– ¡Ah, ya lo entiendo! Polo pitbull.
– Tío, me metí con el caballo entre esas fieras asesinas y empecé a repartir leña gritando «¡Un chukker para mi equipo! ¡Dos chukkers para mi equipo!». Ojalá hubiera podido hacer lo mismo con los dueños.
– Colega, el chukker es cada tiempo del juego. Lo sé porque vi un monográfico sobre la familia real. El calentorro de Carlos jugaba un chukker o dos en honor de Camilla ¡marcando un paquete descomunal! ¿Ese nenazo? No se lo cree ni él.
– Vale. Pensándolo bien, este tronco corta el rollo a cualquiera.
– Y luego, ¿hubo bronca por jugar al polo con la jauría?
– Sí, claro. Siempre hay algún NF que llama a Asuntos Internos, a su concejal, o incluso pone una conferencia a Al Sharpton [4], y ése, ya sabes, no pierde ocasión de chupar cámara.
– ¿Ene efe?
– No eres rata de gueto, ¿eh? NF: «negro furioso».
– Pasé nueve años en Devonshire, West Valley y Los Ángeles Oeste antes de que me trasladaran aquí el mes pasado. No vi ni una ficha de NF de ninguna clase, colega.
– En tal caso, no te apuntes a ninguna comisión policial ni a las juntas municipales. Ahí mandan los NF. Aunque en realidad, en Hollywood no vive casi ninguno; ahora, Los Ángeles Sur es prácticamente latino, hasta Watts.
– Según he leído, los barrios bajos del centro están dominados por latinos -dijo Jetsam-. ¿Dónde coño se habían metido los hermanos? ¿Y por qué se preocupan tanto por el voto negro, si se están largando todos a los barrios residenciales? Más les vale preocuparse del voto latino porque ahora la alcaldía es suya; en una generación, reivindicarán California para ellos y nosotros nos quedaremos de jardineros.
– ¿Estás casado? ¿Cuántas llevas?
– Acabo de escaparme de la segunda. Era una especie de ninfa, pero no tan tierna. Tengo una hija de tres años que vive con su madre, pero su abogado no se dará por satisfecho hasta me quede en la calle, viviendo en la playa y comiendo algas.
– ¿La primera sigue suelta?
– Sí, pero no tengo que pasarle pasta. Se llevó el coche. ¿Y tú?
– Divorciado también, sin hijos. La conocí en el Director's Chair, un bar de polis de Hollywood Norte. Tendría que ser delito ponerse tanto maquillaje, parecía más puta que las del Mustang Ranch, y aun así me casé con ella. Tiene un culito como J. Lo [5], tuvo que ser por eso.
– A los policías nunca nos funciona el primer matrimonio, el primero no cuenta, colega. Entonces, ¿cómo se juega al polo pitbull sin caballos? ¿Y dónde?
– Conozco un sitio estupendo. Saca la porra extensible de mi bolsa de guerra.
La Mura Salvatrucha, [6] alias MS-13, un clan pandillero salvadoreño, comenzó en Los Ángeles entre estudiantes preuniversitarios hace menos de veinte años, pero se decía que ahora contaba con diez mil miembros en toda la extensión de los Estados Unidos, y setecientos mil en los países centroamericanos. Muchos reclusos de prisiones estatales exhibían las iniciales «MS» y «MS-13» tatuadas en el cuerpo. Fue precisamente a un miembro de la MS-13 a quien detuvo la agente Tina Kerbrat en la calle, en Hollywood Norte, en 1991. Kerbrat era una novata que había salido de la Academia de Policía de Los Ángeles hacía sólo unos meses; simplemente, estaba poniéndole una denuncia por beber en público, cuando un «patrullero» de la MS-13 la mató de un disparo. Fue la primera mujer policía de Los Ángeles que murió asesinada en acto de servicio.
Más tarde, aquella misma noche, una residente mexicana que vivía al este de Gower Street llamó, abrumada, a la comisaría Hollywood y dijo que había visto un «blanco y negro», el coche de la policía, dando vueltas sin luces alrededor de un sucio edificio de apartamentos de color rosa del que ella misma había informado a la policía varias veces, porque era un hormiguero de salvatruchos.
En ocasiones anteriores, los agentes de recepción habían insistido en explicarle en qué consistían las «órdenes judiciales relativas a los clanes» y la «causa probable», conceptos que no entendió y que no existían en su país. Conceptos que, por lo visto, negaban a personas como ella y sus hijos la protección contra los delincuentes de ese feo edificio rosa. La mexicana informó al agente de que los perros que tenían esos hombres eran verdaderas fieras, que habían atacado y matado al collie de su vecina Irene y que los niños no podían ir tranquilamente por la calle. También le contó que los empleados de la perrera municipal se habían llevado a dos, pero que todavía quedaban muchos. Muchos más de la cuenta.
Los agentes le decían que lo lamentaban y que se dirigiera al Departamento de Servicios de Animales Domésticos.
La mujer había estado viendo un programa en español en la televisión y se disponía a irse a dormir cuando oyó los primeros aullidos que la hicieron asomarse a la ventana. Vio entonces el coche de policía con las luces apagadas, que iba a toda velocidad por la calleja del edificio de apartamentos perseguido por cuatro o cinco perros que ladraban. La segunda vez que pasó por la calleja, vio que el conductor se asomaba a la ventanilla con algo parecido a un taco de billar en la mano y golpeaba a una de las fieras, que se escondió gimiendo en el edificio rosa. Después, el coche dio otra vuelta y repitió la maniobra con otro perro grande, y el conductor gritó unas palabras que resonaron en el portal, y que su hija oyó.
La hija apareció soñolienta en el reducido comedor y dijo en inglés: «Mamá, ¿chukker es una palabrota fea, como la que empieza por "jo"?».
La mujer llamó por teléfono a la comisaría Hollywood y habló con un sargento de mucha categoría a quien todos los policías llamaban el Oráculo. Quería darle las gracias por mandar agentes con tacos de billar. Esperaba que las cosas mejorasen en el barrio. El Oráculo no lo entendió pero prefirió no hacer preguntas. Le dijo sencillamente que se alebraba de ser útil.
Cuando el coche patrulla 6 X 32 volvió a encender los faros mientras recorría Hollywood Boulevard tranquilamente, el conductor dijo:
– Mira, tronco, justo ahí terminó mi carrera con la policía montada. Ahí es donde decidí que por buenas que fueran las extras, yo volvía a la patrulla normal.
– ¿En el teatro chino Grauman? -preguntó su compañero mirando a la derecha.
– Ahí mismo, a la entrada. Ahí aprendí que no hay que pasar a caballo por el Paseo de la Fama de Hollywood.
– ¿Da mal rollo?
– Da patinazo.
El famoso teatro Sid Grauman parecía desamparado últimamente, empequeñecido, emparedado por el centro comercial Hollywood Highland, más conocido como Kodak Center, con sus dos bloques de tiendas y locales de ocio. El edificio acogía el teatro Kodak y los premios de la Academia, y estaba a rebosar de turistas día y noche. Con todo, el teatro chino conservaba su parroquia en lo tocante a curiosidades. Aún a esa hora tardía pululaba por allí un puñado de seres disfrazados que se dejaban fotografiar con los turistas, que a su vez se dedicaban a fotografiar principalmente huellas de zapatos y manos de la famosa acera. Entre esos seres se encontraban Mr. Increíble, Elmo de Barrio Sésamo, dos Darth Vader, Batman y dos Goofy, uno bajo y otro alto.
– Se dejan retratar con los turistas. Poses por pasta -dijo el conductor a su compañero-. Los turistas creen que son empleados del Grauman, pero no. Casi todos son yonquis y anfetamínicos. Mira al Goofy pequeño.
Al frenar, obligó al tráfico nocturno a maniobrar para sortear el blanco y negro. Se quedaron observando al Goofy de menor estatura, que acosaba a cuatro turistas orientales, seguramente porque no querrían pagarle la foto o no le habían dado suficiente. Cuando Goofy agarró a uno de los dos hombres por el brazo, el policía tocó el silbato. Goofy levantó la cabeza y, al ver el blanco y negro, suspendió la actividad mendicante e intentó escabullirse entre la multitud, aunque la enorme cabeza del disfraz sobresalía incluso entre los turistas más altos.
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