El hombre sentado en el sillón no está sorprendido. No tiene miedo. Solo siente curiosidad.
– ¿Quién eres?
Un instante de silencio; después el hombre que está de píe responde al hombre sentado con una voz profunda y armoniosa:
– ¿Acaso importa?
– Sí, a mí me importa mucho.
– Mi nombre quizá no te diga nada. No es importante que sepas quién soy. Solo quiero que sepas qué soy y por qué estoy aquí.
– Eso lo imagino. He oído hablar de ti. Te esperaba, creo. Quizá dentro de mí esperaba que vinieras.
El hombre sentado se pasa una mano por el pelo. Quisiera pasarla también por el pelo del otro, por su cara, por su cuerpo, porque ahora las manos son sus ojos.
La misma voz profunda, tan rica en armonías, le responde en la oscuridad:
– Ahora estoy aquí.
– Imagino que no hay nada que yo pueda decir o hacer.
– No, nada.
– Entonces ha terminado. Creo que será mejor así, en cierto sentido. Yo nunca habría tenido el coraje.
– ¿Quieres música?
– Sí, creo que sí. No, estoy seguro. La quiero.
Oye una serie de pequeños ruidos, el zumbido del lector de CD que se abre y vuelve a cerrarse, acentuado por la oscuridad y el silencio. No ha encendido la luz. Debe de tener ojos de gato si le basta la débil claridad que llega del exterior y los LED del equipo para orientarse.
Al cabo de un instante las notas de una trompeta se elevan oscilantes, en la habitación. El hombre sentado no conoce el tema, pero ese instrumento le recuerda la melancólica melodía compuesta por Niño Rota para la banda sonora de La strada , de Fellini. Bailó esa música en la Scala de Milán, al inicio de su carrera; era un ballet basado en la película y había una primera bailarina cuyo nombre no recuerda, pero sí la gracia sobrenatural de su cuerpo. El hombre sentado en el sillón se dirige a la oscuridad de la que viene la música, que es la misma en la habitación y en sus ojos.
– ¿Quién es?
– Se llama Robert Fulton. Un músico grandioso…
– Lo oigo. ¿Qué representa para ti?
– Un viejo recuerdo. De ahora en adelante será también tuyo,
Un largo silencio inmóvil. El hombre sentado tiene por un instante la sensación de que el otro se ha ido. Pero cuando le habla, su voz llega de la cercana oscuridad.
– ¿Me permites pedirte un favor?
– Sí, si puedo.
– Quisiera tocarte.
Un leve rumor de tela. El hombre de pie se inclina hacia delante. El hombre sentado siente el calor de su aliento, un aliento que sabe a hombre. Quizá un hombre al que en otros tiempos y en otra ocasión habría procurado conocer mejor…
Extiende las manos, las posa en ese rostro, lo recorre con las yemas hasta encontrar el pelo. Sigue la línea de la nariz, explora con los dedos los pómulos y la frente. Ahora las manos son sus ojos, y ven por él.
No siente miedo. Tenía curiosidad, y ahora solo está sorprendido.
– Así que eres tú -murmura.
– Sí -responde el otro sencillamente, y se levanta.
– ¿Por qué lo haces?
– Porque debo.
El hombre sentado se contenta con esta respuesta. También él, en el pasado, hacía lo que creía que debía hacer. Tiene una última pregunta. En el fondo es solo un hombre. Un hombre que no teme el fin de todo, pero sí el dolor.
– ¿Sufriré?
El hombre sentado no puede ver que el hombre de pie ha extraído una pistola con silenciador de una bolsa de tela que lleva en bandolera. No ve el cañón dirigido hacia él. No ve en el metal bruñido el reflejo amenazador de la poca luz que llega de la ventana.
– No, no sufrirás.
No ve el nudillo que se blanquea cuando el dedo aprieta el gatillo. La respuesta del hombre de pie se mezcla con el silbido sofocado de la bala que, en la oscuridad, le hace estallar el corazón.
– No tengo ninguna intención de vivir prisionero hasta que esta historia haya terminado. ¡Y sobre todo no me gusta que me usen de cebo!
Roby Stricker dejó sobre la mesa su vaso de Glenmorangie, se levantó del sillón y fue a mirar por la ventana de su piso. Malva Reinhart, la joven actriz estadounidense que estaba sentada en el otro sillón, posaba sus fantásticos ojos violeta, justificación de tantos primeros planos, alternativamente sobre él y sobre Frank. Callada y perdida, parecía despojada de golpe del personaje que interpretaba en público, rico en miradas demasiado largas y en escotes demasiado cortos. Había perdido la expresión de agresiva suficiencia que mostró como un trofeo cuando Frank y Hulot los habían abordado a la salida de Jimmi'z, la discoteca más exclusiva de Montecarlo.
Se hallaban en la plazoleta asfaltada contigua al Sporting d'Été, un poco más allá de la puerta de cristal del local, a la izquierda de la luz azul del cartel. Estaban hablando con un hombre. Frank y Hulot habían bajado del coche y se habían dirigido hacia ellos. La Persona con la que él y Malva hablaban en aquel momento se alejo y los dejó solos bajo el resplandor de los faros.
– ¿Roby Stricker? -preguntó Nicolás.
El los miró sin entender.
– Si -respondió con voz no del todo segura.
– Soy el comisario Hulot, de la Süreté Publique, y él es Frank Ottobre, del FBI. Tenemos que hablaros. ¿Podéis acompañarnos, Por favor?
Pareció incómodo al enterarse de quiénes eran. Más tarde Frank comprendió por qué; se hizo el distraído cuando vio que el joven se desembarazaba de un pequeño sobre de cocaína. Stricker indicó con la mano a la joven que se hallaba a su lado, que los miraba sorprendida. Hablaban en francés, y ella no entendió una sola palabra.
– ¿Los dos, o solamente yo?… Ella es Malva Reinhart y…
– No estás arrestado, si es eso lo que te preocupa -intervino Frank, en italiano-. Pero te conviene venir con nosotros, por tu propio interés. Tenemos razones para creer que corres un grave peligro, y quizá también tu amiga.
Poco después, en el coche, le pusieron al corriente de todo. Stricker palideció como un muerto y Frank pensó que, si hubiera estado de pie, se le habrían aflojado las piernas. A continuación lo tradujo al inglés para que se enterara Reinhart, que también perdió las palabras y el color. Una joven y sensual actriz de nuestros días transportada de golpe al mundo del cine mudo en blanco y negro.
Llegaron al piso de Stricker, en La Condamine, cerca de la central, y no pudieron evitar quedarse estupefactos por la audacia de aquel loco homicida. Si su objetivo era en verdad Stricker, había un siniestro y sarcástico desafío en esa elección, ya que se proponía matar a alguien que vivía a un centenar de metros de la sede de la policía.
Frank se quedó con el joven y la muchacha, mientras Nicolás, después de haber inspeccionado el piso, iba a dar órdenes a Morelli y a sus hombres, apostados alrededor del edificio y formando una red de seguridad imposible de atravesar.
Antes de irse, Hulot llamó a Frank a la entrada, para darle un walkie-talkie y pedirle que llevara la pistola. Sin hablar, Frank se abrió la chaqueta para mostrarle la Glock colgada a la cintura. Al rozar el metal frío del arma sintió un leve estremecimiento.
Ahora, Frank dio un paso hacia el centro de la habitación y respondió con paciencia a las protestas de Stricker.
– Antes que nada, tratamos de garantizar tu seguridad. Aunque no la veas, casi toda la policía del principado está apostada en los alrededores. En segundo lugar, no queremos usarte de cebo; solo te pedimos que colabores porque eso podría ayudarnos a atrapar al hombre que buscamos. Te garantizo que no corres riesgo alguno. Vives en Montecarlo, y sabes qué está sucediendo de un tiempo a esta parte, ¿verdad?
Roby se volvió hacia él sin cambiar de posición, de espaldas a la ventana.
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