Tío Pat siempre conducía borracho. El conductor borracho juega con mucha desventaja. La desventaja jugó en contra de tío Pat en 1951. Se estrelló contra un camión de naranjas. Murió. Su mujer murió. Joe y su familia acudieron al entierro. Les gustó California. Se quedaron.
Se instalaron al este del valle San Gabriel. Ontario, Fontana: satélites de L.A. con viñedos y naranjales. El padre de Joe empezó a trabajar en una fábrica. A Joe lo enrolló el clima californiano, la belleza de California, la ausencia de mugre. Estudió en el Instituto Chaffee. Terminó en el cincuenta y cuatro. Estuvo tres años en la Marina. Volvió a casa y buscó trabajo. Aceros Kaiser, en Fontana: bombero particular.
Empleo en la fábrica, empleo en la acería, empleos de ganapán: estrictamente lo más tirao. Quería trabajar con la cabeza. Quería extrapolar su amor por los libros. Estudió los dos primeros cursos de universidad en Chaffee y en L.A. State College. Se casó con su novia. Sacó un título de Inglés. Quería ser profesor de Inglés. El destino le dio por el culo.
Un simple anuncio. Un trocito de página en L.A. Herald. Se necesitan oficiales de policía, 489 dólares mensuales.
Aventura. Amores. Cinco de los grandes al mes. Como en su libro predilecto de niño, La llamada de la selva.
De acuerdo, estarás veinte años. Te retirarás. Luego serás profesor de inglés. Tendrás cuarenta y tres. Habrás hecho dos carreras.
No. El destino es más quijotesco y complejo. Verás mucha ponzoña. Lucharás en unos disturbios. Te las verás con machotes maricones en los lavabos de los cines. Te pegarán un tiro. Ahostiarás. Te ahostiarán. Te enrollarás en más numeritos racistas que 86.000 discos de Redd Foxx. Papearás escabeche de manitas de cerdo en Watts a las putas dos de la madrugada. Te tirarás chile verde ardiendo por el traje azul. Conocerás follaniños, follaperros, follagatos, follapingüinos, follawombats, follapavos, drag queens sifilíticas, gente que se caga en la pileta, que se la casca en público, chulos tuberculosos con seis meses de vicia por delante y cretinos que se folian el caparazón de una tortuga de trescientos años. Verás marchar codo con codo valentía y honor humanos y depravación y blasfemia inconmensurables. Destilarás y contendrás tu saber. Darás al mundo horror e hilaridad en libros que sólo un policía podía escribir: libros profunda y verdaderamente humanos.
Oficial sargento Joseph A. Wambaugh. LAPD, 1960-1974.
Duró catorce años. Quería estar veinte. La fama se lo impidió. La vida de escritor le jodió la vida de policía. Los sospechosos lo reconocían y le pedían autógrafos. Las llamadas de representantes y productores empantanaban la sala de la brigada Hollenbeck. Entonces tuvo que marcharse, pero, ¡ay, Dios, qué viaje\ Fue una gira por barracas de feria completamente contenida y absolutamente incontenible, repleta de espejos deformantes. Las deformaciones eran conducta humana en clave grotesca. Una pareja discute por la custodia de un niño. Cada cual agarra al niño por un brazo y tira. Casi lo descoyuntan y lo parten en dos.
El niño del pene amputado. El borrachín amputado por partida doble presumiendo de que la polla le llegaba al suelo. El oficial Charlie Bogardus se muere de cáncer con menos de veinte años en activo. Su familia necesita la pensión. Tiene que morir en acto de servicio. Carga a ciegas contra un sospechoso ele allanamiento y se lleva dos tiros en los pulmones.
Ian y Karl. El campo de cebollas. El entierro y el lamento de la gaita.
La prostituta trans de Chenshaw. Su primera redada antivicio. Él-ella le deja los muslos más que morados a pellizcos. El dolor se sale de las gráficas -matémoslo -no, dejémoslo.
El follón de la sala de billar. El menda con la escopeta. La llama anaranjada y las balas pasándole por encima de la cabeza. Fred Early es su compañero. Fred atrapa al menda y lo inmoviliza por las orejas. El menda está muerto. Fred muere de un tiro diez años después. No se ha resuelto todavía.
Dios, qué viaje. Las putas, los putones, los piraos, los pistoleros. Los ebrios y los exhibicionistas, los pastilleros y los pachucos, las muñecas menores, los heroinómanos histéricos. Las rutinarias rondas diurnas, los julais noctámbulos, las lecciones.
Iba al trabajo con miedo. Era el miedo de quien sabe, del inteligente e imaginativo. Se sobrepuso al miedo a golpe de contexto repetido. Aprendió que el miedo no desaparece nunca del todo. El siguiente contexto siempre es trabajo policial.
Aprendió que el aburrimiento incita a la ira que lleva al caos y al horror.
Aprendió que la necesidad humana más fuerte es la simple necesidad de sobrevivir. Aprendió que esa necesidad muta. Aprendió que induce a la compasión a las buenas personas. Aprendió que inspira terquedad brutal a las malas.
Aprendió que el delito es una constante circunstancial. Aprendió que las decisiones que el policía toma en décimas de segundo lo situaban al borde de la valentía y el deshonor.
Joe Wambaugh. LAPD, 1960-1974.
Tenía que haberse quedado más tiempo. No pudo. Tenía que escribir. Tenía que trasponer las lecciones.
Transformó apuntes informales tomados sobre la marcha en bosquejos y relatos cortos. Los envió a las revistas. Un editor del Atlantic Monthly le aconsejó que les diera forma de novela. Escribió Los nuevos centuriones y lo vendió por un adelanto modesto. El libro causó sensación entre la crítica y fue un gran éxito de ventas. Le crearon una imagen y quedó catalogado más o menos como poli escritor atípico. El libro retrataba el trabajo policial como un periplo inquietante y de moral ambigua. A algunos policías no les gustó nada el mensaje. Muchos respetaron la verdad inherente. El alto mando del LAPD lo desaprobó. Esto lo jodió de verdad.
El caballero azul, El campo de cebollas. Gran éxito de ventas, gran entrada de pasta, gran ovación. Gran cine, gran ruido, la disyuntiva que siempre conlleva el reconocimiento a gran escala.
Escribió Los chicos del coro. Su publicación estaba prevista para mediados del setenta y cinco. El trabajo lo empujaba en una dirección. El oficio lo empujaba en la contraria. El oficio era el trabajo. Eso lo consoló un poco. Cerró el viaje.
Mi viaje menguó. La vida en la calle, la priva y la droga me estropearon la salud. Cárceles, hospitales, rehabilitaciones. El nadir de principios del setenta y cuatro a mediados del setenta y cinco.
Leí Los chicos del coro al final de aquel verano. Robé el libro en una librería de Hollywood. Era la mejor obra de Wambaugh. La acción se desarrollaba en la comisaría de Wilshire. Un grupo ele policías del turno de noche se relaja en Westlake Park. Llaman a las veladas «Ensayos del Coro». Al principio todo son aventuras y titis. Hay un trasfondo. El trabajo los estimula y los coloca en exceso. El trabajo sacia su curiosidad. Son funcionarios públicos y mirones. El trabajo les da una identidad de acero. Son mutilados de machismo, frágiles por dentro. Llegaron a la profesión con un exceso de miedo y dolor. Están sobreamplificados, estresados y bastante desquiciados. Se han metido en algo que les queda grande. Es el peaje del delito como constante circunstancial. Su destino colectivo, la locura.
El libro me desgarró y, curiosamente, me consoló. Volvía a acusarme de falta de moral. Rebajaba mi estatus de pirao callejero. Me ponía a la altura de tíos que estaban tan colgados de un guindo como yo.
Me acorraló contra la pared. Me pinchó la imaginación y me hizo escupir presagios de grandes relatos. Una novela en potencia. Sabía que tenía que escribirla. Sabía que antes tenía que cambiar el rumbo.
Lo hice. Atribuiré a Dios el mérito de la salvación general. Citaré a Joe Wambaugh y el Sexo como potencias secundarias.
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