Stephen King - Colorado Kid

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Una obra atípica en la trayectoria del autor de Carrie, en la mejor tradición de la novela negra; un crimen en las costas de Maine, aparentemente irresoluble. En una isla de las costas de Maine, un hombre es encontrado muerto. No hay identificación de su cuerpo. Solo el esforzado trabajo de un par de periodistas locales y de un graduado en medicina forense logra descubrir algunas pistas para, después de un año, saber quién es el muerto. Pero es aquí donde comienza el misterio. Porque cuanto más descubren del hombre y de la extrañas circunstancias de su muerte, menos comprenden. ¿Se trata de un crimen imposible? ¿O algo aún más extraño…? Con ecos de El halcón maltés de Dashiell Hammet y de la obra de Graham Greene, Stephen King presenta un relato sorprendente y conmovedor, cuyo tema es nada menos que la naturaleza del propio misterio.

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– ¿De verdad lo cree?

– Oh, sí. En cualquier caso, cuando se disponía a alejarse, Johnny vio un paquete de cigarrillos caído sobre la arena. Puesto que lo peor ya había pasado y solo quedaba lo meramente desagradable, fue capaz de cogerlo al tiempo que se recordaba que debía contárselo a George Wournos, por si la policía del estado buscaba huellas y encontraba las suyas en el papel de celofán, y guardarlo en el bolsillo de la camisa blanca del muerto. Luego volvió junto a Nancy, que lo esperaba a cierta distancia, arrebujada en la sudadera del instituto y dando saltitos, sin duda helada con aquellas bermuditas que llevaba, aunque está claro que sentía algo más que frío… De todos modos, el frío no le duró, porque los dos corrieron hasta la biblioteca pública, y apuesto algo a que, de haberlos cronometrado, habrían batido el récord de los ochocientos metros planos, o casi. Nancy llevaba muchas monedas de veinticinco centavos en el monederito que guardaba en la sudadera, y fue ella quien llamó a George Wournos, que se estaba vistiendo para ir a trabajar. Era el propietario de Western Auto, que es donde las señoras de la iglesia organizan ahora sus mercadillos.

Stephanie, que había cubierto varios de aquellos artículos en su columna, asintió.

– George le preguntó si estaba segura de que el hombre estaba muerto, y Nancy dijo que sí. Luego le pidió que le pasara a Johnny y le hizo a este la misma pregunta. Johnny también dijo que sí. Dijo que había zarandeado al hombre y que estaba más tieso que una tabla de planchar. También le contó a George que el cadáver había caído sobre la arena, le habló del paquete de cigarrillos que se le había caído del bolsillo y de que se lo había vuelto a meter, pensando que George le echaría la bronca, pero no fue así. Nadie le echó nunca la bronca por eso. Nada que ver con las series policíacas de la tele, ¿eh?

– De momento no -repuso Stephanie.

Sin embargo, se le ocurrió que la historia le recordaba un pelín a un capítulo de Se ha escrito un crimen que había visto en cierta ocasión. Teniendo en cuenta la conversación que había suscitado que le contaran aquella historia, no creía que el personaje de Angela Landsbury apareciera para resolver el enigma…, aunque sin duda alguien debía de haber averiguado algo, se dijo Stephanie, al menos lo suficiente para saber de dónde procedía el muerto.

– George le dijo a Johnny que volviera corriendo con Nancy a la playa y lo esperaran allí -prosiguió Dave-, y que se cercioraran de que nadie más se acercaba al cadáver. Johnny dijo que vale. George le dijo: «Si pierdes el transbordador de las siete y media, os daré a ti y a Nancy una nota de disculpa para la escuela». Johnny respondió que aquello era lo último que lo preocupaba en aquellos momentos. Luego él y Nancy volvieron a la playa, aunque esta vez al trote en lugar de a la carrera.

Stephanie lo comprendía perfectamente. El trayecto desde la playa de Hammock hasta el límite del pueblo de Moose era cuesta abajo, pero regresar corriendo habría resultado muy duro, sobre todo si apenas les quedaba adrenalina.

– Mientras tanto, George Wournos llamó al doctor Robinson, que vivía en Beach Lañe-terció Vince antes de hacer una pausa para rememorar el episodio con una sonrisa-. Y después me llamó a mí.

6

– ¿Aparece una víctima de asesinato en la única playa pública de la isla y el jefe de policía llama al editor del periódico local? -se sorprendió Stephanie-. Vaya, eso sí que no tiene nada que ver con Se ha escrito un crimen.

– La vida en la costa de Maine casi nunca se parece a Se ha escrito un crimen -observó Dave con suma sequedad-, y por entonces éramos como ahora, Steffi, sobre todo cuando se van los veraneantes y solo quedamos nosotros, todos en el mismo barco. Eso no convierte nuestra existencia en algo romántico, sino más bien…, no sé, una especie de política de transparencia. Si todo el mundo sabe lo que hay que saber, eso frena muchos chismes. En cuanto a lo del asesinato…, bueno, Steffi, me parece que te has pasado un poco.

– No la machaques -advirtió Vince-. Nosotros mismos le hemos metido esa idea en la cabeza al hablar del envenenamiento de Tashmore. Steffi, Chris Robinson trajo al mundo a dos de mis hijos. Mi segunda esposa, Arlette, con la que me casé seis años después de la muerte de Joanne, tenía mucha amistad con la familia Robinson e incluso llegó a salir con el hermano de Chris, Henry, cuando iban a la escuela. Lo que ha dicho Dave es cierto, pero también lo es que la nuestra no era una mera relación profesional.

Dejó su refresco, que denominaba «droga», sobre la barandilla y abrió ambas manos a los lados del rostro en un ademán que a Stephanie le pareció encantador y desarmante a un tiempo. No ocultaré nada, decía aquel gesto.

– Aquí hacemos piña; siempre ha sido así y creo que nunca cambiará, porque nunca llegaremos a ser muchos más de los que somos ahora.

– Gracias a Dios -masculló Dave-. Nos ahorraremos los putos Wal-Mart… Perdona, Steffi.

Stephanie sonrió y aseguró que no pasaba nada.

– La cuestión es que quiero que olvides la idea del asesinato, ¿de acuerdo, Steffi?

– Sí -asintió ella.

– Estoy casi seguro de que al final no podrás ni desterrarla ni abrazarla del todo. Eso es lo que pasa con muchos de los elementos que rodean a Colorado Kid y la razón por la que no sirve para el Globe de Boston, por no hablar de Yankee, Downeast y Coast. De hecho, ni siquiera servía para el The Weekly Islander en realidad. Publicamos la noticia, claro está, porque somos un periódico y nuestro trabajo consiste en publicar noticias. A fin de cuentas, tengo que hablar de Ellen Dunwoodie y la boca de incendios, así como del pequeño de los Lester, que tiene que ir a Boston para un trasplante de riñón, si es que llega, y por supuesto tú tienes que escribir sobre el Baile y Acarreo de Heno Anual en Granjas Gernerd.

– Sin olvidar el picnic -agregó Stephanie en un murmullo-. Habrá bufet libre, y a la gente le interesará saberlo.

Los dos hombres estallaron en carcajadas; Dave incluso se palmeó el pecho para indicar que Stephanie «había soltado una buena», como solía decirse en la isla.

– ¡Muy cierto, querida! -exclamó Vince, aún sonriente-. Pero a veces sucede algo, como que dos muchachos salen a correr una mañana y encuentran un cadáver en la playa más bonita del lugar, y entonces te dices: «Esto encierra una historia». No solo material para publicar el qué, el porqué, el cuándo, el dónde y el cómo, sino una auténtica historia…, pero luego descubres que no es así, que tan solo se trata de un montón de cabos sueltos en torno a un misterio en verdad inexplicable. Y eso es lo que no quiere la gente, querida. Demasiadas olas; se marean.

– Amén -corroboró Dave-. ¿Por qué no cuentas tú el resto antes de que se ponga el sol?

Y Vince Teague empezó a hablar.

7

– Estuvimos en el ajo casi desde el principio, y con eso me refiero a Dave y a mí, al The Weekly Islander, en definitiva, aunque no publiqué lo que George Wournos me pidió que no publicara. Me pareció bien, porque en aquel asunto no parecía haber nada que afectara el bienestar de la isla en ningún sentido. Es la clase de concesión que los periodistas hacen una y otra vez, Steffi, sin duda también las harás, y con el tiempo te acostumbras, aunque debes procurar que no llegue a ser algo sobreentendido. Los chicos volvieron a la playa y custodiaron el cadáver, aunque lo cierto es que no les costó demasiado. En el rato transcurrido hasta que llegaron George Wournos y el doctor Robinson, tan solo vieron cuatro coches, y ninguno de ellos aminoró la velocidad al ver a dos adolescentes trotando sin desplazarse y haciendo estiramientos junto al pequeño aparcamiento de la playa. En cuanto llegaron, George y el médico enviaron a los chicos a la escuela, y aquí es donde abandonan la historia. Siguieron sintiendo curiosidad, como suele pasarle a la gente, pero en definitiva se alegraron de marcharse, no me cabe la menor duda. George aparcó su Ford en el estacionamiento, el médico cogió el maletín, y ambos caminaron hasta el lugar donde se encontraba el cadáver apoyado contra la papelera. De nuevo se había ladeado un poco, y lo primero que hizo el médico fue erguirlo.

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