Ian Rankin - Nombrar a los muertos

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Julio de 2005: todo el mundo tiene los ojos puestos en Escocia. Los selectos dirigentes de los países del G8 se reúnen en la capital y las marchas de protesta, manifestaciones callejeras y refriegas diarias tienen desbordada a la policía. Pero un agente continúa en excedente al margen de todo. Al inspector Rebus le dejan marginado por temor a que cree problemas a la superioridad en estas cruciales circunstancias. Pero todo cambia a raíz de la caída nocturna de un joven político desde las murallas del Castillo de Edimburgo, hecho que sitúa a Rebus en primer plano. Hay que demostrar el suicidio, y rápido, para que no robe páginas al acontecimiento principal. Pero el caso queda rápidamente ensombrecido por otro peligro más mortífero. Una serie de misteriosas claves dejadas en un bosque cercano en las afueras de Edimburgo comienzan a apuntar a un asesino en serie, un criminal dedicado a matar a violadores recién puestos en libertad.
Las autoridades se apresuran a que no trascienda ninguno de los dos casos por temor a que desplacen el interés informativo de una reunión de tan global importancia. Pero Rebus no es de los que se atengan al reglamento y cuando su colega, la agente Siobhan Clarke, se encuentra envuelta en desentrañar la identidad del antidisturbios que agredió a su madre, todo parece indicar que Rebus y Clarke van a verse enfrentados en un conflicto y, en consecuencia, antes de que concluya la agitada semana, tendrán que adoptar decisiones que les pueden afectar para siempre.

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– Papá te los dejó en el testamento -dijo Kenny.

Después de subirlos al piso y de que Kenny se tomase un vaso de agua, Rebus le dijo adiós con la mano, miró el regalo y se puso en cuclillas junto a las cajas a ver qué había: un mono de Sergeant Pepper, Let It Bleed con el póster de Ned Nelly, muchos de Kinks y Taste y Free, algunos de Van Der Graf y Steve Hillage; más un par de cintas de ocho pistas, Killer de Alice Cooper y un álbum de los Beach Boys. Era un tesoro de recuerdos. Rebus olió las portadas y su aroma le retrotrajo a otra época. Había vinilos pequeños de los Hollies, alabeados por haberlos dejado en el tocadiscos demasiado tiempo después de una fiesta, un ejemplar de Silver Machine en el que Mickey había escrito: «Propiedad de Michael Rebus. ¡Ojo!».

Y Quadrophenia, por supuesto, con las esquinas desgastadas y el vinilo rayado pero audible.

Sentado en el tren, Rebus recordó las últimas palabras de Stacey antes de salir disparada a los servicios: «No le dijo que lo sentía». Él pensó que se refería a Mickey, pero ahora comprendía que también lo decía por ella y por Ben. ¿Sentiría haber matado a tres hombres? ¿Sentiría habérselo dicho a su hermano? Y Ben, dándose cuenta de que tendría que denunciarla, sintiendo en su espalda la dura muralla, imaginando el vacío inmediato… Rebus pensó en las memorias de Cafferty. Transformación. Sí, era un título que podrían usar muchos para su autobiografía. La gente que conoces siempre es igual por fuera -pelo canoso o un michelín en la cintura-, pero nunca se sabe cómo es por dentro.

Justo después de Doncaster sonó su móvil y despertó al que roncaba suavemente a su lado. Era el número de Siobhan, pero como él no respondió, ella le envió un mensaje de texto, que Rebus no leyó hasta después de acabar el periódico y aburrirse con el paisaje.

«Dónde estás. Corbyn quiere hablarnos. Qué le digo. Llámame».

Rebus no podía llamarla desde el tren, porque se imaginaría adónde iba. Para retrasar lo inevitable dejó pasar media hora y envió un mensaje.

«Enfermo en cama llamo después.»

No acababa de dominar los mensajes de texto. Siobhan respondió al instante.

«¿Resaca?»

«Las ostras de Loch Lomond», contestó él.

Apagó el móvil para ahorrar batería y cerró los ojos en el momento en que anunciaban «Londres-King's Cross, próxima y última parada».

«Próxima y última», repitió el altavoz.

Habían anunciado las estaciones del metro que estaban cerradas. La oficinista de rostro severo consultó su plano acercándoselo a los ojos. En las afueras de Londres, Rebus reconoció algunas de las estaciones que cruzaba el tren. Los viajeros habituales comenzaron a ponerse en pie y a recoger sus cosas; la oficinista guardó en el bolso en bandolera portátil, papeles, agenda y plano, y el gordinflón se levantó y dirigió a Rebus una reverencia como si hubieran tenido una prolongada e intensa conversación. Él, sin verdadera prisa, fue uno de los últimos en bajar del tren y cruzar el andén esquivando a los empleados del equipo de limpieza.

En Londres hacía más calor y era más pegajoso que el de Edimburgo. Le sobraba la chaqueta. Salió andando de la estación; no necesitaba taxi ni coger el metro. Encendió un pitillo, sumergido en el ruido y la polución del tráfico. Expulsó un anillo de humo y sacó un papel del bolsillo. Era un plano copiado de un callejero de la A a la Z que le había dado el comandante David Steelforth, a quien había llamado el domingo por la tarde para decirle que se tomarían con calma los asesinatos de la Fuente Clootie y que le comunicarían lo que averiguasen antes de trasladar el caso al fiscal, si es que se llegaba a eso.

– Ah, bien -dijo Steelforth en tono cauto, con el ruido de fondo del aeropuerto de Edimburgo, porque el comandante regresaba a Londres.

Rebus, que acababa de contarle una sarta de mentiras, le pidió un favor.

Resultado: un nombre, una dirección y un plano.

Steelforth incluso le pidió disculpas por los matones de Pennen, explicándole que tenían orden de vigilarle aunque sin llegar a aquellos extremos. «De eso no me enteré hasta más tarde. Es tan difícil controlar a esos hombres…», fue su explicación.

Controlar…

Rebus pensó otra vez en el concejal Tench tratando de encauzar a toda una comunidad e incapaz de eludir su propio destino.

Calculó que habría andado menos de una hora. Y hacía buen día. Una de las bombas había explosionado en un tren del metro entre King's Cross y Russell Square y otra, en un autobús de Euston a Russell Square. Los tres lugares estaban señalados en el plano. El coche cama habría llegado a Euston hacia las siete de la mañana.

Explosión del metro: a las 8:50.

Explosión del autobús: a las 9:47.

No podía creerse que a Stacey Webster le hubiese afectado ni remotamente ninguna de las dos. El maquinista del tren dijo que habían tenido suerte porque en los tres últimos días el servicio terminaba en Finsbury Park. Rebus difícilmente podía creer que Finsbury Park fuese extrapolable.

* * *

Cafferty estaba solo en el salón de billares y cuando entró Siobhan no alzó la vista hasta después de intentar hacer doblete. Pero falló.

Dio la vuelta a la mesa poniendo tiza en el taco y soplando el exceso en la punta.

– Conoce bien el juego -comentó Siobhan.

Él lanzó un gruñido, se inclinó sobre el taco y volvió a fallar.

– Pero juega fatal -añadió ella-. Igual que en todo.

– Muy buenos días, sargento Clarke. ¿Es una visita de cortesía?

– ¿Le parece una visita de cortesía?

Cafferty alzó la vista hacia ella.

– No ha respondido a mis mensajes.

– Tendrá que irse acostumbrando.

– Eso no cambia lo que ocurrió.

– ¿Y qué es lo que ocurrió, exactamente?

Cafferty reflexionó un instante.

– ¿Que los dos conseguimos lo que queríamos? -dijo-. Sí, ahora tiene mala conciencia -añadió apoyando el taco en el suelo-, pero los dos logramos lo que queríamos -repitió.

– Yo no quería que Gareth Tench muriera.

– Pero sí que recibiera un castigo.

Ella dio dos pasos hacia él.

– No intente hacerme creer que actuó por favorecerme.

Cafferty chasqueó la lengua.

– Siobhan, tiene que comenzar a saber disfrutar de estos pequeños triunfos. La vida no ofrece muchos; se lo digo por experiencia.

– Metí la pata, Cafferty, pero he aprendido la lección. Se ha divertido bastante muchos años a costa de John Rebus, pero a partir de ahora tiene otro enemigo al acecho.

Cafferty contuvo la risa.

– ¿Usted? -preguntó apoyándose en el taco-. Pero, Siobhan, admita que formamos buen equipo. Imagínese cómo podríamos dominar Edimburgo entre los dos, con intercambio de información, propinas y tratos. Yo seguiría con mis negocios y usted con ascensos rápidos. ¿No es en definitiva lo que queremos los dos?

– Lo que yo quiero -replicó Siobhan marcando las palabras- es no saber nada de usted hasta verle en el banquillo de los acusados desde el estrado de testigos.

– Bueno, pues buena suerte -dijo Cafferty volviendo a contener una risita y centrando su atención en la mesa de billar-. Mientras, ¿le apetece darme una paliza al billar? Nunca se me ha dado bien este maldito juego.

Cuando se volvió a mirar vio que ella se marchaba y la llamó:

– ¡Siobhan! ¿Recuerda la escena, arriba en mi oficina, nosotros dos y ese mequetrefe de Carberry y el momento en que empezó a achantarse? Lo leí en sus ojos cuando usted le miró.

Ella abrió la puerta y se volvió.

– ¿Leyó qué, Cafferty?

– Que comenzaba a disfrutar de la situación -respondió él relamiéndose-. Sí, vi que decididamente comenzaba a gustarle.

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