– Pero ¿te vio salir en coche con Boyette el miércoles por la noche?
– No nos vio nadie. Era pasada la medianoche.
Matthew se encogió de hombros, satisfecho. Los tres se concentraron un momento en el café.
– Yo mismo puedo establecer la relación, Matthew -dijo Keith-. Yo era consciente de que infringía la ley al irme con Boyette, porque me lo dejaste muy claro. Tomé una decisión. En aquel momento sabía que estaba haciendo lo correcto. No me arrepiento de nada, mientras encuentren a Boyette antes de que le haga daño a otra persona; pero si no lo encuentran, y le hace daño a alguien, tendré mucho de que arrepentirme. No pienso vivir con la posibilidad de una infracción criminal colgando sobre mi cabeza. Nuestra intención es resolver el asunto ahora mismo.
Tanto Dana como Keith miraban a Matthew.
– En el fondo me lo suponía -dijo este.
– No pienso huir -dijo Keith-. Tampoco podemos vivir con la amenaza de que llame un policía a nuestra puerta. Resolvámoslo ya.
Matthew sacudió la cabeza.
– De acuerdo, pero necesitarás un abogado.
– ¿Tú mismo? -preguntó Dana.
– Un abogado defensor, de defensa penal -especificó Matthew-. ¿Yo? Ahora estoy del otro lado y, la verdad, es donde más podré ayudarte.
– ¿Hay alguna posibilidad de que Keith vaya a la cárcel? -preguntó Dana.
– Directa al grano, ¿eh? -dijo Keith, sonriendo.
Ella no sonreía; tenía los ojos empañados. Matthew estiró los brazos sobre la cabeza y apoyó los codos en la mesa.
– Lo peor que puedo imaginarme es lo siguiente. No es ninguna predicción, ¿eh? Es el peor de los casos. Si reconoces haber participado en llevarlo a Texas, prepárate para que hablen de ti. Luego, si Boyette viola a otra mujer, será el acabose. Me imagino al fiscal del distrito ensañándose contigo. Donde no te veo, en ninguna de las hipótesis, es en la cárcel. Es posible que tengas que declararte culpable, lograr la libertad condicional y pagar una pequeña multa, aunque lo dudo.
– ¿Iría a juicio y me declararía culpable ante un juez?
– Es lo que suele pasar.
Keith cogió la mano de Dana encima de la mesa. Hubo un largo momento de reflexión.
– ¿Tú qué harías, Matthew? -preguntó ella.
– Buscar un abogado, y rezar por que Boyette esté muerto o demasiado enfermo para atacar a nadie.
A mediodía, los cuarenta y un integrantes del equipo de fútbol americano del instituto de Slone se congregaron en el aparcamiento de una pequeña escuela primaria al borde de la población, donde subieron rápidamente a un autobús especial y salieron de la ciudad. Llevaban sus cosas en una furgoneta de alquiler, detrás del autobús. Una hora más tarde llegaron a Mount Pleasant, localidad de quince mil habitantes desde donde el autobús siguió a un coche de la policía hasta el campo de fútbol americano del instituto. Los jugadores se vistieron deprisa, y salieron rápidamente al campo para iniciar el calentamiento previo al partido. Se les hizo raro hacerlo sin luces ni espectadores. La seguridad era férrea. Todas las vías de acceso al campo estaban bloqueadas por la policía. Los Lobos del instituto de Longview salieron al campo pocos minutos más tarde. No hubo animadoras, grupo de música, himno nacional, oración previa al partido ni locutor. Cuando echaron la moneda al aire, el entrenador de Slone miró al otro lado del campo, a los Lobos, y se preguntó hasta dónde llegaría la escabechina. Ellos tenían a ochenta jugadores, en una plantilla negra en un setenta por ciento, como mínimo. Slone no había ganado a Longview desde la época de Donté Drumm, y hoy los Warriors no tenían ninguna posibilidad.
Los sucesos de Slone estaban teniendo repercusiones en todo el este de Texas, aunque no mucho más lejos.
La moneda dio vencedor a Slone, que eligió recibir. En el fondo daba igual, pero el entrenador de Slone quería evitar que el otro equipo marcase siete puntos de buenas a primeras. Sacó a sus atacantes al campo. Los Lobos se alinearon para sacar: diez chicos negros y un blanco al saque. Al toque del silbato, el jugador más cercano a la pelota avanzó bruscamente y la cogió. Era un movimiento que nunca había visto nadie, y durante unos segundos todo el mundo se quedó desconcertado. Luego los diez miembros negros del equipo que sacaba se quitaron los cascos y los dejaron en la hierba. Los árbitros pitaron, los entrenadores gritaron, y durante unos instantes la confusión fue total. Los otros jugadores de Longview salieron puntualmente al campo, arrojando sus cascos y sus camisetas. Los jugadores de Slone que estaban en el campo retrocedieron, incrédulos. El partido se había acabado antes de empezar.
Los jugadores negros formaron un estrecho círculo y se sentaron juntos en el medio campo, como una versión moderna de una sentada. El cuadro arbitral -cuatro blancos y dos negros- se reunió un momento, sin perder la calma. Ninguno de los seis se ofreció voluntario para tratar de coger la pelota. El entrenador de Longview se acercó al medio campo.
– ¿Qué narices pasa aquí? -dijo.
– Se ha acabado el partido, entrenador -dijo el número 71, un tackle y cocapitán de ciento cincuenta kilos.
– No vamos a jugar -dijo el número 2, el otro cocapitán.
– ¿Por qué?
– Es una protesta -dijo el número 71-. Estamos con nuestros hermanos de Slone.
El entrenador dio una patada al césped, sopesando sus opciones. Estaba claro que la situación no cambiaría, o no lo haría pronto.
– Bueno, pues para que entendáis lo que estáis haciendo, quiere decir que tendremos que rendirnos, lo cual nos saca de las finales, y probablemente nos caiga algún tipo de sanción. ¿Es eso lo que queréis?
– ¡Sí! -dijeron al unísono los cerca de sesenta jugadores.
El entrenador echó las manos hacia arriba, se fue del campo y se sentó en el banquillo. El entrenador de Slone llamó a sus jugadores fuera del campo. Los jugadores blancos observaban a los negros desde los dos márgenes. El campo estaba sembrado de camisetas y cascos verdes de los Lobos. El cuadro arbitral se retiró a observar a una zona del fondo. Para ellos el día se había acabado.
La situación tardó unos minutos en ser asimilada. Luego, en la banda de Longview, un fullback blanco de refuerzo entró en el campo, se quitó el casco y la camiseta y tomó asiento en la línea de las cuarenta yardas, cerca de sus compañeros negros de equipo. Los demás jugadores lo siguieron uno por uno, hasta que los únicos que quedaron en la banda fueron los entrenadores.
El entrenador de Slone no sabía muy bien qué hacer. Empezaba a pensar que podían haberle concedido una victoria, arrancada de milagro a una derrota segura. Justo cuando iba a decirles a sus jugadores que salieran del campo, el número 88, Denny Weeks, tight end titular e hijo de un policía de Slone, salió al campo, tiró su casco y se quitó la camiseta. Después se sentó con los jugadores de Longview, uno de los cuales le dio la mano. Los Warriors siguieron a Weeks, hasta que no quedó ninguno en la banda.
A las tres de la tarde, la oficina del gobernador emitió un comunicado de prensa. La versión final del esbozo de Barry Ringfield, reescrito por Wayne Wallcott y el propio gobernador, decía:
El gobernador Gill Newton está profundamente preocupado por los últimos acontecimientos relacionados con Donté Drumm, Las acusaciones de que esta oficina recibió una grabación en vídeo que contenía una confesión del presunto asesino justo antes de la ejecución son rotundamente falsas. El gobernador no vio el vídeo hasta ayer viernes, aproximadamente dieciséis horas después de la ejecución. El gobernador estará disponible el lunes para más comentarios.
Finalmente, la estación de trenes cerró el sábado por la tarde. Aaron Rey puso a dos vigilantes armados en la plataforma, con órdenes de amenazar a todo el que se acercase. El bufete Flak se reunió en casa de Robbie para una fiesta improvisada. Acudieron todos, junto con sus cónyuges. DeDe contrató a una empresa de cátering especializada en barbacoas, y el patio se llenó de un denso olor a costillares a la brasa. Del bar se ocupaba Fred Pryor, y corría el alcohol. Todos estaban en la caseta de la piscina, intentando relajarse. El televisor, con un partido de los Longhorns, despertaba cierto interés. Robbie trató de prohibir que se hablase del caso Drumm, pero aun así la conversación derivó hacia él. No podían evitarlo. Estaban exhaustos, derrotados, en las últimas, pero lograron relajarse. La bebida ayudó lo suyo.
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