¿Quién le habría mandado de forma anónima la noticia sobre el cuadro? Era evidente que se trataba de un retrato tardío de Beethoven, tal vez pintado en el último año de su vida, aunque era imposible afinar tanto partiendo de una pintura. ¡Qué rabia que no se hubiera tratado de una fotografía! Pero Beethoven había fallecido en 1827, a los cincuenta y seis años, y la primera fotografía permanente de la que se tiene noticia fue tomada justo en esa época por el inventor francés Nicéphore Niépce después de una exposición continuada, a plena luz del sol de ¡ocho horas! Evidentemente se trataba de la fotografía de una casa, puesto que ningún ser humano hubiera podido permanecer inmóvil para posar durante tanto tiempo, y menos el inquietó e irascible Beethoven.
Daniel volvió a mirar intrigado la pequeña fotografía del cuadro que habían incluido en la página web. ¿Qué hacía Beethoven sonriendo en la recta final de su vida, cuando para él era todo angustia, frustración y enfermedad? ¿Era una licencia poética del pintor o realmente ese cuadro reflejaba el estado anímico del genio en el momento en el que fue retratado? No era solo un rictus risueño en la boca, Daniel también se había percatado de que el entrecejo de Beethoven, normalmente crispado en otros cuadros en un gesto amenazador de conmigo-no-se-juega, yo-soy-el-que-ha-agarrado-al Des-tino-por-el-cuello, estaba, en este retrato, completamente relajado, lo que hacía que el músico sonriera también con la mirada.
La vida de Beethoven, ya desde su más tierna infancia, no había sido precisamente un camino de rosas, pues su padre, además de un gran amigo de la botella, fue un músico mediocre, con una actitud muy ambivalente hacia su prodigioso vástago: por un lado deseaba que el joven Ludwig se convirtiera en un gran pianista y compositor, con objeto de colgarse la medalla de haber traído al mundo a un segundo Mozart, y por otro intentaba frenar sus progresos musicales de adolescente para no sentirse él mismo eclipsado como músico en la corte de Bonn, donde se ganaba la vida con más pena que gloria. El miedo a que su hijo desarrollara en exceso su talento se ponía de manifiesto siempre que le sorprendía improvisando al piano.
– ¿Otra vez esos jueguecitos? -solía decirle en tales circunstancias-. ¡Levántate del piano o te arranco las orejas!
Y eso que la capacidad para improvisar, a diferencia de lo que ocurre con los pianistas de hoy en día, que viven atados a la partitura, era, en aquella época, una de las condiciones sine qua non para granjearse una reputación como virtuoso, y un arte en el que, a pesar de la represión paterna, Beethoven sobresalió en grado sumo.
Pero aunque la niñez fue dura, el auténtico infierno en la vida del genio se desencadenó justo en los últimos años de su existencia, por lo que la enigmática sonrisa del cuadro era, para Daniel, aún más inexplicable. La etapa final del compositor había estado marcada, por ejemplo, por una lucha titánica y despiadada contra su cuñada Johanna por obtener la custodia del hijo que esta había tenido con su hermano pequeño Karl Raspar, fallecido de tuberculosis en 1815.
La encarnizada disputa por su sobrino se prolongó durante cinco años, y aunque Beethoven logró al final que los tribunales le dieran la razón, el combate le dejó exhausto y amargado, entre otras cosas porque durante el interminable proceso judicial, Beethoven se vio obligado a confesar, en un humillante interrogatorio, que no era de familia noble y que el van de su apellido, de origen flamenco, no era un distintivo de nobleza como el von alemán. Este hecho le forzó a tener que ser juzgado por un tribunal de menor rango en vez de por el Landler, al que tenían derecho en la Viena de comienzos del XIX los miembros de la aristocracia.
Además de padecer pavorosas diarreas, que minaban sus energías y su creatividad y le obligaban a gastar dinero en médicos y balnearios cada dos por tres, la sordera se había hecho prácticamente definitiva a partir de 1816, después de un lento y agónico proceso, que había empezado hacia 1795, durante el cual el músico fue asistiendo impotente al lacerante e inexorable espectáculo de la degradación de su sentido más importante. Aunque artísticamente había alcanzado las cumbres más altas a las que puede llegar un compositor, Beethoven también se encaminaba hacia la muerte apesadumbrado por el hecho de no haber logrado todavía escapar a la etiqueta de ser un «músico de músicos», que solían colgarle sus más mediocres enemigos. Es decir, que sin negar su inmenso oficio ni su talento ilimitado, a Beethoven -y esto a él le dolía en lo más profundo- se le reprochaba en general que sus obras fueran tan intrincadas y difíciles, que solo podían ser disfrutadas y comprendidas por sus colegas. Esto se debió en gran parte a que, ya desde su llegada a Viena, a finales del siglo XVIII, el público de Beethoven estuvo constituido por una selecta camarilla de aristócratas vieneses, capitaneados por el príncipe Lobkowicz, que más que consentir, alentaba los experimentos musicales que llevaba a cabo en sus composiciones el joven prodigio. A esas soir é es musicales, muy parecidas a la que había organizado en su casa Marañón para estrenar la Décima, acudían auténticos degustadores de música, con profundos conocimientos técnicos y ávidos de escuchar un repertorio distinto al que tenía acceso el populacho en los conciertos públicos, llamados Akademies. Cuando Daniel trataba de explicar a sus alumnos lo que habían hecho por el desarrollo de la música occidental las célebres veladas en el palacio de Lobkowicz, echaba mano del ejemplo de la televisión por cable.
– Esas magníficas series que tanto os gusta paladear en casa -solía decir Daniel en sus cursos-, de las que os compráis incluso temporadas enteras en DVD, se empezaron a crear en un canal americano de pago por cable llamado HBO, o sea, Home Box Office. El hecho de no hallarse sujeta a las presiones de los anunciantes, de estar destinada a un público de más poder adquisitivo y por lo tanto más cultivado, permitió a la cadena abordar sin complejos ni tamices políticamente correctos espacios dramáticos en los que el sexo, la violencia, las drogas, o el propio uso del lenguaje eran mucho más explícitos que en los canales convencionales. Sexo en Nueva York, Los Soprano, A dos metros bajo tierra…, fueron posibles porque sus creadores contaron con la simpatía y el apoyo de «príncipes televisivos» que les estimulaban a ensanchar y desafiar las fronteras convencionales del medio. Del mismo modo, si Beethoven no hubiera tenido su HBO musical, que eran los palacios de sus protectores vieneses, no hubiera podido jamás llevar a cabo las audacias tonales, melódicas y rítmicas que introdujo en sus composiciones desde su llegada a la ciudad imperial.
Esas audacias eran las que habían convertido a Beethoven en Beethoven y las que le había parecido a Daniel advertir en el fragmento de la sinfonía que había escuchado en casa de Marañón.
Era imprescindible conseguir a toda costa una grabación del concierto.
Doña Susana Rodríguez Lanchas tenía la inveterada costumbre, al salir de casa por la mañana, de abrir el buzón, coger las cartas que hubiera dentro, echarlas al bolso y abrirlas más tarde con tranquilidad, en su despacho del juzgado, durante alguno de los tiempos muertos que invariablemente se producían a lo largo de su jornada laboral.
Aquella mañana, al abrir un sobre con membrete del banco en el que tenía sus ahorros, se encontró con que, en vez de un extracto contable, lo que había dentro era un anónimo, confeccionado con el viejo sistema de pegar en el folio una serie de palabras recortadas de una revista. El texto decía:
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