– Más vale que te lo pienses unos minutos dándote una vuelta.
Pero ella ya había adoptado la decisión y fue la primera en encaminarse hacia los dos jefes.
– Perdonen que les interrumpa -dijo.
Rebus iba a la zaga.
– ¿Qué demonios hacen ustedes dos aquí? -farfulló Corbyn.
– Yo no me pierdo nunca el champán gratis. Supongo que usted tampoco, señor -dijo Rebus alzando la copa.
El rostro de Corbyn enrojeció ostensiblemente.
– Yo soy un invitado -replicó.
– Nosotros también, señor, en cierto modo -terció Siobhan.
– ¿Ah, sí? -inquirió Steelforth risueño.
– Señor, la investigación de un asesinato -dijo Rebus- es como un pase de VIP.
– De supervips -añadió Siobhan.
– ¿Quiere decir que Ben Webster fue asesinado? -preguntó Steelforth clavando los ojos en Rebus.
– No exactamente -respondió Rebus-, pero tenemos idea de la causa. Y parece estar relacionada con la Fuente Clootie -añadió mirando a Corbyn-. Después se lo explicaremos, señor, pero ahora tenemos que hablar con el comandante Steelforth.
– Ya lo hará en otro momento -espetó Corbyn.
Rebus dirigió de nuevo la mirada a Steelforth, quien volvió a sonreír, esta vez a Corbyn.
– Creo que será mejor que escuche lo que el inspector y su colega tengan que decirme.
– Muy bien -dijo el jefe de la policía-. Hágalo.
Rebus intercambió despacio una mirada con Siobhan, que Steelforth interpretó de inmediato mientras tendía con parsimonia su copa a Corbyn.
– Vuelvo enseguida, señor jefe de la policía. Estoy seguro de que sus oficiales se lo explicarán a su debido tiempo.
– Más les valdrá -comentó Corbyn muy serio, clavando la mirada en Siobhan.
Steelforth le dio unos golpecitos en el brazo tranquilizándole y se alejó seguido por los dos hasta llegar al cordón de piquetes blancos, donde se detuvieron. Steelforth dio la espalda a los invitados y miró al campo de golf, donde los empleados se afanaban aplanando terrones y rastrillando los búnkeres. Metió las manos en los bolsillos.
– ¿Qué es lo que tienen? -preguntó displicente.
– Lo sabe perfectamente -respondió Rebus-. Cuando le mencioné la relación entre Webster y la Fuente Clootie usted ni se inmutó, lo que me hace pensar que ya sospechaba algo. Al fin y al cabo, Stacey Webster es agente de su departamento. Probablemente la estaría controlando, intrigado por sus frecuentes viajes al norte, a ciudades como Newcastle y Carlisle. Y por otro lado, me pregunto qué es lo que vio en las grabaciones de segundad aquella noche en el castillo.
– Hable ya -dijo Steelforth entre dientes.
– Creemos que Stacey Webster es el asesino en serie -terció Siobhan-. Quería cargarse a Trevor Guest, pero no dudó en matar a otros dos para encubrir el hecho.
– Y cuando fue a contárselo a su hermano -continuó Rebus-, a él no le pareció bien. Y tal vez saltó o quizá le horrorizó la perspectiva de que se descubriera… y ella decidió que había que silenciarlo -añadió alzando los hombros.
– ¡Pura fantasía! -comentó Steelforth sin mirarlos a la cara-. Si son buenos policías, tendrán que presentar una conclusión irrebatible.
– No nos será difícil, ahora que sabemos lo que buscamos -replicó Rebus-. Naturalmente, para el SOI2 será demoledor…
Steelforth torció el gesto y se dio la vuelta mirando a la fiesta.
– Hasta hace cosa de una hora -dijo pausadamente- les habría dicho que se fueran a hacer gárgaras. ¿Saben por qué?
– Porque Pennen le había ofrecido un trabajo -dijo Rebus, y Steelforth enarcó una ceja-. Razonamiento fundado -añadió Rebus-. Es a él a quien ha estado protegiendo en todo momento, y debía de existir un motivo.
Steelforth asintió despacio con la cabeza.
– Pues sí, tiene razón.
– ¿Y ahora ha cambiado de parecer? -inquirió Siobhan.
– No tienen más que ver cómo actúa. Se está desmoronando, ¿no creen?
– Como una estatua en el desierto -comentó Siobhan mirando a Rebus.
– El lunes iba a presentar mi dimisión -dijo Steelforth entristecido-. Que se fuera al diablo el Departamento Especial.
– Puede decirse que ya se ha ido, visto que uno de sus representantes mata a derecha e izquierda -terció Rebus.
Steelforth seguía mirando a Richard Pennen.
– Es curioso cómo funcionan a veces las cosas… El menor fallo hace que toda la estructura se venga abajo.
– Como sucedió con Al Capone -añadió Siobhan-, a quien sólo consiguieron echar el guante por no pagar impuestos, ¿no fue así?
Steelforth hizo caso omiso del comentario y se volvió hacia Rebus.
– La grabación de las cámaras de seguridad no era concluyente -dijo.
– ¿Se veía a Ben Webster con alguien?
– Diez minutos después de recibir una llamada en el móvil.
– ¿Tenemos que comprobar la grabación de la compañía telefónica o cabe suponer que era Stacey?
– Ya digo que la grabación de la cámara no era concluyente.
– ¿Qué se veía?
Steelforth se encogió de hombros.
– A dos personas hablando… Mucha gesticulación, evidentemente por una discusión. Y al final una que agarra a la otra, pero no se ve bien y está muy oscuro.
– ¿Y?
– A continuación sólo se ve a una persona -contestó Steelforth taladrando a Rebus con la mirada-. Yo creo que en ese instante él deseó que sucediera.
Se hizo un silencio que rompió Siobhan.
– Y lo han metido todo bajo la alfombra para que no trascienda… del mismo modo que despachó a Stacey Webster a Londres.
– Bueno, sí… Sería una suerte que pudieran hablar con la sargento Webster.
– ¿Qué quiere decir?
Steelforth se volvió hacia Siobhan.
– No hemos vuelto a saber nada de ella desde el miércoles. Parece ser que tomó por la noche el exprés hasta Euston.
– ¿El día de las bombas de Londres? -inquirió Siobhan entornando los ojos.
– Será un milagro identificar a todas las víctimas.
– ¡No diga chorradas! -exclamó Rebus arrimando su rostro al de él-. ¡La está encubriendo!
Steelforth se echó a reír.
– Usted ve conspiraciones por doquier, Rebus, ¿verdad?
– Usted sabía lo que había hecho. ¡Lo de las bombas es la coartada perfecta para borrarlo todo!
El rostro de Steelforth se endureció.
– Ha muerto -dijo-. Adelante; recoja cuanta evidencia pueda; no creo que llegue muy lejos.
– Le caerá un volquete de mierda encima -le previno Rebus.
– ¿Ah, sí? -replicó Steelforth alzando la barbilla apenas a unos centímetros del rostro de Rebus-. A la tierra le viene bien un poco de estiércol de vez en cuando, ¿no cree? Ahora, si me permiten, voy a emborracharme del todo a cuenta de Richard Pennen.
Se alejó, sacando las manos de los bolsillos, y recuperó la copa que le sostenía Corbyn. El jefe de la policía dijo algo con un ademán en dirección a los dos agentes de Lothian y Borders, Steelforth negó con la cabeza, se inclinó hacia Corbyn y murmuró unas palabras que hicieron que el jefe de la policía echara hacia atrás la cabeza como presagio de una sonora risotada.
– En definitiva, ¿qué es lo que hemos conseguido? -preguntó Siobhan una vez más.
Habían regresado a Edimburgo y estaban en un bar de Broughton Street cerca de su casa.
– Tú entrega las fotos del parque de Princes Street y tu amigo rapado tendrá la pena de cárcel que merece -dijo Rebus.
Ella le miró y forzó una carcajada.
– ¿Y ya está? Cuatro personas muertas por culpa de Stacey Webster, ¿y eso es todo?
– Tenemos salud -replicó Rebus- y todo un bar pendiente de nosotros.
Algunos clientes desviaron la mirada.
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