P. Cast - Profecía De Sangre

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Elphame es mitad humana mitad centauro, hija de Etain, esposa de Epona. Es prácticamente humana pero su apariencia evidencia la rareza de su origen, sus piernas de centauro, su condición de híbrido, la separan del mundo.
Cuando emprende su viaje hacia el castillo de MacCallan lo hace dejándose llevar por una atracción que desde niña ha sentido por las leyendas del mundo antiguo. Cien años atrás, unas criaturas demoniacas y sangrientas llamadas Fomorians arrasaron aquel lugar. Una premonición de su hermano pequeño, que le acompaña en el viaje, le dice a Elphame que allí encontrará no solo su destino sino también un compañero para su vida. La profecía se cumple cuando Elphame conoce a un mitad hombre y mitad Fomorian llamado Lochlan.

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– Y bien, hermana mía, ¿qué hay de cena? -le preguntó Cuchulainn al oído.

Ella dio un respingo.

– ¡Tu pellejo, si vuelves a asustarme así!

– Su pellejo sería demasiado duro como para masticarlo, Diosa -dijo alguien de entre la multitud de hombres y centauros que esperaban tras él.

– Vaya, parece que aunque ha pasado poco tiempo, ya te conocen -dijo Elphame.

Cu alzó las manos.

– He venido en son de paz.

– Espero que hayas venido a trabajar.

– Eso también -dijo él-. Danos órdenes y las cumpliremos.

– En realidad, no soy yo quien debe darte órdenes, sino nuestra cocinera.

Cuchulainn se dio la vuelta con los ojos relucientes y miró a la pelirroja. Elphame notó que otros jóvenes también miraban a la cocinera con apreciación.

Wynne se ruborizó, pero aquélla fue la única señal de que tanta atención le agradaba. Irguió los hombros, se plantó las manos en las caderas y comenzó a dar órdenes.

– Podéis empezar a limpiar los hogares y los hornos. Algunos debéis subir al tejado para aseguraros de que los tiros no están atascados, y reparar las piedras que se hayan soltado. También debéis reparar esta bomba, y necesito que traigáis trapos, cubos y jabón para la limpieza general -dijo.

La habitación estalló en actividad.

Elphame se apartó rápidamente.

– Vamos, Cu -le dijo a su hermano, agarrándolo del brazo-. Quiero que me ayudes.

– ¿Adónde vas?

– Al patio principal. Algo me dice que es muy importante restaurarlo cuanto antes.

Cuando iban a salir de las cocinas, Brenna se acercó a ellos.

– ¿Puedo acompañaros, mi señora?

La Sanadora había salido de una zona en sombras que había al otro extremo de la cocina, y Elphame vio que varios de los hombres apartaban la vista de su cara.

– Por supuesto, Brenna -dijo Elphame.

– Yo también preferiría que vinieras -dijo Cu-. Como ha dicho mi hermana, a menudo necesito los servicios de una buena Sanadora.

Elphame sintió un arrebato de cariño por su hermano. Sus palabras hicieron que los hombres miraran de otro modo a la mujer, mostrándoles que él, como su hermana, la valoraba y la respetaba.

Brenna no respondió. Bajó la cabeza para que su pelo escondiera la mayor parte de su cara, y los siguió apresuradamente mientras salían de las cocinas.

Los tres llegaron al patio principal. A través del agujero del techo quemado pudieron ver que estaba anocheciendo rápidamente, y que el azul del cielo se estaba convirtiendo en naranjas y violetas. La belleza del aquel anochecer contrastaba con la destrucción y las ruinas que había en aquel patio. El suelo de mármol estaba cubierto de ramas de árboles y de suciedad. Había montones de vigas de madera del techo, carbonizadas, por todas partes, y sobre todo en el centro del espacio. Elphame recordó algo. Algo sobre el patio central del castillo…

– Brenna, Cu, vamos a ver si podemos apartar estas vigas del centro.

Sin esperar su respuesta, se acercó al montón de madera quemada y comenzó a trabajar. Pronto, Elphame tiró de una viga larga y dejó a la vista el borde de un pilón.

– ¡Sí! ¡Sabía que había algo aquí debajo! -exclamó con satisfacción.

Entonces redoblaron sus esfuerzos hasta que de entre los escombros salió una delicada estatua. Era la figura de una muchacha adolescente. Estaba en pie en mitad de la pila, sujetando un recipiente grande del que parecía que estaba derramando libaciones.

– ¡Es una fuente! -exclamó Brenna.

– Mírala, El. Tiene algo que…

Cu se acercó a la fuente para mirar de cerca la estatua. Con un pliegue de su kilt frotó la cara de la figura, y limpió una parte de mármol blanco que apareció luminoso y fantasmal. Cuchulainn tomó aire bruscamente, con asombro.

– Se parece a ti.

Capítulo 8

Elphame miró fijamente la estatua. Realmente, se parecía a ella. Tenía sus mismos pómulos, sus labios carnosos y sus cejas arqueadas y finas.

– Lady Rhiannon -dijo Brenna-. Esta fuente debe de ser una estatua de Lady Rhiannon cuando era niña. Ahora lo recuerdo. Antes de que se convirtiera en la Encarnación de Epona, vivía aquí. Era la única hija de El MacCallan, y era…

– Mi antepasada -dijo Elphame.

– También era una gran guerrera -intervino Cuchulainn mientras observaba atentamente la estatua-. Con su liderazgo, los Fomorians fueron derrotados y expulsados de Partholon.

– No debemos olvidar que Lady Rhiannon tuvo ayuda de su compañero, el Sumo Chamán ClanFintan.

Elphame miró a su alrededor sorprendida, intentando localizar a la mujer que había hablado desde el otro extremo del patio. Era una mujer centauro, y debía de ser una Cazadora para haber podido acercarse a ellos tan sigilosamente. Cuchulainn ni siquiera se había dado cuenta de que se aproximaba. Al pensarlo, Elphame sintió una gran alegría. ¡Se había unido a ellos una Cazadora!

– Tienes razón al corregirme, Cazadora -dijo Elphame formalmente-. Mi padre hubiera hecho lo mismo.

– No quería corregiros, Diosa, sólo recordároslo.

A medida que la Cazadora se acercaba a la luz que iluminaba la zona de alrededor de la fuente, Elphame se iba asombrando más y más por su belleza. La parte equina de su cuerpo era de color claro, con matices crema y rubio tan claro que parecía plateado. Elphame recordó el pelaje brillante de la Yegua Elegida de Epona. Nunca había visto un centauro con aquel color tan espectacular. Incluso sus cascos eran blancos como la nieve. Tenía la piel de alabastro, y llevaba el chaleco tradicional de los centauros. Su rostro era un estudio de perfección clásica. Elphame miró sus ojos, que eran de un asombroso color violeta.

La mujer centauro se detuvo ante ella e hizo una reverencia elegante.

– He venido a ofreceros mis servicios de Cazadora, Diosa Elphame, y también al Castillo de MacCallan. Soy Brighid Dhianna.

– Eres del clan de los Dhianna -dijo Cu, con una expresión grave y en un tono áspero.

– Soy de ese clan. Pero no tengo las mismas ideas.

Elphame entendió aquellas palabras. Entre los centauros había una corriente, cada vez más numerosa, de los que rechazaban el contacto con los humanos. Rara vez salían de las Llanuras de los Centauros, y rechazaban a los centauros que vivían en las comunidades humanas, porque los consideraban poco más que animales domésticos. Recordó a sus padres hablando de las implicaciones de aquella ideología segregacionista, y el disgusto de su padre centauro al referirse a ella. Y también recordó que él había mencionado al clan de los Dhianna, cuya poderosa líder Chamán apoyaba incondicionalmente aquella ideología. Eso explicaba el semblante serio de Cu.

– Brighid Dhianna, si estás buscando un nuevo comienzo, te doy la bienvenida al Castillo de MacCallan -dijo Elphame con solemnidad.

La Cazadora la miró directamente, sin vacilar.

– Sí, Diosa, busco un nuevo comienzo.

– Bien, entonces puedes empezar por llamarme Elphame y tutearme -dijo Elphame con energía-. Este guerrero de aspecto fiero es mi hermano, Cuchulainn -añadió, y Cu asintió con frialdad para saludar a la Cazadora-. Y ésta es nuestra Sanadora, Brenna.

Elphame se sintió agradada al ver que Brighid no se inmutaba al mirar a Brenna.

– Empieza a apartar vigas, Brighid. Está anocheciendo y me gustaría despejar esta fuente antes de que se vaya toda la luz.

Elphame se volvió hacia el montón de escombros, haciendo caso omiso de las miradas de desconfianza que se dedicaban su hermano y la Cazadora.

– ¡Ya está bien, El! Puedes seguir mañana. Todo el mundo se ha marchado ya, incluso tu cocinera tiránica y sus arpías están de camino hacia Loth Tor para tomar una comida caliente y echarse a dormir -dijo Cuchulainn con exasperación, ante la ilimitada energía de su hermana.

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