Sidney Sheldon - Si Hubiera Un Mañana

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Tracy Whitney es joven y hermosa. Ha sido condenada a quince años de prisión por un delito que no cometió. Una vez en libertad, busca vengarse de las fuerzas del crimen organizado, responsables de su condenada. Sus armas son las inteligencia, la belleza, y la firme determinación de cumplir con su cometido, sin reparar en los medios utilizados.

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– ¡Retírense! -ordenó el guardia-. ¡Basta ya!

Pero en ese momento recibió un empellón y se cayó al suelo.

En seguida entró un contingente de turistas italianos que, al ver lo que sucedía, se unieron a la enloquecida turba.

El guardia intentó ponerse de pie para accionar la alarma, pero la marea humana se lo impidió. De pronto el mundo se había vuelto loco.

Cuando por fin logró a duras penas incorporarse, llegó hasta el pedestal y quedó estupefacto.

El diamante «Lucullan» había desaparecido.

La mujer embarazada y el electricista también.

Tracy se quitó el disfraz en un lavabo público del parque Oester, a unas manzanas de distancia de la fábrica. Sosteniendo el paquete envuelto en papel grueso, se acomodó en un banco. Todo marchaba a la perfección. Recordó el gentío enloquecido, tratando de manotear piedras sin valor, y sonrió brevemente. Jeff, de traje gris oscuro, sin barba ni bigote, se le acercó. Fue a recibirlo, sonriente.

– Te amo -susurró él. Sacó el diamante «Lucullan» del bolsillo y se lo entregó-. Dáselo a tu amiguita. Te veré después.

Tracy lo observó alejarse, con expresión de felicidad. Pronto serían marido y mujer. Tomarían aviones distintos y se reunirían en Brasil. Pasarían juntos el resto de sus vidas.

Con el rabillo del ojo comprobó que nadie la estuviera observando, y desenvolvió el paquete que tenía en las manos. Adentro había una jaulita con una paloma gris. Cuando la recibió tres días antes en la oficina de «American Express», la había llevado a su suite y soltado a la otra paloma por la ventana. Sacó una bolsita de gamuza negra, donde colocó el diamante. Hizo salir a la paloma de su jaula y con cuidado le ató la bolsita a una pata.

– Muy bien, Margot. Lleva esto a tu casa.

Un policía uniformado apareció súbitamente.

Tracy quedó paralizada.

– ¿Qué…, qué problema hay, agente?

El policía miraba la jaula con ojos brillantes de indignación.

– Usted sabe cuál es el problema. Una cosa es darle de comer a estas palomas, pero otra muy distinta es atraparlas y meterlas en jaulas. Ahora suéltela, antes de que me vea obligado a arrestarla.

Tracy tragó saliva y respiró hondo.

– Si usted lo dice, agente…

Levantó los brazos y lanzó el animalito al aire. Una dulce sonrisa se pintó en su rostro al ver que Margot cobraba altura, describía un círculo y luego enfilaba en dirección a Londres, unos trescientos cincuenta kilómetros hacia el Oeste. Las palomas mensajeras vuelan a un promedio de sesenta kilómetros por hora, le había contado Gunther, de modo que Margot tardaría menos de seis horas en llegar hasta él.

– No haga eso nunca más -le advirtió el policía.

– Le prometo que no -musitó Tracy, con tono solemne.

Unas horas más tarde, Tracy se hallaba en el aeropuerto Schiphol a punto de subir al avión que la llevaría a Brasil. Desde un rincón, Daniel Cooper la observaba con mirada torva. Tracy Whitney había robado el diamante. Lo supo desde que escuchó el informe. Sin embargo, nada podía hacer al respecto. El inspector Van Duren había mostrado fotos de Tracy y Jeff al guardia del museo. «Jamás vi a ninguno de los dos.» El ladrón llevaba barba y bigote, y las mejillas y la nariz más abultadas. La mujer era de pelo oscuro y estaba embarazada.

Tampoco había rastros del diamante. El equipaje de Tracy y Jeff había sido revisado con minuciosidad.

– El diamante está todavía en Amsterdam -le dijo el inspector a Cooper-. Lo encontraremos.

No, no lo encontrará, pensó, furioso, el norteamericano.

Impotente, la miró cruzar el vestíbulo.

Al llegar a la puerta de embarque, Tracy vaciló un instante; luego se volvió y clavó la mirada en los ojos de Cooper. Fue como si supiera que él la había perseguido por toda Europa, sediento de justicia y venganza. El hombrecito tenía algo raro, algo atemorizante y a la vez patético. Inexplicablemente, le dedicó una tímida inclinación de cabeza y se dio vuelta para subir a su avión.

Daniel Cooper regresó al bar del aeropuerto y comenzó a redactar su carta de renuncia a la compañía.

Tracy se situó en un asiento junto al pasillo de primera clase. Estaba radiante. En pocas horas se reuniría con Jeff y se casarían en Brasil. Basta de aventuras -se dijo-. Ya no las necesito. La vida será suficientemente atractiva al lado de Jeff Stevens.

– Con permiso -dijo una voz por encima de su cabeza.

Tracy levantó lo ojos. Un hombre rollizo y de rostro disipado estaba de pie junto a ella y señalaba el asiento de la ventanilla.

– Ése es mi asiento, nena.

Tracy corrió las piernas para dejarlo pasar. Al moverse se le subió la falda, y el sujeto alzó las cejas admirativamente.

– Precioso día para volar, ¿eh? -comentó.

Tracy hizo un gesto de asentimiento y desvió la mirada. No tenía interés en conversar con un extraño.

Prefería pensar en su futuro. Nos espera una vida totalmente nueva. Seremos ciudadanos modelos. Los superrespetables Jeff Stevens y su mujer.

Su vecino de asiento le rozó el antebrazo y le tendió la mano.

– Ya que vamos a ser compañeros de viaje, jovencita, sugiero que nos presentemos. Me llamo Maximilian Pierpont. ¿Y usted?

Sidney Sheldon

1En castellano en el original N de la T 2En castellano en el - фото 2
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1En castellano en el original N de la T 2En castellano en el original - фото 3

[1]En castellano en el original. (N. de la T.)

[2]En castellano en el original. (N. de la T.)

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