– Discúlpeme, pero lo que ha sucedido es tan espantoso…
Hulot cogió una silla y se colocó frente a él.
– No tiene por qué disculparse, señor Devchenko. Trate de calmarse. Necesito hacerle unas preguntas.
Devchenko levantó de repente el rostro bañado en lágrimas.
– No he sido yo, señor comisario. Yo estaba fuera, con unos amigos; me han visto todos. Yo quería a Gregor, nunca habría sido capaz de hacer algo… algo como esto.
Hulot sintió una ternura infinita por aquel muchacho. Tenía razón Morelli; sin duda eran amantes. Pero ello no cambiaba en su consideración. El amor es el amor, en cualquier modo que se manifieste. Él mismo había conocido a muchas parejas de homosexuales que vivían historias de amor de una delicadeza de sentimientos difícil de encontrar en otras relaciones más convencionales.
Le sonrió.
– Tranquilícese, Boris. Nadie le está acusando de nada. Solo quería unas aclaraciones que me ayuden a entender qué ha sucedido aquí esta noche.
Boris Devchenko pareció calmarse un poco al ver que nadie lo acusaba.
– Ayer por la tarde llegaron unos amigos de Londres. Debía venir también Roger Darling, el coreógrafo, pero en el último momento lo retuvieron en Inglaterra. Al principio estaba previsto que Gregor bailara interpretando el papel de Billy Elliot, pero después se agravaron muchos sus problemas de vista…
Hulot recordó que había visto esa película en el cine, con Céline.
– Fui a buscarlos al aeropuerto de Niza. Luego vinimos aquí y cenamos en casa. Cociné yo. Después propusimos a Gregor que nos acompañara, pero él no quería. Estaba muy cambiado desde que sus ojos habían empeorado.
Miró al comisario, que con un movimiento de cabeza le confirmó que conocía la historia del bailarín. La exposición a las radiaciones de Chernobil le había causado una degeneración irreversible del nervio óptico que le había llevado a una ceguera total. Su carrera terminó cuando resultó evidente que nunca más lograría moverse sin ayuda sobre un escenario.
– Nosotros salimos y él se quedó solo. Quizá, si también yo me hubiera quedado, todavía estaría vivo.
– No se culpe. No hay nada que hubiera podido hacer en un caso como este.
Hulot no creyó oportuno mencionar que, de haber permanecido en el piso, muy probablemente ahora habría dos cadáveres en vez de uno.
– ¿No ha notado usted nada extraño estos días? ¿Alguna persona que han encontrado por casualidad más de una vez, una llama da extraña, algún detalle insólito, algo…?
El propio Devchenko estaba demasiado desesperado para admitir la nota de desesperación en la voz de Hulot.
– No, nada. Pero tenga usted en cuenta que yo me ocupaba de Gregor todo el tiempo. Cuidar a un hombre casi ciego requiere total dedicación.
– ¿Tienen personal de servicio?
– Nadie fijo. Hay una mujer que viene todos los días a hacer la limpieza, pero se va a media tarde.
Hulot miró a Morelli.
– Apunte el nombre de esa persona, aunque estoy seguro de que no sacaremos nada. Señor Devchenko…
El tono de voz del comisario se suavizó cuando se dirigió de nuevo al muchacho.
– Le pediremos que pase por la comisaría para firmar la declaración; también confío en su disponibilidad para ayudarnos a resolver este asunto. Y le agradeceremos que no salga usted de la ciudad.
– Pues claro, comisario. Cualquier cosa con tal de castigar al que ha matado a Gregor de este modo.
Por el tono con que habló, Hulot no tuvo dudas que, de haber estado en el piso, Boris Devchenko habría arriesgado su vida para salvar la de Gregor Yatzimin. Y la habría perdido.
Hulot se levantó y dejó a Morelli hablando con Devchenko. Volvió a la sala, donde la brigada científica terminaba su registro. Se le acercaron dos agentes.
– Comisario…
– ¿Sí?
– Hemos interrogado a los vecinos. Nadie ha visto ni oído nada.
– Sin embargo, hubo un disparo.
– En la planta de abajo viven dos ancianos, que toman sedantes para dormir. Me han dicho que no oyeron siquiera los fuegos artificiales del Campeonato del Mundo, así que mucho menos un disparo. En el piso de enfrente vive una señora sola, también baste mayor. En este momento está de viaje, y ha dejado aquí a su nieto de París, un muchacho de unos veintidós o veintitrés años, ha pasado toda la noche en discotecas. Llegaba cuando estaba llamando a la puerta. Obviamente no ha visto ni oído nada.
– ¿Y el piso de aquí al lado?
– Está vacío. Hemos despertado al encargado y le hemos pedido las llaves. Es probable que el asesino haya pasado por ahí y haya saltado por el balcón que comunica con el de este piso. No hay rastros de allanamiento. Nosotros no hemos entrado, para no contaminar la escena. Irá la científica apenas haya terminado aquí.
– Bien -repuso Hulot.
Frank volvió de su ronda de inspección. Hulot supuso que se había alejado unos momentos para quedarse a solas y calmarse. Y para reflexionar. Sin duda imaginaba que no habían encontrado ninguna huella del asesino, pero aun así se había entregado a su intuición, a esa sensación que a veces transmite el lugar de un delito, más allá de la simple y normal percepción sensorial.
En ese momento, Morelli salió de la cocina,
– Por lo que parece, tu sensación era exacta, Morelli.
Lo miraron en silencio, esperando que continuara.
– No hay una sola mancha de sangre en toda la casa, aparte de las pocas de la colcha. Ni una. Y, como ya hemos tenido ocasión de comprobar, desgraciadamente, en un trabajo como este se derrama mucha sangre.
Frank volvía a ser el de siempre. Parecía que la derrota de aquella noche no hubiera dejado huella, aunque Nicolás sabía muy bien que no era así. Nadie puede olvidar tan deprisa que ha tenido la posibilidad de salvar una vida humana y no lo ha logrado.
– Nuestro hombre lo limpió todo perfectamente cuando terminó de hacer lo que debía hacer. Estoy seguro de que un análisis con Luminol revelará los rastros de sangre.
– ¿Por qué crees que lo ha hecho? ¿Por qué no ha querido dejar huellas de sangre?
– No tengo la menor idea. Quizá por lo que ha dicho Morelli.
– Me pregunto si un monstruo así pudo haber sentido alguna forma de piedad por Gregor Yatzimin. Si este puede ser el motivo
– Eso no cambia nada, Nicolás. Es posible, aunque no tiene ninguna importancia. Dicen que también Hitler amaba tiernamente a su perro, y sin embargo…
Volvieron a la entrada en silencio. Por la puerta abierta, vieron en el amplio rellano a los ayudantes del médico forense que habían encerrado el cuerpo de Yatzimin en la bolsa de tela y subían al ascensor, para no bajar las seis plantas a pie cargando el cadáver.
Fuera amanecía. Sería un nuevo día, hermano de sangre de todos los que habían pasado desde el comienzo de esa historia. Abajo rodeando el edificio de Gregor Yatzimin, encontrarían una multitud de periodistas. Saldrían entre una avalancha de preguntas y una artillería antiaérea de «sin comentarios». Poco después saldrían a la calle los medios. Los superiores de Hulot estallarían. Roncaille perdería un poco de su bronceado, y el rostro blancuzco de Durand adoptaría una coloración de lagarto. Mientras bajaban a pie, Frank Ottobre pensaba que cualquiera que arremetiera contra ellos tendría sobradas razones.
Frank dejó el Peugeot de Nicolás a las puertas de la casa de Roby Stricker, en un lugar de aparcamiento prohibido. Extrajo del salpicadero el rótulo de «Coche patrulla en servicio» y lo puso en el cristal bajo el parabrisas. Bajó del coche mientras un agente ya se acercaba para hacer que lo moviera. Al ver el cartel, incluso antes de reconocerlo, levantó la mano derecha para decirle que no había ningún problema.
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