Ian Rankin - Callejón Fleshmarket

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En un barrio de viviendas protegidas de Edimburgo aparece asesinado un sin papeles. ¿Se trata de una agresión racista o de algo muy distinto? Es un caso que, sin duda, interesa a Rebus, que se encuentra en ese momento rodeado de problemas: han cerrado su antigua comisaría y sus jefes querrían que se retirara. Pero Rebus es más terco que nadie. Durante las indagaciones visita un centro de detención para inmigrantes, trata con el sórdido mundo del hampa de Edimburgo y probablemente acabe enamorándose. Siobhan, por otra parte, tiene sus propios problemas. Una joven de dieciocho años ha desaparecido de casa y ella se siente obligada a ayudar a los padres, lo que implica acercarse más de lo debido a un violador convicto. Está además involucrada en otro caso, el de los dos esqueletos de mujer y de niño enterrados bajo el suelo de cemento de un sótano en el callejón Fleshmarket, un asunto que alguien quiere que salte a los medios, pero ¿quién y por qué? ¿Existe alguna relación entre este caso y el del barrio de pisos baratos de Knoxland? Callejón Fleshmarket indaga el proceso interno de una sociedad que ha perdido sus buenas costumbres y se ve inmersa en lo peor de la naturaleza humana: la codicia, la desconfianza, la violencia y la explotación.

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– Yo no tengo nada contra Stu -gruñó Cafferty.

– Pero no desdeñarías una parte de su tarta, ¿verdad? -Rebus hizo una pausa y encendió un pitillo-. Ha sido una buena jugada -añadió expulsando humo hacia el cielo, que se mezcló con el vapor.

– No quiero saber nada de esa historia -anunció Storey, dándose la vuelta para marcharse.

Rebus no dijo nada, pensando en que no lo haría. Tras dar unos pasos, Storey se detuvo y volvió sobre ellos.

– A ver, ¿qué tiene que decir? -espetó desafiante.

Rebus miró la punta del cigarrillo.

– Cafferty, aquí presente, es su Garganta Profunda, Felix. Cafferty estaba al corriente de lo que sucedía porque tenía un topo: el lugarteniente de Bullen, Barney Grant, quien se lo contaba todo, y él se lo contaba a usted. A cambio de lo cual Grant le serviría la tarta de Bullen en bandeja.

– ¿Y eso qué importa? -inquirió Storey frunciendo el ceño-. Aunque fuese su amigo Cafferty…

– No es mi amigo, Felix. Es «su» amigo -aclaró Rebus-. Pero el asunto es que Cafferty no sólo le pasaba información… Aportó también los pasaportes que Barney Grant puso en la caja fuerte, probablemente mientras perseguíamos a Bullen por el túnel. Así cargaba a Bullen con el muerto y todos tan felices. Pero la pregunta es: ¿de dónde sacó Cafferty los pasaportes? -Miró a uno y a otro y se encogió de hombros-. Es fácil si es Cafferty quien mete de matute a los inmigrantes en el Reino Unido -añadió mirando fijamente a Cafferty, cuyos ojos parecían más pequeños y negros que nunca en aquel rostro gordinflón que irradiaba maldad. Volvió a encogerse de hombros con gesto aparatoso-. Cafferty y no Bullen, Felix. Cafferty ha vendido a Bullen para quedarse con todo el negocio…

– Y lo más bonito -terció Cafferty con su voz cansina- es que no hay ninguna prueba y no puede hacer nada.

– Lo sé -dijo Rebus.

– Entonces, ¿para qué lo cuenta? -ladró Storey.

– Escuchando se aprende -replicó Rebus.

Cafferty sonrió.

– Rebus siempre tiene razón -comentó.

Rebus echó la ceniza en la bañera, cortando en seco su sonrisa.

– Cafferty conoce Londres y tiene allí contactos. No Stuart Bullen. ¿Recuerdas esa foto tuya, Cafferty? En ella apareces con tus socios de Londres. Incluso a Felix se le escapó que hay una conexión londinense en todo esto. Bullen no tenía hombres, ni nada, para montar algo tan meticuloso como es meter en el país a personas de contrabando. Él es el chivo expiatorio mientras las aguas se serenan una temporada. Pero la verdad es que con Bullen entre rejas resulta muchísimo más fácil el negocio si hay alguien dentro, alguien como usted, Felix. Un oficial de Inmigración con vista para realizar una redada fácil. Resuelve el caso, se apunta sus buenos tantos y Bullen es quien se jode. En lo que a usted respecta, Bullen, de todos modos, es una basura y no va a calentarse los cascos pensando en quién le hace la jugarreta ni por qué motivo. Sin embargo, lo cierto es que, por muchos laureles que coseche, no sirve para nada en absoluto, porque lo que ha hecho ha sido desbrozarle el terreno a Cafferty. A partir de ahora operará él sólito, no sólo metiendo a ilegales en el país, sino haciéndoles trabajar hasta matarlos. -Se calló un instante-. Así que, muchas gracias.

– Todo esto es una gilipollez -espetó Storey entre dientes.

– Yo no lo creo -replicó Rebus-. Para mí todo cuadra… por encima de todo.

– Pero, como ha dicho -terció Cafferty-, no puede demostrar nada.

– Exacto -dijo Rebus-. Sólo quería que Felix, aquí presente, se enterara para quién ha estado trabajando todo el tiempo -añadió arrojando la colilla al césped.

Storey se lanzó sobre él enseñando los dientes, pero Rebus esquivó la embestida, le hizo una llave en el cuello y le obligó a hundir la cabeza en el agua. Storey era casi tres centímetros más alto, más joven y estaba más en forma, pero no tenía el peso de Rebus y abrió los brazos sin saber si buscar apoyo en el borde de la bañera o zafarse de la llave.

Cafferty continuó sentado en el agua, en su rincón, contemplando el forcejeo como si fuera un ring.

– No has ganado -espetó Rebus entre dientes.

– Por lo que yo veo, creo que sí.

Rebus advirtió que la resistencia de Storey cedía, aflojó la llave y retrocedió unos pasos fuera del alcance del londinense. Storey cayó de rodillas escupiendo agua, pero se incorporó rápido y avanzó hacia Rebus.

– ¡Basta! -ladró Cafferty.

Storey se volvió hacia él dispuesto a descargar su ira en otro. Pero había algo en Cafferty, incluso con su edad, obeso y desnudo como estaba en aquella bañera… Hacía falta alguien con más coraje o más temerario que Storey para plantarle cara, y eso lo vio inmediatamente el de Londres. Hundió los hombros y abrió los puños tratando de dominar la tos y la respiración entrecortada.

– Bien, muchachos -añadió Cafferty-, creo que ya es hora de acostarse, ¿no les parece?

– Aún no he terminado -replicó Rebus.

– Yo pensaba que sí -replicó Cafferty casi como dando una orden.

Rebus la despreció con una mueca.

– Repito: no puedo probar nada -añadió mirando a Storey-, pero eso no quiere decir que no lo intente, porque la mierda huele aunque no se vea.

– Ya le dije que yo no sabía quién era Garganta Profunda.

– ¿Y no sospechó nada de nada al darle el dato sobre el dueño del BMW? -preguntó Rebus, esperando inútilmente que contestara-. Mire, Felix, para cualquiera que se pare a pensarlo, o está usted implicado o es tonto de remate, datos nada recomendables en su currículo.

– Yo no lo sabía -repitió Storey.

– Pero me apuesto algo a que lo imaginaba. Sólo que no quiso verificar nada y siguió adelante obsesionado por los tantos que pensaba apuntarse.

– ¿Qué es lo que quiere? -gruñó Storey.

– Quiero que dejen salir de Whitemire a la viuda y a los hijos de Yurgii. Y quiero que les den una vivienda donde a usted le parezca. Mañana mismo.

– ¿Cree que yo puedo hacerlo?

– Ha desbaratado una operación clandestina con inmigrantes, Felix. Le deben un favor.

– ¿Eso es todo?

Rebus negó con la cabeza.

– No. Tampoco quiero que deporten a Chantal Rendille.

Storey parecía esperar más peticiones, pero Rebus había concluido.

– Estoy seguro de que el señor Storey hará cuanto pueda -comentó Cafferty con el tono uniforme de la voz de la razón.

– Cafferty, si aparece en Edimburgo uno solo de tus sin papeles… -añadió Rebus dejando en el aire una amenaza inútil.

Cafferty era bien consciente, pero sonrió y asintió levemente con la cabeza. Rebus se volvió hacia Storey.

– En el fondo, creo que actuó movido por la codicia viendo que se le presentaba una fantástica ocasión, y decidió no cuestionarla y menos despreciarla. Aunque tiene una oportunidad de redención dirigiendo su artillería contra él -añadió señalando con el dedo a Cafferty.

Storey asintió despacio con la cabeza y quienes momentos antes entablaban combate miraron al mismo tiempo al hombre de la bañera. Cafferty les daba a medias la espalda y ya no les hacía caso, ocupado como estaba con el panel de control, hasta que volvieron a salir burbujas.

– La próxima vez tráigase el bañador -dijo cuando Rebus ya iba camino de la entrada de coches.

– Sí, y un alargador -replicó Rebus.

«Para conectarlo a la estufa eléctrica y ver cómo cambia el agua de color con el cortocircuito.»

Epílogo

Bar Oxford .

Harry sirvió a Rebus una jarra de IPA y le dijo que había «uno de la prensa» en el salón de atrás.

– Para que lo sepa -añadió el camarero.

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