Ian Rankin - Callejón Fleshmarket

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En un barrio de viviendas protegidas de Edimburgo aparece asesinado un sin papeles. ¿Se trata de una agresión racista o de algo muy distinto? Es un caso que, sin duda, interesa a Rebus, que se encuentra en ese momento rodeado de problemas: han cerrado su antigua comisaría y sus jefes querrían que se retirara. Pero Rebus es más terco que nadie. Durante las indagaciones visita un centro de detención para inmigrantes, trata con el sórdido mundo del hampa de Edimburgo y probablemente acabe enamorándose. Siobhan, por otra parte, tiene sus propios problemas. Una joven de dieciocho años ha desaparecido de casa y ella se siente obligada a ayudar a los padres, lo que implica acercarse más de lo debido a un violador convicto. Está además involucrada en otro caso, el de los dos esqueletos de mujer y de niño enterrados bajo el suelo de cemento de un sótano en el callejón Fleshmarket, un asunto que alguien quiere que salte a los medios, pero ¿quién y por qué? ¿Existe alguna relación entre este caso y el del barrio de pisos baratos de Knoxland? Callejón Fleshmarket indaga el proceso interno de una sociedad que ha perdido sus buenas costumbres y se ve inmersa en lo peor de la naturaleza humana: la codicia, la desconfianza, la violencia y la explotación.

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Rebus asintió con la cabeza, llevándose la cerveza. Era Steve Holly, que hojeaba el periódico. Lo dobló al verle llegar.

– Los tambores de la selva se han vuelto locos -comentó.

– Yo nunca los escucho -replicó Rebus-. Ni leo prensa amarilla.

– Whitemire está en las últimas, ha detenido al dueño de un puticlub y hay un artículo sobre los paramilitares que campaban a sus anchas por Knoxland -añadió Holly alzando las manos-. No sé por dónde empezar -exclamó riendo y levantando el vaso-. Bueno, no tanto… ¿Quiere saber por qué?

– ¿Por qué?

Holly se pasó la lengua por el labio superior.

– Pues porque en todo ello encuentro huellas suyas.

– ¿Ah, sí?

Holly asintió despacio con la cabeza.

– Entre la información general del artículo, podría convertirle en el héroe del día. Y de ese modo lograría salir de Gayfield Square de la noche a la mañana.

– Vaya, mi salvador -comentó Rebus mirando su cerveza-. Pero vamos a ver… ¿Recuerda el artículo que escribió sobre Knoxland tergiversándolo todo y presentando a los refugiados como un problema?

– Es que lo son.

– Lo escribió -continuó Rebus sin hacer caso de la interrupción- porque se lo encargó Stuart Bullen -añadió sin pensarlo, y al levantar la vista hacia Steve Holly comprobó que era cierto-. ¿Qué hizo, llamarle por teléfono para pedirle ese favor? ¿Se hacían favores mutuos, como cuando él le avisaba de los famosos que iban a su club?

– No sé a qué se refiere.

Rebus se inclinó hacia delante.

– ¿No se preguntó por qué le pedía eso?

– Me dijo que era una cuestión de imparcialidad dar la versión de los residentes locales.

– Pero ¿por qué?

Holly se encogió de hombros.

– Sí que me di cuenta de que era un racista de tantos, pero no tenía ni idea de que tuviera algo que ocultar.

– Y ahora lo sabe, ¿verdad? Pretendía que enfocásemos el asesinato de Stef Yurgii como un crimen racista. Cuando fueron él y sus hombres, con basura como usted a su servicio -añadió Rebus mirándole a la cara.

Pensaba en Cafferty y Felix Storey, y en las diversas maneras en que se puede engañar y manipular a la gente. Sabía que podía despacharse a gusto con todo aquello con el periodista y que quizá divulgase algo, pero ¿qué pruebas había? Simplemente su corazonada y las brasas de su indignación.

– Yo informo sobre los hechos, Rebus -replicó el periodista-, no soy quien los provoca.

Rebus asintió para sus adentros.

– Para que después gente como yo vaya a limpiar la mierda.

Holly frunció la nariz.

– Por cierto, ¿no vendrá de la piscina?

– ¿Tengo yo aspecto de nadador?

– No me lo parece, pero, de todos modos, huele a cloro.

* * *

Siobhan aparcó delante de la casa de Rebus y al bajar del coche oyó el tintineo de las botellas en su bolsa de la compra.

– A pesar de lo mucho que trabajas, me han dicho que tuviste tiempo de darte un chapuzón en el lago de Duddingston -dijo Rebus.

Ella sonrió.

– Estás bien, ¿no?

– Lo estaré después de un par de tragos. Suponiendo que no tengas algún compromiso…

– ¿Lo dices por Caro? -replicó Rebus con las manos en los bolsillos, encogiéndose de hombros.

– ¿Ha sido por mi culpa? -preguntó ella rompiendo el silencio.

– No… pero eso no te exime de tu responsabilidad. ¿Qué tal el Mayor Calzoncillos?

– Está bien.

Rebus asintió despacio con la cabeza y sacó la llave del bolsillo.

– Espero que no sea vino peleón lo que llevas en la bolsa.

– Lo más selecto de los restos de basura -replicó ella.

Subieron la escalera uno al lado del otro, agradablemente en silencio, pero Rebus se paró de pronto al llegar al rellano y lanzó una maldición: la puerta estaba abierta y el marco astillado.

– Joder -exclamó Siobhan, entrando tras él hasta el cuarto de estar-. Se han llevado el televisor -añadió.

– Y el equipo estéreo.

– ¿Llamo y lo denuncio?

– ¿Para que se partan de risa en Gayfield toda la semana?

– Supongo que tendrás seguro.

– Tengo que comprobarlo. Estoy al día de los pagos… -añadió.

Dejó la frase en el aire al advertir algo: una nota en el sillón junto a la ventana. Se puso en cuclillas para leerla, pero no era más que un número de siete cifras. Cogió el teléfono y marcó el número sin incorporarse y escuchó un contestador que le decía lo que quería saber. Colgó y se puso en pie.

– ¿Y bien? -dijo Siobhan.

– Están en una tienda de empeños de Queen Street.

Ella puso cara de sorpresa y más aún al verle sonreír.

– La maldita Brigada Antidroga -dijo él-. Lo han empeñado por el importe de esa maldita linterna -añadió, echándose a reír muy a su pesar, pellizcándose el puente de la nariz-. Ve a por el sacacorchos, por favor. Está en el cajón de la cocina…

Cogió el papelito y se dejó caer en el sillón mirándolo, mientras su risa se apagaba. Siobhan apareció en el marco de la puerta con otra nota en la mano.

– ¿No hay sacacorchos? -preguntó él alelado.

– Desaparecido -contestó ella.

– Eso sí que es mala leche. ¡Es inhumano!

– ¿No podrías pedir uno a los vecinos?

– No conozco a ningún vecino.

– Pues es tu oportunidad para conocerlos. Eso o no bebemos. Tú decides -añadió Siobhan encogiéndose de hombros.

– No te lo tomes tan a la ligera -replicó él con voz quejumbrosa-. Siéntate por si tardo.

Agradecimientos

Gracias a Senay Boztas y a los periodistas que me ayudaron a documentarme sobre los temas de los refugiados y de la emigración, y a Robina Qureshi, de Positive Action In Housing (PAIH), por su información sobre los solicitantes de asilo de Glasgow y el centro de detención de Dungavel.

El pueblo de Banehall es ficticio, y no vale la pena buscarlo en los mapas. Tampoco existe ningún centro de internamiento llamado Whitemire en West Lothian ni una barriada llamada Knoxland en el extrarradio oeste de Edimburgo. De hecho, este nombre ficticio se lo robé a un escritor amigo, Brian McCabe, autor de una excelente historia titulada Knoxland.

Para más información sobre contenidos de esta obra ver:

www.paih.org

www.closedungavelnow.com

www.scottishrefugeecouncil.org.uk

www.amnesty.org.uk/scotland

Ian Rankin

Callejón Fleshmarket - фото 2
***
Callejón Fleshmarket - фото 3
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