Heather anduvo buscando el diario de su hermana, un librito encuadernado en cuero auténtico y con una cerradura de las de verdad. Pero incluso el más bobo podía abrirla incluso sin tener la llave. Hacía más de seis meses que Heather había localizado, en cierta ocasión, el escondrijo donde Sunny guardaba el diario, y le había parecido lo más triste y aburrido del mundo. Leyéndolo, casi sintió lástima por su hermana. Su propia vida era infinitamente más interesante. Tal vez fuera eso lo que ocurría, que la gente que vivía vidas verdaderamente interesantes no tenía tiempo de contarlas escribiendo diarios. Luego, sin embargo, Sunny la engañó y consiguió que Heather hablara con ella acerca de una de las cosas que había escrito en su diario, y después le hizo ver que si estaba enterada del incidente ocurrido en el autobús era sin la menor duda porque lo había leído en su diario. Heather lo pasó mal por culpa de esto, aunque no acababa de entender el por qué, puesto que, si en una familia había que compartirlo todo entre todos, ¿cómo era que se permitía a Sunny guardar sus pensamientos en un cuaderno cerrado con llave?
– No te preocupes, Sunny, lo que le pasa a Heather es que te admira, al fin y al cabo tú eres la hermana mayor -le dijo su madre a Sunny-. Lo único que pasa es que quiere ser como tú, hacer todo lo que tú haces. Y todas las hermanas pequeñas utilizan este método para ir creciendo…
«No es así», hubiese querido decir Heather. Si alguna vez necesitaba que alguna persona guiara sus pasos, Sunny sería la última a la que recurriría. A Sunny le faltaba poquísimo para entrar en el instituto y todavía no tenía novio, y Heather ya tenía prácticamente uno. Jamie Altman se sentaba siempre a su lado cuando iban de excursión, y formaba pareja con ella casi siempre que la maestra les pedía que formasen equipos chico – chica. Además, Jamie le había regalado una mini cajita, una muestra de bombones Whitman, el día de San Valentín. Era cierto que se trataba de una caja tan pequeña que sólo tenía cuatro bombones, pero de todas las niñas de su curso ella fue la única a la que un chico (un varón que no fuese el padre de la niña) le había regalado bombones. El curso entero se quedó impresionadísimo. Así que Heather no necesitaba el ejemplo de Sunny, en ningún sentido.
Cogió el periódico y buscó los horóscopos. Vio que faltaban sólo cinco días para que saliera un horóscopo dedicado a ella sola. Bueno, a ella y a todos los nacidos el día 3 de abril. Estaba muerta de impaciencia por ver qué decía. Y la semana siguiente habría una fiesta, irían a jugar a la bolera de Westview Lañes, y habría un pastel de los de verdad, con rosas azules, azúcar glaseado y chocolate. Tal vez debería comprarse algo de ropa. No, aún no. Pero se llevaría el bolso al centro comercial, el nuevo, un regalo de cumpleaños algo anticipado que había recibido de su padre. Era un bolso múltiple, con un juego de asas de madera y varias fundas de bolso de diversos colores, para poder llevar siempre una a juego con la ropa que te ponías. Heather escogió la funda de tela vaquera con pespuntes rojos, otra de tela a cuadros escoceses, y otra con un estampado de flores muy grandes. Era de la tienda de su padre, y aunque él, viendo las muestras, decidió que no iba a tener esa clase de mercancía, su madre se fijó en Heather, vio que estudiaba las diversas fundas del bolso y le dijo a su marido que hiciera al menos un pequeño pedido, allá por febrero. Y se habían convertido en el objeto más comprado de la tienda esa primavera. Lo cual no hizo otra cosa que fastidiar más a su padre.
– Es para gente que es víctima de las modas -decía-. Seguro que dentro de un año no querrás volver a usarlo.
«Por supuesto que no», pensó Heather. Al año siguiente aparecería otro bolso o un top que sería lo más de moda, y su padre tendría que haberse mostrado agradecido a Heather por haberle descubierto una mercancía tan fácil de vender. Tenía apenas once años y ya se había dado cuenta de que para que una tienda tuviese éxito era importante que la gente comprase mucho y quisiera cambiar y tener cosas nuevas casi cada año.
Enormemente fastidiada, y casi al borde de las lágrimas, Sunny se quedó mirando a su padre cuando se fue, dejándolas solas en la cocina. Había tenido una actitud muy rara esa mañana, jamás les preparaba tortitas para desayunar, y dejó que Heather pusiera su emisora de radio favorita, y tarareó las canciones y hasta comentó las letras.
– Ésta me gusta mucho -decía de cada una de las canciones-. Esta chica…
– Minnie Riperton -dijo Heather.
– Canta como los pájaros, ¿no te parece? -Y el pobre hombre trataba de imitar la cascada de notas, y Heather se reía de lo mal que lo hacía.
Pero Sunny se sintió incómoda con todo aquello. No era normal que un padre cantara eso de Enamorado de ti, y menos que pretendiera cantar a coro con la radio. Además, era un súper mentiroso. No era cierto que le gustara esa música. Por el simple hecho de que fuese una canción de Los 40 Principales, de que alguna cosa fuese muy popular, solía descartarla de la categoría de las cosas importantes. Daba lo mismo que se tratase de música, películas o programas de televisión. Cuando usaba los cascos en su despacho, su padre solía ponerse música de jazz, o canciones de Bob Dylan o de los Grateful Dead, que para Sunny hacían una clase de música tan incomprensible y estrafalaria como el jazz. Esa mañana, escuchando la radio con su padre y con Heather, Sunny se sintió extraña, molesta, como si hubiesen empezado a leer párrafos de su diario en voz alta, como si supieran qué pensaba de verdad cuando, por la noche, se metía en la cama con el transistor pegado a la oreja. Aunque iba cambiando poco a poco de gustos, algunas canciones románticas aún le parecían irresistibles: You Are So Beautiful, por ejemplo, o Poetry Man, o esa que decía «mis ojos te adoran…». Permaneció sentada en su silla, cortando y recortando en trocitos cada vez más pequeños las tortitas, pero en realidad ansiaba levantarse y correr a apagar esa radio.
Y entonces salió Ringo con su No No Song, y por fin su padre hizo lo que ella ansiaba hacer.
– Hay cosas que ningún ser humano tiene por qué soportar -dijo-. Cuando pienso que…
– ¿Qué, papá? -dijo Heather, tratando de congraciarse con él.
– Nada. Y bien, ¿qué van a hacer hoy mis niñas?
Y fue entonces cuando Heather dijo:
– Sunny irá al centro comercial.
Lo dijo pronunciando las palabras en un tono baboso de bebé, con la vocecita de la niña pequeña que hacía muchos años que había dejado de ser, una vocecita que ni siquiera tenía cuando era una cría. Cada vez que Heather pedía que se le concediera un nuevo derecho -permiso para ir en bici hasta las tiendas de Woodlawn, por ejemplo-, lo decía con su voz normal. Pero cuando pretendía fastidiar a Sunny, ponía esa vocecita infantiloide. A su madre jamás la engañaba con eso. Sunny había escuchado a su madre que, hablando por teléfono con una amiga, le comentaba que Heather había cumplido los once años pero que tenía mentalidad de una persona de cuarenta. Sunny esperó muy atenta a que su madre dijera cuál era su propia edad mental, pero no llegó a hacerlo.
Sunny se levantó, lavó su plato y lo dejó al lado del que su padre había puesto a escurrir. Se lo había pensado dos veces antes de lavarlo, pero le pareció que su madre no tenía por qué encontrarse con un montón de platos sucios y pegajosos al final de una larga jornada de trabajo. Aunque era un hombre liberado, sobre todo en comparación con otros, su padre no era capaz de acordarse de cosas así y encargarse él mismo de lavar todos los cacharros del desayuno, por ejemplo. Los críos del barrio le llamaban «el hippie», por la tienda, el pelo largo, la furgoneta Volkswagen, aunque no la había pintado al estilo psicodélico, sino de un azul como de huevo de petirrojo. Y aunque a veces, cuando le apetecía, era capaz de cocinar, y afirmaba que había «apoyado» la decisión de su mujer de ir a trabajar a una agencia inmobiliaria, había un montón de trabajos hogareños que ni siquiera trataba de hacer.
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