Robert Wilson - Los asesinos ocultos

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Una terrible explosión en un edificio de Sevilla ha causado la muerte de varios ciudadanos. Cuando se descubre que los bajos de la edificación alojaban una mezquita, los temores que apuntan a un atentado terrorista se imponen. El miedo se apodera de la ciudad: bares y restaurantes se vacían, se multiplican las falsas alarmas y las evacuaciones.
Sometido a la presión tanto de los medios En Escocia en pleno siglo XIV, el clan de los Fitzhugh asesina a toda la familia de Morganna Kil Creggar, la protagonista de esta novela pasional, humorística y llena de fuerza. Alta, delgada y atractiva, Morganna jura venganza por este acto al clan enemigo y, para llevar a cabo su cometido, se viste de chico y se hace llamar Morgan. Ello le brinda la oportunidad de trabajar como escudero para Zander Fitzhugh, un miembro del clan y caballero empeñado en unificar su tierra y liberarla del dominio inglés, como del sector político, el inspector Javier Falcón descubre que el terrible suceso no es lo que parece. Y cuando todo apunta a que se trata de una conspiración, Falcón descubre algo que le obligará a dedicarse en cuerpo y alma a evitar que se produzca una catástrofe aún mayor más allá de las fronteras españolas.

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En casa encontró el dinero en su escritorio para pagar el taxi. Subió corriendo a las habitaciones de los niños a ver cómo estaban. Se dirigió a su dormitorio, se desnudó y se miró en el espejo. No le había dejado ninguna marca. Se duchó durante un tiempo infinito, enjabonándose y volviéndose a enjabonar, enjuagándose una y otra vez.

Regresó a su escritorio en bata y se sentó en la oscuridad: sentía náuseas, le dolía la cabeza y esperaba el alba. Cuando le pareció que era una hora aceptable, telefoneó a Alicia Aguado y pidió una cita urgente.

3

Sevilla. Martes, 6 de junio de 2006, 02:00 horas

El juez Esteban Calderón no estaba de servicio. El prestigiosísimo y educado juez le había dicho a su mujer, Inés, que se quedaba a trabajar hasta tarde antes de salir a cenar con un grupo de jóvenes jueces que habían venido de Madrid para hacer un cursillo. Había trabajado hasta tarde y había acudido a la cena, pero luego se había excusado y ahora estaba tomando su desvío favorito por el lateral de la iglesia de San Marcos para llegar al «ático prometido» que daba a la iglesia de Santa Isabel. Generalmente le gustaba fumarse un cigarrillo en la linde de la pequeña plaza inundada de luz, y observar desde la oscuridad la fuente y el inmenso portal de la iglesia. Era algo que le calmaba, después de haber pasado el día entre fiscales y policías, y se mantenía a distancia de los bares que había doblando la esquina, frecuentados por colegas. Si le veían allí llegaría a oídos de Inés y habría preguntas incómodas. También necesitaba unos momentos para frenar su palpitante tensión sexual, que se iniciaba cada mañana cuando se despertaba y comenzaba a imaginar el pelo largo y cobrizo y la piel mulata de su amiga cubana, Marisa Moreno, que vivía en el ático que apenas era visible desde donde estaba sentado.

El cigarrillo siseó cuando lo arrojó a un charco, a medio fumar. Se quitó la chaqueta. La brisa le esparció en la espalda gotitas de agua que llegaron de los naranjos, y contuvo el aliento al sentir ese repentino escalofrío. Se mantuvo junto a la pared de la iglesia hasta que estuvo en la oscuridad de la calleja. Sus dedos revolotearon sobre el botón superior del interfono mientras una acumulación de pensamientos a medias le hacía vacilar: subterfugio, infidelidad, miedo, sexo, mareo y muerte. Rascó el aire que había encima del botón; esos pensamientos inusuales le hicieron sentir que estaba al borde de algo que podía ser un gran cambio. ¿Qué hacer? O avanzar hasta el borde o retroceder. Tragó una saliva espesa y amarga por haber fumado tan deprisa. La sensualidad de las gotas de lluvia en la espalda alcanzó la red de nervios que había en la base de su columna vertebral. La zozobra desapareció. Su temeridad le hizo sentirse vivo de nuevo y la polla le abultó el pantalón. Llamó al timbre.

– Soy yo -dijo al oír el crepitar de la voz de Marisa.

– Pareces sediento.

– No estoy sediento.

El ascensor en el que sólo cabían dos personas parecía no contener aire suficiente y comenzó a jadear. Los paneles de acero inoxidable reflejaban la absurda forma de su excitación y se arregló un poco. Se echó hacia atrás el pelo, que ya le raleaba, se aflojó la vistosa corbata y llamó a la puerta. Se abrió una rendija y los ojos color ámbar de Marisa parpadearon lentamente. La puerta se abrió del todo. Marisa llevaba un vestido suelto y largo de seda naranja que casi tocaba el suelo. Se cerraba con un disco de ámbar entre sus pechos planos. Le besó y deslizó un cubito de hielo que tenía entre los labios dentro de la confusa boca del juez, que sintió como si le encendieran fuegos artificiales en la nuca.

Ella lo mantuvo a raya con un solo dedo en el esternón. El hielo le enfrió la lengua al juez. Marisa lo estudió con la mirada, desde la coronilla a la entrepierna, y le amonestó enarcando una ceja. Le quitó la chaqueta y la lanzó dentro de la habitación. Al juez le encantaban todos esos jueguecitos de prostituta que le hacía Marisa, y ella lo sabía. Marisa se acuclilló, le desabrochó el cinturón y le bajó los pantalones y los calzoncillos, y a continuación lo acogió profundamente en el frescor de su boca. Calderón se apoyó en el marco de la puerta y rechinó los dientes. Ella levantó la mirada hacia su expresión de sufrimiento y puso unos ojos como platos. El juez duró menos de un minuto.

Marisa se puso en pie, dio media vuelta y regresó al apartamento. Calderón recompuso su aspecto. No oyó los carraspeos ni los escupitajos del cuarto de baño. Tan sólo la vio reaparecer saliendo de la cocina con dos copas de cava helado en la mano.

– Pensaba que no ibas a venir -dijo Marisa, echándole un vistazo al fino reloj de oro que llevaba en la muñeca-, y entonces me acordé de que mi madre me dijo que la única vez que un sevillano no llegaba tarde era cuando iba a los toros.

Calderón estaba demasiado aturdido para hacer ningún comentario. Marisa bebió de su copa. Veinte pulseras de oro y plata repiquetearon en su antebrazo. Encendió un cigarrillo, cruzó las piernas y dejó resbalar el vestido para que revelara una pierna larga y esbelta, unas bragas de color naranja y un vientre duro y moreno. Calderón conocía ese vientre, su piel fina como el papel, sus músculos duros y serpenteantes y el vello suave y de color cobrizo. Posó la cabeza encima del vientre y le acarició los rizos densos del pubis.

– ¡Esteban!

Eso le sacó de su ensimismamiento natural.

– ¿Has comido? -le preguntó Calderón, sin que se le ocurriera nada más que decir, pues la conversación no era uno de los fuertes de su relación.

– No necesito comer -dijo ella, cogiendo una nuez del Brasil con cascara de un cuenco y colocándosela entre sus dientes duros y blancos-. Estoy preparada para que me follen.

La nuez explotó en su boca como un tiro con silenciador, y Calderón reaccionó como un esprínter iniciando una carrera. Cayó en los brazos de ella, que parecían serpientes, y le mordió el cuello antinaturalmente largo, tanto que parecía estirado, como los de esas mujeres de las tribus africanas. Para él, de hecho, ese era el atractivo de Marisa: en parte sofisticado, en parte salvaje. Había vivido en París, había sido modelo para Givenchy y había viajado por el Sahara en una caravana de tuaregs. Se había acostado con un famoso director de cine en Los Ángeles y había vivido con unos pescadores en la playa que hay cerca de Maputo, Mozambique. Había trabajado para un artista de Nueva York y pasado seis meses en el Congo aprendiendo a tallar la madera. Calderón sabía todo eso, y creía que ese era el motivo de que Marisa fuese una criatura tan extraordinaria, aunque jamás tenía ni idea de lo que le pasaba por la cabeza. Así que, como un buen abogado, se atenía a esos pocos y deslumbrantes hechos.

Tras el sexo fueron a la cama, que para Marisa era un lugar en el que charlar o dormir, y no para los retorcimientos y juegos del sexo. Permanecieron desnudos bajo una sábana a la luz de la calle, que dibujaba paralelogramos en la pared y el techo. El cava burbujeaba en las copas. Cada uno tenía la suya en equilibrio sobre el pecho. Compartieron un cenicero colocado en el declive que había entre sus cuerpos.

– ¿No deberías haberte ido ya? -dijo Marisa.

– Sólo un poquito más -dijo Calderón, amodorrado.

– ¿Qué cree Inés que estás haciendo todo este tiempo? -preguntó Marisa, por decir algo.

– Que estoy en una cena… de trabajo.

– Eres la última persona en el mundo que debería estar casada -dijo ella.

– ¿Por qué lo dices?

– O puede que no. Después de todo, los sevillanos sois muy conservadores. ¿Por eso te casaste con ella?

– En parte.

– ¿Y cuál fue la otra parte? -preguntó Marisa, apuntando al pecho de Calderón con el cono de su cigarrillo-. La parte más interesante.

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