Joseph Wambaugh - Hollywood Station

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Bajo la atenta mirada del sargento de policía apodado el Oráculo, los agentes de «la comisaría Hollywood» se enfrentan con su rutina habitual. Entre días en los coches de patrulla y noches en las entrañas de una ciudad que nunca duerme, este grupo de policías ve la urbe del glamour en su cruda realidad y, a medida que pasan por tugurios de drogas y sucias esquinas, una serie de acontecimientos sin relación aparente los lleva al caso más sorprendente sucedido en «Hollywood Station» en los últimos años, y les recuerda que en Los Ángeles el horror y el extremismo no tienen límite.

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– Creo que nos vamos a comprar un coche furgoneta inmediatamente. Tú sabes conducir, ¿verdad?

– ¡Ah, sí! -dijo Olive-. Conduzco muy bien.

– Creo que lo primero que vamos a hacer en cuanto tengamos el coche será ir a Universal Studios y dar una vuelta por allí. ¿Has ido alguna vez?

– No -dijo Olive.

– Yo tampoco -dijo Mabel-. Pero tendremos que comprar una silla de ruedas plegable, no creo que resista todo el paseo. No te importará empujarme en la silla, ¿verdad?

– Por ti hago lo que sea, Mabel -dijo Olive.

– ¿Tienes carnet de conducir?

– No -dijo Olive-. Me lo retiraron cuando me detuvieron por conducir drogada. Pero conozco a un tipo muy majo que se llama Phil que fabrica carnets, aunque son muy caros, doscientos dólares.

– De acuerdo, querida -dijo Mabel-. Tenemos dinero de sobra, así que te compraremos uno, de momento. Pero más adelante te sacarás un carnet de verdad. Querida -añadió al cabo de un momento de reflexión-, sé que Olive Oyl no es tu verdadero nombre.

– No, es el nombre que me puso Farley.

– Sí, muy propio de él -dijo Mabel-. ¿Cómo te llamas de verdad?

– Adeline Scully, pero nadie lo sabe. Cada vez que me detienen digo el alias.

– ¡Adeline! -exclamó Mabel-. «Sweet Adeline». Yo cantaba mucho esa canción, de pequeña. Ése es el nombre que pondremos en el carnet de conducir, y ésa eres tú a partir de ahora mismo. Adeline. ¡Qué nombre tan bonito!

En ese preciso momento, Tillie, la gatita de rayas que estaba tumbada en una mesilla auxiliar -una gatita que no había oído una sola palabra negativa desde que Mabel la rescatara-, terminó de comerse una lata de atún y la tiró al suelo con rabia.

– ¡Ay, Dios! -exclamó Mabel-. Tillie se ha enfadado, tendremos que abrirle otra lata de atún. Al fin y al cabo, de no ser por ella, no estaríamos disfrutando de esta nueva vida maravillosa juntas, ¿verdad?

– No -dijo Adeline sonriendo a Tillie.

– Y tú no digas ni miau, Tillie -dijo Mabel a la gata.

– Estoy muy contenta, Mabel -dijo Adeline.

– Adeline -dijo Mabel contemplando su sonrisa-, tienes el pelo fuerte y bonito, seguro que un estilista te lo deja precioso. Vamos las dos a arreglarnos el pelo y a hacernos la manicura. Y me preguntaba si no te gustaría también ponerte unos dientes.

– ¡Ah, sí! -dijo Adeline-. Me encantaría tener dientes.

– Eso va a ser lo primero de todo -dijo Mabel-. ¡Vamos a comprarte unos dientes bien bonitos!

Al final del cuadrante, las cosas habían mejorado en lo que a asignación de coches se refería. El Oráculo estaba satisfecho con la recuperación de Mag Takara, y su vista mejoraba también. Estaba pensando en volver a asignarla a una patrulla.

Andi McCrea había ido a Washington una semana, donde podía visitar a su hijo todos los días en el Centro Médico Walter Reed. Cuando volvió a Hollywood dijo que había descubierto una clase de valentía que no se podía explicar con palabras, y que no volvería a subestimar a la generación de su hijo nunca más.

No hay nadie en el mundo tan cotilla como la policía, y son pocos los agentes capaces de guardar un secreto, así que no tardó en saberse en toda la comisaría que Andi McCrea y Brant Hinkle iban a casarse. Charlie Gilford el Compasivo se apresuró a pronunciar su típico cometario.

– Una ceremonia más de esposas dobles -dijo a Viktor Chernenko-. Ahora mismo todo es «mi cielito lindo» y «rosina de mi corazón». Dentro de seis meses, se estarán machacando el uno al otro. Así son las cosas en Hollywood.

Viktor estaba muy contento porque se había enterado de que lo nombrarían investigador del trimestre de la comisaría Hollywood y no prestó atención al prosaico comentario de Charlie, pero le gustó mucho el sonido de las palabras cariñosas. Y esa noche, antes de ir a casa, llamó a su mujer y le dijo:

– Estoy contentísimo, mi cielito lindo. ¿Te complacería que llevara unos big macs y helado de fresa, rosina de mi corazón?

Capítulo 22

Terminaba el cuadrante y el Oráculo pensaba que había distribuido bien el turno medio. Cuando Fausto y Budgie le presentaron un informe para que lo firmara, dijo:

– Fausto, es hora de hacernos código siete en ese otro mexicano nuevo, ¿cómo se llama?

– Hidalgo's -dijo Fausto.

– Invito yo.

– ¿Te ha tocado la lotería?

– El verano ha llegado a Hollywood y hay que celebrarlo -dijo el Oráculo-. El verano me hace expansivo.

– Entiendo -dijo Fausto mirándole el grueso vientre.

– Mira quién habla -terció Budgie, dirigiéndose a Fausto-. Lo tengo a dieta de seis burritos -dijo después al Oráculo-. Esta semana ya se ha tomado cinco, así que sólo le queda uno para esta noche.

– Danos cinco minutos -dijo Fausto-. Tengo que sacar un expediente para el informe.

El Oráculo estaba solo otra vez cuando notó dolor en la parte superior del estómago. El maldito ardor otra vez. Sudaba sin motivo y necesitaba aire. Salió al vestíbulo, pasó por debajo de las fotografías expuestas de los agentes asesinados, cuyos nombres figuraban a la entrada, en el Paseo de la Fama de la comisaría Hollywood.

Miró la luna llena, la luna de Hollywood, como la llamaba siempre él, aspiró el aire nocturno por la nariz y lo expulsó por la boca. Pero no se sintió mejor. De pronto lo acometió un dolor lacerante en el hombro y la espalda.

Una mujer se acercaba a la comisaría a denunciar el robo de la bicicleta de su hijo; en ese momento, pasó una moto con mucho estrépito y, al mismo tiempo, vio al Oráculo caer al suelo agarrándose el pecho.

– ¡Han disparado a un policía! -gritó la mujer.

Fausto casi la tira al suelo al abrir de golpe la puerta de cristal, seguido por Budgie y Mag Takara, que trabajaba en el primer mostrador.

Fausto dio la vuelta al Oráculo y lo puso boca arriba.

– No le han disparado -dijo.

Se arrodilló a su lado y empezó a apretarle el pecho. Budgie le levantó la barbilla, le tapó la nariz para hacerle el boca a boca; entre tanto, Mag llamaba a una ambulancia. Varios agentes salieron de comisaría y se quedaron mirando.

– ¡Vamos, Merv! -dijo Fausto contando en voz baja-. ¡Vuelve con nosotros!

La ambulancia llegó enseguida pero ya no importaba. Budgie y Mag lloraban cuando los técnicos sanitarios cargaron al Oráculo en la ambulancia. Fausto dio media vuelta, apartó de en medio a dos agentes y se perdió solo en las sombras del aparcamiento.

Una semana después, en la sesión de control de asistencia, el teniente dijo al turno medio:

– No habrá el clásico funeral policial por el Oráculo. Dejó su voluntad bien clara en ese aspecto y sus disposiciones son otras.

– Se merece una estrella en el paseo -dijo Flotsam.

– Eso es para los agentes de nuestro distrito que mueren en acto de servicio -dijo el teniente.

– Él ha muerto en acto de servicio -replicó Hollywood Nate-. Cuarenta y seis años aquí, eso es lo que lo ha matado.

– ¿Y si fuera una estrella especial para él? -dijo Mag Takara.

– Lo consultaré con el capitán -dijo el teniente.

– Si alguien se merece una estrella -dijo Benny Brewster-, es él.

– ¿Que no habrá funeral? -dijo Jetsam-. Tenemos que hacer algo, teniente.

– El Oráculo siempre dijo que estaría en activo hasta que muriera su ex, para que no se quedara con su pensión. ¿Qué dirá ella? ¿Tiene hijos que quizá prefieran hacerle un funeral?

– Eso no depende de mí -dijo el teniente, desconcertado-, Él lo dejó arreglado a su gusto, según me han dicho. Ha dejado todas sus posesiones a la fundación LA. Pólice Memorial para becas de estudios, es lo único que sé.

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