Giorgio Faletti - Yo Mato

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Un locutor de Radio Montecarlo recibe una noche durante su programa una llamada telefónica asombrosa alguien revela que es un asesino El hecho se pasa por alto, como una broma de pésimo gusto, sin embargo, al día siguiente un famoso piloto de formula uno y su novia aparecen en su barco, muertos y horrendamente mutilados Se inicia así una serie de asesinatos, cada uno precedido de una llamada a Radio Montecarlo con una pista musical sobre la próxima victima, cada uno subrayado por un mensaje escrito con sangre en el escenario del crimen, que es al mismo tiempo una firma y una provocación «Yo mato»
Para Frank Ottobre, agente del FBI, y Nicolás Hulot, comisario de la Sürete monegasca, comienza la caza de un escurridizo fantasma que tiene aterrorizada a la opinión publica nunca hubo un asesino en serie en el principado de Monaco Ahora lo hay, y de su búsqueda nadie va a salir indemne Yo mato es un thriller pleno de acción e intriga, con un desarrollo narrativo tan maduro como absorbente Eso ha bastado -y ha sobrado- para situar a su autor entre los nombres mas importantes del genero y a su obra como un autentico fenómeno editorial

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– No pensarás que tengo miedo, ¿verdad? Simplemente no me gusta esta situación. Me parece todo tan… ¡tan exagerado!

– Me alegra que no tengas miedo, pero no por eso debes subestimar a la persona a la que nos enfrentamos. Así que aléjate de esa ventana.

Stricker intentó mantenerse impasible pero volvió al sillón fingiendo la frialdad de un consumado aventurero. En realidad su nerviosismo se notaba a simple vista.

Frank le conocía desde hacía menos de una hora, y no le faltaban ganas de marcharse y dejarlo librado a su destino. Stricker encarnaba tan fielmente el estereotipo del hijo de papá que, en otras circunstancias, Frank hubiera creído que allí había una cámara oculta.

Roberto Stricker, «Roby» para la prensa del mundo del espectáculo, era italiano, pero tenía un apellido alemán que podía pasar también por inglés. De poco más de treinta años, era lo que suele definirse como un muchacho guapo. Alto, atlético, bonito pelo, bonita cara, bonito gilipollas. Era hijo de un multimillonario, propietario, entre muchas otras cosas, de una cadena de discotecas en Italia, Francia y España, llamadas No Nukes, que tenían por logo un sol sonriente. De ahí la asociación que había hecho Barbara con «Nuclear Sun», la pieza de música dance que el asesino les había hecho escuchar durante la última emisión, y con Roland Brant, seudónimo inglés del italianísimo locutor Rolando Bragante. Roby Stricker vivía en Montecarlo haciendo lo que su naturaleza y el dinero del padre le permitían: nada de nada. Los periódicos sensacionalistas abundaban en notas sobre sus hazañas amorosas y sus vacaciones, ya fuera esquiando en Saint Moritz con la top model del momento o jugando al tenis en Marbella con Bjorn Borg. Con toda probabilidad el padre le daba dinero suficiente para mantenerlo apartado de los negocios familiares; debía contabilizar aquellas sumas como «mal menor».

Stricker cogió otra vez el vaso, pero volvió a apoyarlo cuando vio que el hielo se había deshecho del todo.

– ¿Qué queréis que haga?

– En realidad, en estos casos no hay mucho que hacer. Solo hay que tomar las medidas adecuadas y esperar.

– Pero ¿por qué ese loco furioso me ha escogido a mí? ¿Pensáis que puede ser alguien que conozco?

«Si ha decidido matarte, no me sorprendería que te conociera Y hasta lo felicitaría, ¡pedazo de inútil!»

En homenaje a Stricker, Frank pensó estas cosas en italiano. Se sentó en un sillón.

– Es probable. Para serte franco, aparte de lo que sabe todo el mundo, incluido tú, no tenemos ninguna información sobre este asesino, salvo sus criterios de elección de las víctimas y lo que les hace después de haberlas matado…

Siguiendo su pensamiento, Frank había hablado de nuevo en italiano, subrayando levemente la crudeza de la palabra «asesino» con el único fin de asustar a Roby Stricker. No creyó oportuno traducir sus palabras al inglés y asustar todavía más a la muchacha, que, del miedo, se estaba mordiendo una uña hasta casi hacerse sangre. Aunque…

«Dime con quién andas y te diré quién eres.»

Si esos dos estaban juntos, por algo sería. Como Nicolás y Céline Hulot. Como Nathan Parker y Ryan Mosse. Como Bikjalo y Jean-Loup Verdier.

Por amor. Por odio. Por interés.

En el caso de Roby Stricker y Malva Reinhart, quizá se tratara de una banal y visceral atracción entre cáscaras vacías.

El walkie-talkie que Frank llevaba a la cintura vibró. ¡Qué extraño! Por prudencia, habían decidido silenciar la radio. Ninguna precaución parecía excesiva, en vista del hombre al que se enfrentaban. Un sujeto capaz de manipular con tanta pericia la telefonía y las comunicaciones seguramente podía introducirse en cualquier frecuencia de radio de la policía. Se levantó del sillón y fue a la entrada del piso antes de sacar el aparato de la cintura y acercárselo la boca. No quería que aquellos dos oyeran su conversación.

– Frank Ottobre.

– Frank, soy Nicolás. Quizá lo hemos atrapado.

Frank se sintió como si hubieran disparado un cañonazo cerca de sus oídos.

– ¿Dónde?

– Aquí abajo, en el cuarto de las calderas. Uno de mis hombres ha sorprendido a un sospechoso que se escabullía por la escalera que va al subterráneo y lo ha detenido. Todavía están ahí. Voy para allá.

– Llego enseguida.

Volvió a la otra habitación como un rayo.

– Quedaos aquí y no os mováis. No abráis a nadie excepto a mí.

Los dejó solos, llenos de estupor y de miedo. Abrió y volvió a cerrar en un solo movimiento la puerta de entrada. El ascensor no estaba en la planta. No tenía tiempo de esperar que llegara. Se dirigió a la escalera y bajó los escalones de dos en dos.

Llegó al vestíbulo en el instante en que Hulot y Morelli entraban en el edificio. Un agente de uniforme vigilaba la puerta del subterráneo.

Bajaron a la débil luz de una serie de lamparillas empotradas en la pared y protegidas por una rejilla. Frank pensó que todos los edificios de Montecarlo tenían las mismas características: muy cuidados en las fachadas, miserables en los detalles menos visibles. Hacía calor allí abajo, y olía a basura.

El agente los precedió. Detrás de un recodo del pasillo encontraron a un agente que montaba guardia junto a un hombre sentado en el suelo, apoyado en la pared, levemente inclinado, con las manos tras la espalda. El policía llevaba un par de gafas infrarrojas para visión nocturna.

– ¿Todo en orden, Thierry?

– Sí, comisario, yo…

– ¡Oh, no, santo cielo!

El grito de Frank interrumpió las palabras del policía.

El hombre sentado en el suelo era el periodista pelirrojo que había visto frente a la central de policía cuando se había descubierto el cadáver de Yoshida, y luego ante la casa de Jean-Loup Verdi.

– Es un periodista, maldita sea.

El reportero aprovechó la ocasión para hacerse oír.

– Pues claro que soy periodista. Rene Coletti, de France Soir ¡Es lo que le he repetido a este cabeza dura desde hace diez minutos! Si me hubiera permitido mostrarle mi carnet, habríamos evitado toda esta gilipollez.

Hulot, furioso, se agachó frente a Coletti. Frank temió que fuera a golpearlo. Si lo hubiera hecho, lo habría entendido y lo habría defendido ante los tribunales de los hombres y de Dios.

– Si te hubieras quedado en tu lugar esto no te habría sucedido, imbécil. Por si te interesa saberlo, en estos momentos estás en serios problemas.

– Ah, ¿sí? ¿Qué delito he cometido?

– De momento, obstaculizar una investigación policial. Después, con más calma, encontraremos alguna otra cosa. ¡Como sino bastara con que nos rompamos el lomo para dar caza a ese asesino, encima tenemos que tropezar todo el tiempo con reporteros entrometidos como tú!

Hulot se levantó e hizo una seña a los agentes.

– Sáquenlo y llévenselo.

Los dos policías ayudaron a Coletti a levantarse. Refunfuñando amenazas de represalias periodísticas, el reportero se puso en pie. Tenía un rasguño en la frente, donde se había golpeado contra la pared. El objetivo de su cámara fotográfica, que llevaba en bandolera, cayó al suelo.

Frank cogió a Hulot por un brazo.

– Nicolás, yo vuelvo arriba.

– Ve, yo me ocuparé de este idiota, i

Frank desanduvo el camino. Sentía que la desilusión le trituraba el estómago como una piedra de molino. Comprendía la rabia de Hulot. El trabajo de todo el equipo, la espera en la radio, el esfuerzo por descifrar el mensaje, el despliegue de hombres, la vigilancia, todo se había echado a perder por ese imbécil periodista con su cámara fotográfica. Por su culpa, ellos habían revelado su presencia. Si de veras el asesino se proponía atacar a Roby Stricker debía de haber cambiado de idea. Lo único bueno era que evitado una nueva muerte, aunque al mismo tiempo habían perdido la posibilidad de atraparlo.

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