Stephen King - Colorado Kid

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Una obra atípica en la trayectoria del autor de Carrie, en la mejor tradición de la novela negra; un crimen en las costas de Maine, aparentemente irresoluble. En una isla de las costas de Maine, un hombre es encontrado muerto. No hay identificación de su cuerpo. Solo el esforzado trabajo de un par de periodistas locales y de un graduado en medicina forense logra descubrir algunas pistas para, después de un año, saber quién es el muerto. Pero es aquí donde comienza el misterio. Porque cuanto más descubren del hombre y de la extrañas circunstancias de su muerte, menos comprenden. ¿Se trata de un crimen imposible? ¿O algo aún más extraño…? Con ecos de El halcón maltés de Dashiell Hammet y de la obra de Graham Greene, Stephen King presenta un relato sorprendente y conmovedor, cuyo tema es nada menos que la naturaleza del propio misterio.

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– ¿Está muerto, doctor? -preguntó George.

– Pues sí, lleva muerto al menos cuatro horas, aunque probablemente seis o más -repuso el médico (Fue más o menos entonces cuando llegué y aparqué mi Chevrolet junto al Ford de George.)-. Está más tieso que una tabla de planchar. Rigor mortis.

– Así que crees que lleva aquí desde… ¿cuándo, medianoche? -aventuró George.

– Puede que lleve aquí desde el verano pasado -espetó el doctor Robinson-. Lo único que sé es que lleva muerto desde las dos de la madrugada, a juzgar por el rigor. Es probable que muriera a medianoche, pero no soy un experto en la materia. Si había mucho viento, puede que eso afectara el rigor mortis…

– Anoche no había viento -tercié-. Calma total.

– Vaya, mira a quién tenemos aquí -exclamó el doctor Robinson-. Ya que estás podrías darnos tú la hora de la muerte, sabueso.

– No, lo dejo en tus manos.

– Pues creo que yo lo dejaré en manos del forense del condado -señaló el médico-. Se llama Cathart y está en Tinnock. El estado le paga once mil dólares adicionales al año para que haga conjeturas. En mi humilde opinión no es suficiente, pero cada loco con su tema; yo no soy más que un médico de familia. Pero lo que está claro es que este tipo estaba muerto a las dos, a la hora en que se puso la luna.

Acto seguido, los tres guardamos silencio durante alrededor de un minuto, contemplando al muerto como si fuéramos sus deudos. Un minuto puede pasar volando bajo según qué circunstancias, pero también hacerse eterno en un momento como aquel. Recuerdo el sonido del viento, aún leve, pero empezando a arreciar por el este. Cuando viene de ahí y estás en el lado continental de la isla, emite un sonido muy peculiar…

– Sí, una especie de lamento -añadió Stephanie en voz baja.

Ambos hombres asintieron. Lo que la joven no sabía era que en invierno emitía a veces un sonido espeluznante, como el grito de una mujer desolada, y no había razón para contárselo en aquel momento.

– Finalmente…, creo que por decir algo, George pidió al médico que calculara la edad del muerto.

– Unos cuarenta, diría yo, cinco arriba o cinco abajo -conjeturó Robinson-. ¿Estás de acuerdo, Vince?

Asentí; me parecía una estimación acertada y pensé que era una lástima morir a los cuarenta años, una auténtica pena. Es la edad más anónima de un hombre. Entonces el médico vio algo que le resultó interesante. Apoyó una rodilla en el suelo, tarea nada fácil para un tipo como él, que debía de pesar ciento cuarenta kilos y no llegaba al metro setenta y cinco, y asió la mano derecha del muerto, la que estaba apoyada sobre la arena. Tenía los dedos algo doblados, como si hubiera muerto formando con ellos un catalejo improvisado. Cuando el médico sostuvo la mano en alto, distinguimos arenilla pegada a la cara interior de los dedos y también en la palma.

– ¿Qué ves? -quiso saber George-. A mí me parece arena de la playa.

– Y lo es, pero ¿por qué está pegada? -replicó el doctor Robinson-. Esta papelera y todas las demás de la playa están instaladas por encima de la marea, como sabe cualquier persona con dos dedos de frente, y anoche no llovió. La arena está sequísima. Y además, mirad…

Levantó la mano izquierda del muerto. Todos vimos que llevaba alianza y que no había arena en los dedos ni en la palma. El médico dejó aquella mano y cogió de nuevo la otra, ladeándola un poco para alumbrar mejor la cara interior.

– Ahí-señaló-. ¿Lo veis?

– ¿Qué es? -inquirí-. ¿Grasa? ¿Un poco de grasa?

– Creo que has ganado el osito de peluche, Vince -sonrió él-. Y fijaos en los dedos curvados.

– Sí, como si los hubiera doblado a modo de catalejo -observó George.

Para entonces, los tres estábamos de rodillas, como si la papelera fuera un altar y pretendiéramos resucitar al muerto a fuerza de oraciones.

– No, no creo que se trate de eso -objetó el médico.

En aquel momento me di cuenta de algo, Steffi, de que el doctor Robinson estaba emocionado, como se emociona la gente cuando descubre algo que no suele descubrirse en circunstancias normales. Escudriñó el rostro del muerto (al menos eso creía yo, aunque luego resultó que miraba un poco más abajo), y al poco miró de nuevo los dedos doblados.

– No, no lo creo -repitió.

– Entonces ¿qué? -preguntó George-. Quiero dar parte a la policía del estado y a la oficina del fiscal general, Chris, y lo que no quiero es pasarme la mañana entera de rodillas mientras tú juegas a detectives.

– ¿Ves cómo el pulgar casi toca el índice y el medio? -indicó el médico, y en efecto, lo veíamos-. Si este hombre hubiera muerto mirando entre los dedos doblados a modo de catalejo, el pulgar estaría encima de los demás dedos, tocando el medio y el anular. Probadlo vosotros mismos si no me creéis.

Así que lo probé, y resultó que Chris tenía razón.

– Estos dedos no forman un tubo -dictaminó el médico al tiempo que tocaba de nuevo la mano rígida del muerto-, sino unas pinzas. Si combinamos este dato con la grasa y la arenilla de la palma y la cara interior de los dedos, ¿qué obtenemos?

Yo lo sabía, pero puesto que George era la autoridad, dejé que fuera él quien lo dijera.

– Si estaba comiendo algo cuando murió -prosiguió-, ¿dónde está la comida?

El doctor Robinson señaló el cuello del muerto, en el que incluso Nancy Arnault había reparado por su tumefacción, y dijo: «Tengo la sensación de que casi todo sigue ahí dentro y de que se asfixió. Pásame el maletín, Vincent».

Se lo pasé. Intentó buscar algo en su interior, pero constató que solo podía utilizar una mano si quería mantener el equilibrio. Desde luego, era muy corpulento y necesitaba apoyar al menos una mano en el suelo para no desplomarse. Así pues, me devolvió el maletín y me dijo: «Aquí dentro llevo dos otoscopios, Vincent, esas lamparitas de exploración. Tengo la de diario y otra que está como nueva. Necesitaremos las dos.

– Eh, para el carro -protestó George-. ¿No decías que ibas a dejarlo en manos de Cathart? Es a él a quien pagan por trabajos como este.

– Asumo toda la responsabilidad -aseguró el doctor Robinson-. La curiosidad mató al gato, pero la satisfacción lo devolvió a la vida. Me has hecho venir aquí a pasar frío sin ni siquiera darme tiempo a tomar una taza de té y una tostada, así que tengo toda la intención del mundo de darme una satisfacción. Quizá no pueda, pero tengo una corazonada… Vince, coge este. George, tú coge el nuevo, y no lo dejes caer en la arena, por favor, que cuesta doscientos dólares. Bueno, no he estado a gatas desde que jugaba a caballito más o menos a los siete años, así que tendréis que daros prisa y hacer exactamente lo que os diga. ¿Habéis visto a alguna vez a los tipos de los museos enfocar cuadros pequeños con unas lamparitas muy pequeñas para iluminarlos?

George no lo había visto nunca, así que el doctor Robinson se lo explicó. En cuanto se hubo cerciorado de que George Wournos lo entendía, el editor del periódico local se arrodilló a un lado del cadáver sentado, y el jefe de policía al otro, cada uno de ellos armado con una de las lamparitas del médico. Sin embargo, en aquella ocasión no alumbrarían una obra de arte, sino la garganta del muerto para que el médico pudiera echar un vistazo.

Chris se colocó en posición entre murmullos y resoplidos, lo cual habría resultado gracioso si las circunstancias no hubieran sido tan extrañas y si yo no hubiera temido que en cualquier momento podía darle un infarto, alargó la mano, la deslizó entre los labios del muerto y le bajó la mandíbula como si de una bisagra se tratara. Lo cual, por supuesto, si te paras a pensarlo, es cierto.

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