– Bueno -dijo entonces-. Acercaos, chicos. No creo que me muerda, pero si me equivoco, seré yo quien pague el pato.
George y yo nos acercamos y alumbramos el gaznate del muerto. Todo era rojo y negro salvo la lengua, que era de color rosa. Después de soltar unos cuantos gruñidos y bufidos más, el médico dijo para sus adentros: «Un poco más», y volvió a tirar de la mandíbula. «Alumbradle bien el gaznate», nos ordenó, e hicimos cuanto pudimos. Nuestro movimiento desplazó la luz de las lámparas del rosa de la lengua hacia esa cosa que cuelga al fondo de la boca…, la cómo se llame…
– Campanilla -indicaron Dave y Steffi al unísono.
– Eso -dijo Vince-. Y justo detrás vi algo, o la parte superior de algo color gris oscuro. Fueron solo dos o tres segundos, pero lo bastante para satisfacer la curiosidad del doctor Robinson. Retiró los dedos de la boca del muerto (el labio inferior emitió una especie de chasquido al chocar de nuevo contra la encía, pero la boca se quedó más o menos donde estaba), y se sentó en la arena, resoplando como un camión viejo.
– Tendréis que ayudarme a levantarme -advirtió cuando recobró el aliento-. Tengo las dos piernas dormidas de rodilla para abajo. Maldita sea, qué imbecilidad estar tan gordo.
– Te ayudaré a levantarte cuando me digas -se ofreció George-. ¿Has visto algo?
– A mí me ha parecido ver algo -señalé.
A decir verdad, estaba seguro, joder…, perdona, Steffi, pero no quería vacilarle.
– Sí, señor, está ahí atrás -afirmó el médico.
Aún jadeaba, pero también parecía complacido, como si hubiera conseguido rascarse y calmar un engorroso prurito.
– Cathart lo sacará, y entonces sabremos si es un trozo de ternera, de cerdo u otra cosa, pero en mi opinión da lo mismo. Sabemos lo que importa, y es que vino aquí con un trozo de carne en la mano y se sentó a comer mientras contemplaba la luna sobre el agua. Apoyó la espalda contra la papelera y luego se atragantó, como el negrito de la rima infantil. ¿Con el último bocado de la comida que llevaba? Puede que sí, pero no necesariamente.
– Una vez muerto, una gaviota podría haberle quitado lo que le quedaba de la mano izquierda -señaló George-. Y dejado la grasa.
– Correcto -asintió el médico-. Y ahora, ¿vais a ayudarme a levantarme o tengo que ir a gatas hasta el coche de George y agarrarme a la manecilla de la puerta?
– ¿Qué piensas, Steffi? -inquirió Vince antes de beber un trago de Coca-Cola para refrescarse la garganta-. ¿Misterio esclarecido? ¿Caso cerrado?
– ¡Ni mucho menos! -exclamó ella con ojos relucientes, apenas consciente de la carcajada que suscitaban sus palabras-. Puede que sí quede clara la causa de la muerte, pero… ¿Qué era, por cierto? Me refiero a lo que tenía atrapado en la garganta. ¿O me estoy adelantando demasiado?
– Querida, no puedes adelantarte a una historia que no existe -señaló Vince, también con ojos relucientes-. Pregunta lo que quieras, que yo te contestaré. Y Dave también, supongo.
– Era un trozo de ternera -explicó el gerente del The Weekly Islander como si quisiera corroborar las palabras de su amigo-. Y probablemente de uno de los mejores cortes, entrecot, quizá, o filete. Estaba poco hecho, y el certificado de defunción aseguraba que la causa de la muerte fue asfixia por atragantamiento, si bien el hombre al que siempre hemos llamado Colorado Kid también había sufrido un accidente vascular cerebral…, o sea, una embolia. Cathart concluyó que el atragantamiento provocó la embolia, pero ¿quién sabe? Pudo haber sido a la inversa. Así que ya ves, incluso la causa de la muerte es poco clara cuando la analizas con detenimiento.
– El episodio tiene al menos un detalle interesante, pequeño, eso sí, que ahora mismo te cuento -intervino Vince-. Trata de un tipo que en algunos aspectos se parecía a ti, Stephanie, aunque quiero creer que tú caíste en mejores manos a la hora de dar los últimos toques a tu formación. Manos mejores y también más compasivas. Aquel tipo era joven, tenía veintitrés años, si no recuerdo mal, al igual que tú era forastero (en su caso del Sur, no del Medio Oeste), y estaba haciendo un máster en ciencia forense.
– Así que trabajaba con el doctor Cathart y descubrió algo.
Vince sonrió de oreja a oreja.
– Una conclusión lógica, querida, pero te equivocas acerca de la persona con quien trabajaba. Se llamaba… ¿Cómo se llamaba, Dave?
Dave Bowie, cuya memoria para los nombres era afilada como una daga, no vaciló ni un segundo.
– Devane, Paul Devane.
– Exacto, ahora que lo dices me acuerdo. Aquel joven, Devane, fue destinado a hacer tres meses de prácticas de campo con un par de detectives de la policía del estado en la oficina del fiscal general. Solo que en su caso, «sentenciado» sería el término más preciso, porque lo trataban fatal -aseguró Vince con expresión ensombrecida-. Las personas de edad que maltratan a los jóvenes cuando lo único que quieren estos es aprender…, en mi opinión habría que despedirlos. Sin embargo, a menudo los ascienden en lugar de darles la patada. Está claro que Dios ladeó un poco el mundo al mismo tiempo que lo ponía a dar vueltas. Cada día pasan montones de cosas que reflejan esa inclinación.
Aquel joven, Devane, pasó cuatro años en un sitio como la Universidad de Georgetown con la intención de aprender la ciencia que permite cazar a los delincuentes, y justo cuando empezaba a florecer, por un golpe del destino lo enviaron a trabajar con un par de detectives de esos que se pasan el día comiendo rosquillas y que lo convirtieron en poco más que el chico de los recados, obligándolo a llevar expedientes de Augusta a Waterville y ahuyentar a los mirones en los accidentes de tráfico. De vez en cuando le dejaban medir una pisada o tomar fotografías de una huella de neumático como premio, pero no era lo habitual, diría yo, en absoluto.
– En cualquier caso, Steffi, aquellos dos sagaces sabuesos, que espero lleven mucho tiempo en la puñetera calle, se encontraban en Tinnock cuando el cadáver de Colorado Kid apareció en la playa de Hammock. Estaban investigando un incendio que se había producido en un piso y era de «origen sospechoso», como solemos escribir cuando publicamos noticias así en el periódico, y llevaban consigo a su mascota, que por entonces ya había empezado a perder todo idealismo. Si hubiera caído en manos de dos de los buenos detectives que trabajan en la oficina del fiscal general, y te aseguro que he conocido a unos cuantos pese a la maldita burocracia que crea tantos problemas en el sistema policial de este estado, o si el Departamento de Estudios Forenses lo hubiera enviado a alguno de los otros estados que admiten estudiantes, aquel chico podría haber acabado como uno de esos tipos que salen en CSI…
– Me gusta esa serie -atajó Dave-. Es mucho más realista que Se ha escrito un crimen. ¿A quién le apetece una magdalena? Hay algunas en la despensa.
A todos les apetecía, de modo que el relato quedó en suspenso mientras Dave iba a buscarlas y las traía junto con un rollo de papel de cocina. Cuando todos hubieron cogido una magdalena de calabaza y un papel de cocina para atrapar las migas, Vince pidió a Dave que continuara.
– Es que me estoy yendo por las ramas y a este paso os tendré a aquí media noche -avisó.
– Pues a mí me parece que ibas bien -comentó Dave.
Vince se golpeó el pecho huesudo con la mano igual de huesuda.
– Llama a una ambulancia, Steffi, que se me acaba de parar el corazón -bromeó.
– No será tan gracioso cuando te pase de verdad, carcamal -refunfuñó Dave.
– Fíjate en todas las migas que escupe -señaló Vince-. Como decía mi madre, babeamos tanto al nacer como al morir. Vamos, Dave, sigue con la historia, pero primero traga, haznos el favor.
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