Joseph Wambaugh - Hollywood Station

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Bajo la atenta mirada del sargento de policía apodado el Oráculo, los agentes de «la comisaría Hollywood» se enfrentan con su rutina habitual. Entre días en los coches de patrulla y noches en las entrañas de una ciudad que nunca duerme, este grupo de policías ve la urbe del glamour en su cruda realidad y, a medida que pasan por tugurios de drogas y sucias esquinas, una serie de acontecimientos sin relación aparente los lleva al caso más sorprendente sucedido en «Hollywood Station» en los últimos años, y les recuerda que en Los Ángeles el horror y el extremismo no tienen límite.

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El mundo interior crea un hábito maligno. Ganchos de apuestas hípicas, púgiles sonados, vendedores de helados con tinglados de violación de críos. Invierno del sesenta y dos. Mi viejo me lleva a los aparthoteles Algiers. Dice que es «un burdel». Las putas trabajan en las habitaciones. Dice que es «un picadero de mala muerte». Allí van tíos casados a echar la siesta con su secretaria. Cuelgo las clases, vigilo el Algiers. Cada mujer que entra es una sirena, una tentadora, un súcubo de cine noir. Verano del sesenta y dos. Temporada de compra de ropa para el colegio. El viejo me lleva al May Company de Wilshire. La naturaleza me llama. Me muevo al retrete de hombres a aliviarme. En una pared hay un agujero grande. No sé para qué. Lo descubro a toda leche.

Una loca mete la polla por el agujero y la menea apuntándome. Grito, agarro los pantalones y me abro. A mi viejo le da tanta risa como horror. Joe Wambaugh está en antivicio en Wilshire un año después. El «Agujero de la Gloria» de May Company es un Palo Mayor de Locas, un Hito de Locas, una Olla de Locas. Años más tarde describe una redada de locas en Los chicos del coro.

Marzo del sesenta y tres. Año del asesinato en el campo de cebollas. Mi radar no lo captó entonces. Joe Wambaugh trabaja en Wilshire. Se obsesiona.

El crimen me llevó por la calle del deterioro escolar y el deterioro de la salud de mi viejo. Leía libros de crímenes, veía películas de crímenes, me montaba fantasías de crímenes. Descuidé los estudios. Perseguía en bicicleta a las chicas del vecindario. Espiaba por las ventanas con nocturnidad y vacilaba con mujeres descarriadas. Vagaba por L.A. Mangaba libros. Me colaba en el cine a ver películas de crímenes. Me convertí en un gran gorrón-ratero adolescente, venao, podrido de acné y moralmente deforme. Iba como loco por conseguir estremecimientos mentales y estimulación sexual. Birlaba revistas guairas. Acechaba. Babeaba. Me piraba las clases. Daba avisos de bomba a otros colegios. Robaba cascos en los almacenes de los supermercados locales. Me echaron del instituto. Me alisté en el ejército. El viejo murió. Fingí una crisis nerviosa y me licenciaron. Volví a L.A. Verano del sesenta y cinco. Encontré casa en mi antiguo barrio y un currillo de repartir folletos. Tenía diecisiete años, era libre y blanco. Me figuraba que pronto me convertiría en un gran escritor. La lógica exige que antes se escriba algún gran libro. Ese detalle se me escapaba.

Empecé a beber, a fumar hierba y a tomar anfetaminas. El índice de estimulación se me disparó exponencial mente. Vagaba por L.A. Mangaba. Me trincaron en un súper y me mandaron al reformatorio de Georgia Street. Julio del sesenta y cinco. Joe Wambaugh trabajaba allí, entonces. Puede que me cruzara con mi maestro nunca igualado.

El padre de un amigo me pagó la fianza. Me soltaron un discurso y la condicional sumaria. El día en la cárcel me dio miedo y me enseñó justo esto: a robar con más cuidado.

Así lo hice. Funcionó. Mangué comida, bebida, libros y tiré, impasible. Ya es agosto del sesenta y cinco. Estallan los disturbios de Watts. Ellroy, de moral ejemplar, se escandaliza, se enfurece, se siente horrorizado y racialmente amenazado.

La cosa está muuuy ne gra en Negrolania. Percibo influencias comunistas. Me da vértigo, me sulfuro con toda la razón. Esto supera libros, películas y programas televisivos de crímenes. Nefando Apocalipsis Negro. Saqueo salvaje de mi ciudad. Los disturbios de Watts: ¡¡¡qué descontrol, joder!!!

Me junté con unos colegas. Nos armamos de escopetas de aire comprimido. Éramos admiradores de Mickey Spillane y rigurosamente antirrojos. ¿Qué habría hecho Mike Hammer? Actuar, joder.

Nos colocamos de hierba y T-bird. Cogimos el coche al anochecer, en dirección sur. L.A. se encogía bajo el toque de queda. Lo violamos. Teníamos pocas armas pero mucho coraje. Se veía humo por el sur. Encontramos problemas en Venice con Western.

Nos pararon dos polis blancos. Contabilizaron el arsenal y se descojonaron de risa. Nos dijeron que nos fuéramos a casa a ver la tele. Largo… o avisamos a vuestros padres.

Obedecimos. Nos colocamos más y vimos las noticias. Joe Wambaugh pilló el mogollón en directo.

Daba parte en la comisaría de la calle Setenta y Siete. Iba en un coche patrulla de cuatro hombres. Llevaban armas al cinto y una escopeta. Se metió de cabeza en el fregado. Pilló los primeros disparos.

Vermont con Manchester. Se destrozan escaparates, se disparan las alarmas, entre setecientos y ochocientos imbéciles en la calle. Suena un tiro. Luego otro. Las detonaciones se superponen, sólo se oye un estruendo prolongado… que nunca termina.

Entraron en los comercios a empujones. Saltaron por encima de los cristales rotos y redujeron a los saqueadores amotinados. Salían disparos de la nada. Se oía rebotar las balas. Sacaron sospechosos de los edificios a rastras y los retiraron de la calle. Los tiros llovían. No localizaban la procedencia. No podían esquivarlos de una puta vez. Se llevaron a los sospechosos a las oficinas del Registro y al Centro de Recogida. Salieron de allí. Volvieron allí. Wambaugh tenía miedo, no lo tenía, tenía miedo, no lo tenía. Se le disparó la adrenalina. El calor, las llamas y el pesado equipo antidisturbios le chuparon muchos kilos.

No olvidó esos momentos. Recopiló apuntes más tarde. Los desarrolló en su primera novela.

Los nuevos centuriones siguen la pista a tres policías a lo largo de cinco años. La novela se desarrolla entre 1960 y los disturbios. La acción se impone en viñetas de actividad policial. Patentiza íntimamente el delito como constante circunstancial y el delito como circunstancia definitoria. El temperamento de los policías es diverso. Sus respectivos puntos de vista convergen en unas líneas autoritarias generales y divergen en la necesidad de cada cual de rozar el mal y el desorden. La vida interior de los tres raya con el trastorno. Cada día laborable se encuentran con el delito, lo subvierten, lo inhabilitan y desean contenerlo. El proceso sirve para acallar los miedos sobre la marcha y les procura un equilibrio ora estable, ora turbulento. La novela concluye poco después de los disturbios de Watts. Los disturbios les han proporcionado el contexto que buscaban inconscientemente desde el primer día en el cuerpo. El caos impuesto ha alineado los lados opuestos de su personalidad. Han alcanzado una paz pasajera. Esa paz morirá casi inmediatamente. Un acontecimiento incongruente, prosaico y mortífero los definirá a todos al final.

El delito como constante circunstancial y circunstancia definitoria: 1960-1965. Mi idiota vida delictiva: 1965-1970.

Leía libros policíacos. Recorrí Cain, Hammett, Chandler, Ross MacDonald. Acariciaba la fatua noción de un gran futuro literario para mí. Veía películas y programas televisivos de delincuentes. Delinquía a mi manera inimitable, a lo Mickey Mouse.

Batidas botelleras por las basuras. Hurtos en librerías. Venta de bebida robada a niños de instituto a precio de oro. Bajadas a Tijuana a pillar fármacos y ver el número del burro.

Merodeos por las casas: ¡qué locura, tío!

1966-1969. Soy un adulto casi joven, virgen, las chicas me vuelven loco. Subsisto en antros baratos, cerca del pretencioso Hancock Park. Me hice mayor deseando a esas chicas. Las seguía y sabía dónde vivían. Ahora ya eran jóvenes desenvueltas. Estudiaban en la USC y en la UCLA. Vestían trapitos de marcas pijas. Estaban destinadas a carreras de poca importancia y a casarse con un carca rico. Yo las deseaba. Era un antipático impresentable a quien nadie quería. No sabía nada del sencillo contrato civil. Carecía de aptitudes sociales y me faltaba el simple valor de acercarme a ellas de verdad. En cambio, me colaba en sus casas.

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