Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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Cuando la puerta del ascensor se abrió en la quinta planta, Frank bajó y golpeó a la puerta de Stricker.

– ¿Quién es?

– Soy yo, Frank.

La puerta se abrió. Cuando entró, Frank pensó que Roby Stricker tendría que pasar bastante tiempo en la playa o bajo una lámpara de rayos para hacer desaparecer la palidez de su rostro. El aspecto de Malva Reinhart no era mucho mejor. Estaba sentada en el sillón y sus ojos parecían más grandes y más violeta que de costumbre.

– ¿Qué ha sucedido?

– Nada. Nada de que preocuparse.

– ¿Habéis arrestado a alguien?

– Sí, pero no era la persona que buscamos.

En ese momento el walkie-talkie volvió a zumbar. Frank se lo quitó de la cintura. Después de haber corrido al bajar la escalera, se sorprendió de encontrarlo todavía allí.

– Sí.

Le llegó la voz de Hulot, una voz que no le gustó nada.

– Frank, habla Nicolás. Tengo una mala noticia que darte.

– ¿Muy mala?

– De lo peor. Ninguno nos ha engañado, Frank. Totalmente. Su objetivo no era Roby Stricker.

Frank sintió que se acercaba un mal momento para todos ellos. Acaban de descubrir el cadáver de Gregor Yatzimin, el bailarín. En las mismas condiciones que los otros tres.

– ¡Hostia!

– Te espero en el edificio.

– Llego enseguida

Frank apretó con fuerza el walkie-talkie y por un instante tuvo la tentación de arrojarlo contra la pared. Sentía la ira como si tuviera un bloque de granito en el estómago.

Stricker se le acercó, tan nervioso que no percibió cuan trastorno estaba.

– ¿Qué sucede?

– Debo irme.

El muchacho lo miró desconcertado.

– ¿De nuevo? ¿Y nosotros?

– Vosotros ya no corréis ningún peligro. No eras tú el objetivo

– ¿Cómo? ¿No era yo?

Aliviado, Stricker se apoyó en la pared.

– No. Acaban de descubrir otra víctima.

La certeza de haber eludido el peligro hizo que el joven pasara de la emoción a la indignación.

– ¿Quieres decirme que nos habéis puesto al borde de un infarto solo para decirnos ahora que os habéis equivocado? ¿Qué mientras vosotros estabais aquí el asesino se tomaba tranquilamente su tiempo para matar a otro? ¡Menudos policías! Cuando se entere mi padre hará un…

Frank escuchó en silencio el principio del estallido de cólera.

Pese a todo, las palabras de Stricker eran parcialmente ciertas. Sí, el asesino les había tomado el pelo una vez más. Como a unos imbéciles. Pero al menos ese hombre que acababa de burlarlos corría riesgos, salía de su casa y libraba su batalla, por atroz que fuera.

A Frank le resultaba aún más insoportable que los ridiculizara ese inepto de Stricker, después del esfuerzo que habían hecho todos por salvar su discutible existencia. El hielo que Frank tenía dentro, de golpe se volvió vapor y estalló con toda su fuerza. Cogió al joven por los testículos y apretó con violencia.

– Escúchame, calzonazos…

Stricker palideció mortalmente y se pegó al muro, ladeando la cabeza para evitar la mirada llameante de Frank.

– Si no cierras esa bocaza, te haré ver tus dientes sin necesidad de espejo.

Dio un violento estrujón a los cojones de Stricker, que hizo una mueca de dolor, y continuó con el mismo tono sibilante:

– Si de mí hubiera dependido, con gusto te habría dejado en manos de ese carnicero. Ya que el destino ha querido salvarte, más te vale ser prudente y no tentar al diablo.

Lo soltó. La cara de Stricker empezó a volver lentamente a su coloración normal. Frank vio que tenía los ojos brillantes.

– Ahora me voy. Como te he dicho, tengo cosas más importantes que hacer. Líbrate de esa furcia y espérame aquí; tú y yo todavía tenemos cosas que hablar, a solas. Debes aclararme un par de detalles sobre tus contactos en Montecarlo…

Frank se apartó, y Stricker se deslizó contra la pared hasta quedar sentado en el suelo. Se cogió la cabeza entre las manos y se echó a llorar.

– Y si mientras tanto quieres llamar a papaíto, eres libre de hacerlo.

Se dio la vuelta, abrió la puerta y dejó al muchacho sollozando. En el rellano, mientras esperaba el ascensor, lamentó no haber tenido tiempo para pedirle explicaciones sobre un detalle. Había esperado a quedarse a solas con él para preguntárselo, pero después habían llegado las llamadas de Nicolás.

Lo haría después, con calma. Quería que le aclarara quién era el individuo que estaba hablando con él y Malva Reinhart cuando los habían encontrado frente a Jimmy'z, el que se había alejado al verlos llegar. Frank quería saber de qué hablaba Roby Stricker con el capitán Ryan Mosse, del ejército de Estados Unidos.

33

El viaje hasta la casa de Gregor Yatzimin fue breve y largo al mismo tiempo.

Frank iba en el asiento del acompañante, con la mirada fija delante y escuchaba lo que le contaba Nicolás Hulot. Su rostro era una máscara de rabia silenciosa.

– Supongo que ya sabes quién es Gregor Yatzimin…

El silencio de Frank fue una afirmación.

– Vive… Vivía aquí, en Montecarlo, y dirigía la Compañía de Ballet. En los últimos tiempos había tenido problemas con la vista.

Frank le interrumpió de pronto, como si no le hubiera oído.

– En el mismo momento en que oí su nombre me di cuenta de hasta qué punto hemos sido estúpidos. Debimos imaginar que ese hijo puta complicaría sus mensajes. El primer indicio, Un hombre y una mujer, resultó relativamente fácil, porque era el primero. El muy desgraciado tenía que darnos una clave de lectura. « Samba para ti» era bastante más complejo. Así que era obvio que el tercero sería todavía más difícil. Además, él mismo nos lo anunció.

A Hulot le costaba seguirlo.

– ¿En qué sentido lo anunció?

– El loop, Nicolás. El loop que gira, gira, gira. El perro que se muerde la cola. Lo ha hecho adrede.

– ¿Adrede para qué?

– Nos dio un indicio que podía ser mal entendido, pues tenía una doble interpretación. Nos ha hecho perseguir nuestra propia sombra. Sabía que llegaríamos a Roby Stricker, por el nombre ingles del locutor, por las discotecas No Nukes… Y, mientras destinamos todas las fuerzas policiales a proteger a ese energúmeno, lo dejamos completamente libre de matar a su verdadera víctima…

Hulot terminó por él.

– Gregor Yatzimin, el bailarín ruso que se estaba quedando ciego por la radiación a la que se expuso en Chernobil, después del accidente de la central nuclear en 1986. «Dance» no hacía referencia a la música de discoteca, sino a la danza. Y «Nuclear Sun», al núcleo radiactivo de Chernobil.

– Exacto. ¡Qué imbéciles hemos sido! Tendríamos que habernos dado cuenta de que no podía ser tan simple. Y ahora cargamos con otro muerto en la conciencia.

Frank pegó un puñetazo contra el salpicadero.

– ¡Maldito cabrón hijo de puta!

Hulot comprendía muy bien su estado de ánimo, pues era también el suyo. También él habría querido gritar y golpear con los puños contra la pared. O sobre el rostro de ese asesino, hasta convertirlo en la misma máscara de sangre de sus víctimas. Tanto Frank como Hulot eran dos policías con gran experiencia, en absoluto estúpidos. Sin embargo, tenían la sensación de que su adversario los dominaba y los movía a su antojo como peones sobre un tablero.

Pero los policías responsables, al igual que los médicos, no piensan nunca en las vidas que han logrado salvar. Solo tienen en la mente las que han perdido. No prestan atención a los elogios o a las acusaciones de la prensa, los superiores o la sociedad. Es un discurso personal, un discurso que todos, cuando se miran al espejo cada mañana, reanudan en el mismo punto en que lo interrumpieron la noche anterior.

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