sorprende es que este carbón podría permitirse algo mucho mejor, es decir, uno de esos abogados que cobran honorarios de seis ceros. McCormack, en cambio, es un abogaducho mediocre, de treinta y cinco años, más famoso por haber formado parte del equipo Stars and Stripes en la copa Louis Vuitton que por sus éxitos en el campo legal.
– ¿Lo habéis investigado?
– ¡Pues claro! Pero no hemos encontrado nada de nada. Lleva una vida acorde a sus ingresos, sin gastar de más. Ningún vicio, ni mujeres, ni coca. Fuera de su trabajo solo le interesa la náutica. Y de pronto salta como un muñeco de una caja de sorpresa para recordarnos qué pequeño es el mundo.
– ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que en estos momentos Hudson McCorrnack está volando hacia Montecarlo.
– Me alegro por él, aunque no es el mejor momento para venir.
– Va por una regata bastante importante, según parece. Sin embargo…
– ¿Sin embargo?
– Frank, ¿no te parece raro que un modesto abogado de Nueva York, hasta ahora desconocido, que tiene por primera vez en su vida un caso importante lo deje de lado, aunque solo sea por un tiempo, para ir a Europa a pasear en velero? Cualquier otro, en su lugar, ni siquiera dormiría para poder trabajar las veinticinco horas.
– Visto así, tienes razón. ¿Y yo qué tengo que ver?
– Tú estás ahí y conoces la historia. En este momento ese hombre es la única conexión de Osmond Larkin con el resto del mundo. Tal vez no sea más que su abogado, pero también podría ser otra cosa. Hay montañas de droga y de dólares en juego. Todos sabemos lo que es Montecarlo en cuanto a blanqueo de dinero… Tú estás colaborando con la policía de Monaco; no te costaría nada pedir que vigilen a McCormack, de manera discreta pero eficaz…
– Veré qué puedo hacer…
No le dijo a Cooper que allí casi todos, incluido él mismo, se hallaban bajo discreta pero eficaz vigilancia.
– Te he enviado por correo electrónico una foto para que puedas verle la cara. Y toda la información que hemos reunido sobre la estancia de McCormack en Montecarlo.
– Vale. Vuelve a tu siesta. Los tíos poco inteligentes como tú necesitan recargar las pilas para rendir como es debido.
– Hasta pronto, idiota. Rómpete la pierna.
Cortó la comunicación y dejó el inalámbrico al lado del ordenador. Otra vuelta, otra carrera, otras dificultades. Guardó el archivo adjunto en un disquete con los datos relativos a Huodson McCormack, sin siquiera abrirlo. Le puso una etiqueta que encontró en el cajón del mueble y escribió «Cooper». Ningún otro nombre a la vista.
Por un instante, la breve conversación con su colega lo devolvió a su país, aunque este era un concepto vago en aquel momento de su vida. Sentía como si su cuerpo astral, sin emociones, merodeara por las ruinas de su existencia a millares de kilómetros de distancia, con la transparencia de los fantasmas que ven sin que los vean. Estaba en casa de Cooper y al mismo tiempo en el despacho que durante tanto tiempo habían compartido en el Bureau, y en su casa desierta hacía meses, y caminando por las calles de Washington sumergidas en la oscuridad.
«¿Para qué sirve todo esto? ¿Hay alguien, en toda esta miserable historia de pobres seres humanos, que haya comprendido algo? Y si lo ha comprendido, ¿por qué no lo ha explicado a los demás?»
Quizá la respuesta fuera que nadie le habría creído…
Cerró los ojos y recordó una conversación que había mantenido con el padre Kenneth, un sacerdote y psicólogo de la clínica donde se había recuperado después del suicidio de Harriet. Cuando no estaba en terapia o en análisis, iba a sentarse a un banco del parque de aquella especie de manicomio de lujo; miraba al vacío, luchando con el deseo de seguirla por el mismo camino. El padre Kenneth se acercó sin ruido y se sentó a su lado en el banco de hierro forjado y tablas de madera oscura.
– ¿Cómo estás, Frank?
Lo miró con atención antes de responder. Estudió aquel rostro largado y pálido, de exorcista, los ojos agudos y conscientes de la complejidad de ser a un tiempo un hombre de ciencia y de fe. Vestido de civil, podía pasar por un pariente de un paciente cualquiera.
– No estoy loco, si es eso lo que quiere oírme decir.
– Ya sé que no estás loco, y tú sabes muy bien que no es eso lo que quisiera oírte decir. Cuando te pregunto cómo estás, de veras quiero saber cómo estás.
Frank abrió los brazos en un gesto que abarcaba cualquier cosa o todo el mundo.
– ¿Cuándo podré irme de aquí?
– ¿Estás listo para marcharte?
El padre Kenneth había respondido a su pregunta con otra pregunta.
– Si me lo planteo, mi respuesta es que no lo estaré nunca por eso se lo he preguntado a usted.
– ¿Eres creyente, Frank?
Se volvió para mirarle con una sonrisa amarga.
– Por favor, padre, no caiga en esas banalidades, como «Mira hacia Dios, y Dios mirará hacia ti». Últimamente, cuando le he mirado, Dios ha desviado los ojos.
– No ofendas mi inteligencia, y sobre todo no ofendas la tuya Te obstinas en darme un papel que recitar, quizá porque también tú has decidido recitarme uno. Tengo un motivo para haberte preguntado si crees en Dios…
Frank se puso a observar a un jardinero que podaba un arce.
– No me interesa. Yo no creo en Dios, padre Kenneth. Y no es una ventaja, pese a lo que pueda pensar la gente.
Volvió a mirarlo.
– Significa que no hay nadie para perdonarme por el mal que hago.
«Y en efecto siempre he creído que no lo hacía -pensó-, y en cambio lo he hecho. Poco a poco le he quitado la vida a la persona a la que amaba, a quien debería haber protegido más que cualquier otra cosa.»
Mientras se ponía los zapatos, el sonido del teléfono lo devolvió al presente…
– Hola.
– Hola, Frank, soy Nicolás. ¿Estás despierto?
– Despierto y listo para la acción.
– Bien. Acabo de llamar a Guillaume Mercier, el chaval del que te hablé. Me está esperando. ¿Quieres venir?
– ¡Por supuesto! Me vendrá bien antes de enfrentarme a otra noche en Radio Montecarlo. ¿Ya has leído los periódicos?
– Sí. Y dicen de todo. Ya puedes imaginar con qué tono…
– Sic transit gloria mundi . Que no te importe un ardite. Tenernos otras cosas que hacer. Te espero.
– En dos minutos estoy allí.
Fue a escoger una camisa limpia. Mientras estaba desabrochando el botón del cuello sonó el interfono. Cruzó el salón para ir a responder.
– ¿ Monsieur Ottobre? Le busca una persona.
Frank pensó que Nicolás, cuando decía «dos minutos», se lo tomaba al pie de la letra.
Читать дальше