Ian Rankin - Callejón Fleshmarket

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En un barrio de viviendas protegidas de Edimburgo aparece asesinado un sin papeles. ¿Se trata de una agresión racista o de algo muy distinto? Es un caso que, sin duda, interesa a Rebus, que se encuentra en ese momento rodeado de problemas: han cerrado su antigua comisaría y sus jefes querrían que se retirara. Pero Rebus es más terco que nadie. Durante las indagaciones visita un centro de detención para inmigrantes, trata con el sórdido mundo del hampa de Edimburgo y probablemente acabe enamorándose. Siobhan, por otra parte, tiene sus propios problemas. Una joven de dieciocho años ha desaparecido de casa y ella se siente obligada a ayudar a los padres, lo que implica acercarse más de lo debido a un violador convicto. Está además involucrada en otro caso, el de los dos esqueletos de mujer y de niño enterrados bajo el suelo de cemento de un sótano en el callejón Fleshmarket, un asunto que alguien quiere que salte a los medios, pero ¿quién y por qué? ¿Existe alguna relación entre este caso y el del barrio de pisos baratos de Knoxland? Callejón Fleshmarket indaga el proceso interno de una sociedad que ha perdido sus buenas costumbres y se ve inmersa en lo peor de la naturaleza humana: la codicia, la desconfianza, la violencia y la explotación.

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Había otros dos espectadores -un hombre y una mujer- que saludaron a Rebus con una inclinación de cabeza. La mujer se rebulló ligeramente al sentarse éste a su lado.

– Buenos días -dijo Rebus, saludando.

Curt y Gates trabajaban hombro con hombro al otro lado del cristal en cumplimiento del requisito legal de que dos patólogos realizasen la autopsia, reglamento que entorpecía aún más un servicio ya de por sí saturado.

– ¿Qué te trae por aquí? -preguntó el hombre.

Era Hugh Davidson, a quien todos llamaban Shug, inspector de la comisaría de West End en Torphichen Place.

– Tú, por lo visto, Shug. Por alguna razón derivada de la escasez de agentes de altos vuelos.

Algo parecido a una sonrisa alteró el rostro de Davidson.

– ¿Y tú cuándo obtuviste el diploma de piloto, John?

Rebus, sin hacer caso, miró a quien acompañaba a Davidson.

– Cuánto tiempo sin verte, Ellen.

Ellen Wylie era sargento a las órdenes de Davidson. Tenía en el regazo un archivador nuevo y algunas hojas con el número del caso anotado en la parte superior de la primera página. Rebus sabía que el archivador no tardaría en llenarse casi a reventar con informes, fotos y listas de rotación de personal. Era el Libro del homicidio: la biblia de la investigación que se iniciaba.

– Me dijeron que estuvo ayer en Knoxland -replicó Wylie con la mirada fija al frente como viendo una película que requería su atención para no perder sentido- y que tuvo una agradable charla con un representante del cuarto poder.

– ¿Para gozo de los testigos de habla inglesa?

– Con Steve Holly -añadió ella-. La expresión «de habla inglesa», en el contexto de este caso, podría ser tachada de racista.

– Eso es porque actualmente todo es racista o sexista, cielo. -Rebus hizo una pausa a la espera de alguna reacción, pero ella no estaba por la labor-. El otro día me enteré de que ya no se puede decir «puntos negros de tráfico».

– Ni incapacitado -añadió Davidson inclinándose y mirando a Rebus a los ojos, quien sacudió la cabeza pensando en lo absurdo del tema y se reclinó en el asiento para observar la escena al otro lado del cristal.

– ¿Qué tal en Gayfield Square? -preguntó Wylle.

– ¿«Gay»field Square? A punto de cambiar su nombre políticamente incorrecto.

Davidson soltó una carcajada que hizo que las caras de detrás del cristal se volvieran a mirar. Levantó una mano en señal de disculpa y se tapó la boca con la otra. Wylie anotó algo en el Libro del homicidio.

– Te vas a buscar el arresto, Shug -comentó Rebus-. Bueno, ¿qué tal va el caso? ¿Hay indicios sobre algún sospechoso?

Fue Wylie quien contestó:

– En los bolsillos de la víctima sólo había calderilla, ni siquiera un juego de llaves.

– Ni ha aparecido ningún familiar -añadió Davidson.

– ¿Y el puerta a puerta?

– John, trabajamos en Knoxland -replicó Davidson.

Se refería a que se trataba de una barriada donde el vecindario no colaboraba; era como un rito tribal que pasaba de padres a hijos. Pase lo que pase, no se dice nada a la policía.

– ¿Y los medios informativos?

Davidson le tendió un tabloide doblado. El crimen no aparecía en primera página; sólo en la cinco había una información de Steve Holly: «misteriosa muerte de un solicitante de asilo». Mientras Rebus leía el artículo, Wylie se volvió hacia él.

– ¿Quién le mencionaría eso del solicitante de asilo?

– Yo no -contestó Rebus-. Holly se inventa las cosas. «Fuentes próximas a la investigación» -dijo con un bufido-. ¿A quién de vosotros se refiere? ¿O será a los dos?

– No nos busques las cosquillas, John.

Rebus devolvió el periódico.

– ¿Cuántos agentes trabajan en el caso? -preguntó.

– Pocos -contestó Davidson.

– ¿Ellen y tú?

– Y Charlie Reynolds.

– Y usted, por lo visto -añadió Wylie.

– Yo no apostaría mucho.

– Tenemos bastantes agentes de uniforme dedicados al puerta a puerta -añadió Davidson a la defensiva.

– Entonces, no hay problema. Caso resuelto -apostilló Rebus, viendo que la autopsia tocaba a su fin.

Ahora un ayudante cosería el cadáver. Curt les indicó con una seña que se verían abajo y desapareció por una puerta para ir a cambiarse.

Como los patólogos no disponían de despacho, Curt les esperaba en el oscuro pasillo desde el que se oían ruidos en la sala común de personal: el pitido de un hervidor y voces de una partida de cartas al parecer reñida.

– ¿El Profe se ha marchado ya? -preguntó Rebus.

– Tiene clase dentro de diez minutos.

– Bien, doctor, ¿qué nos dice? -terció Ellen Wylie, que hacía tiempo había perdido sus escasas dotes para la conversación intrascendente.

– Doce cuchilladas en total, casi con certeza hechas con la misma arma. Un cuchillo de cocina dentado de un centímetro de anchura. La penetración más profunda es de cinco centímetros -añadió con una pausa como propiciando el chiste de mal gusto, pero Wylie carraspeó a modo de aviso-. Seguramente la herida de la garganta fue mortal de necesidad porque le seccionó la carótida. A juzgar por la sangre en los pulmones, debió de morir de asfixia.

– ¿Hay heridas que indiquen que opuso resistencia? -preguntó Davidson.

Curt asintió con la cabeza.

– En la palma de la mano, en las yemas de los dedos y en las muñecas. Se defendió como pudo de quien fuese.

– ¿Pero cree que fue un solo agresor?

– Un solo cuchillo -Curt corrigió a Davidson-, que es muy distinto.

– ¿Hora de la muerte? -preguntó Wylie, que no paraba de anotar datos.

– Por la temperatura interna del cadáver tomada en el escenario del crimen debió de morir una media hora antes de que se recibiera la llamada.

– Por cierto -preguntó Rebus-, ¿quién avisó?

– Fue una llamada anónima a las trece cincuenta -contestó Wylie.

– O dos menos diez, dicho a la antigua. ¿Fue un hombre?

Wylie negó con la cabeza.

– Una mujer, desde una cabina pública.

– ¿Tenemos el número?

Wylie volvió a negar.

– La conversación está grabada, pero localizaremos desde donde se hizo. Es cuestión de tiempo.

Curt miró el reloj, dispuesto a marcharse.

– ¿Puede decirnos algo más, doctor? -preguntó Davidson.

– La víctima tenía buena salud, aunque acusaba cierta desnutrición. Tenía la dentadura en buen estado; o no se crió aquí o se abstuvo de la dieta escocesa. Hoy mismo enviaremos al laboratorio una muestra del contenido estomacal; de lo que quedaba. Su última colación no fue muy copiosa: arroz y verdura.

– ¿Tienen idea de qué raza era?

– No es mi especialidad.

– Ya lo sabemos, pero de todos modos…

– ¿De Oriente Medio…? ¿Mediterráneo…? -respondió Curt sin alzar la voz.

– Bueno, eso reduce la ambigüedad -dijo Rebus.

– ¿No tenía tatuajes o marcas peculiares? -preguntó Wylie sin dejar de escribir.

– Nada -dijo Curt con una pausa-. Les enviaremos todo por escrito, sargento Wylie.

– Son datos para ir trabajando, señor.

– Una dedicación así no es frecuente hoy día -comentó Curt con una sonrisa que desentonaba en su rostro demacrado-. Ya saben dónde encontrarme si necesitan preguntarme algo más.

– Gracias, doctor -dijo Davidson.

Curt se volvió hacia Rebus.

– John, ¿podemos hablar un momento? -Su mirada se cruzó con la de Davidson-. Es una cuestión personal -añadió, llevándose a Rebus del codo hacia la otra puerta, que daba paso a la zona propiamente del depósito.

No había nadie; al menos nadie vivo; sólo una pared cubierta de cajones metálicos delante del muelle de descarga donde las furgonetas depositaban sin descanso los cadáveres. El único ruido de fondo era el zumbido de la refrigeración. Pese a todo, Curt miró a derecha e izquierda por si alguien escuchaba.

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