John Grisham - La Confesión

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Travis Boyette es un asesino. En 1998, en una pequeña ciudad de Texas, raptó, violó y estranguló a una de las chicas más guapas y más populares del instituto. Enterró el cadáver en un lugar donde nadie lo encontraría nunca y luego esperó. Observó impasible mientras la policía detenía a Donté Drumm, la estrella del equipo de fútbol que nada había tenido que ver con el crimen.
Donté fue acusado, declarado culpable y condenado a muerte. Ahora han transcurrido nueve años y solo faltan cuatro días para la ejecución de Donté. En Kansas, a más de seiscientos kilómetros de la cárcel, Travis también se enfrenta a su destino: un tumor cerebral que le deja muy poco tiempo de vida. Decide hacer lo correcto por primera vez: va a confesar. Pero ¿será capaz un hombre culpable de convencer a los abogados, los jueces y los políticos de que están a punto de ejecutar a un hombre inocente?

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La dirección del instituto volvió a reunirse con el alcalde y con la policía. Una de las palabras más socorridas para describir el ambiente en Slone era «polvorín». El número de exaltados era suficiente en ambos bandos para causar problemas. Seguían grabándose llamadas anónimas. Había amenazas de violencia en cuanto reabriese el instituto, y al final se decidió que lo más seguro era esperar hasta después del funeral de Donté Drumm.

A las nueve de la mañana, el equipo de fútbol americano se reunió con sus entrenadores en el vestuario del campo. Fue una reunión a puerta cerrada a la que acudieron los veintiocho jugadores negros, así como sus compañeros blancos, sumando un total de cuarenta y uno. La idea de la reunión era de Cedric y de Marvin Drumm, ex jugadores de los Warriors (aunque a un nivel muy inferior al de su hermano). Juntos, dirigieron unas palabras al equipo. Agradecieron a los jugadores blancos la valentía de haberse unido a la protesta de los de Longview. Hablaron de su hermano con cariño, emocionados, y dijeron que no le habría parecido bien ninguna división. El equipo era el orgullo de la ciudad, y si lograba curar sus heridas habría esperanza para todos. Ambos apelaron a la unidad.

– Os pido que vengáis todos al entierro de Donté -dijo Cedric-. Será muy importante para nuestra familia, y también para el resto de nuestra comunidad.

Denny Weeks, hijo de un policía de Slone, y el primer jugador que se había quitado el casco y la camiseta para sentarse con los de Longview, pidió permiso para hablar. Colocándose frente al equipo, empezó por describir lo asqueado que estaba por la ejecución y por sus consecuencias. Tanto él como la mayoría de sus conocidos blancos siempre habían creído que Donté era culpable, y que se llevaría su merecido. ¡Qué error tan increíble! Siempre se sentiría culpable. Se disculpó por haberlo creído, y por haber estado a favor de la ejecución. Luego se emocionó, aunque intentase no perder la compostura, y acabó diciendo que esperaba que Cedric y Marvin, el resto de la familia y sus compañeros negros de equipo tuvieran fuerzas para perdonarlo. Fue la primera de varias confesiones, que convirtieron la reunión en un esfuerzo largo y fructífero de reconciliación. Formaban un equipo; un equipo con sus rencillas y sus rivalidades enconadas, pero la mayoría de los chicos habían jugado juntos desde los doce o los trece años, y se conocían mucho. No ganaban nada con dejar que se enquistase la amargura.

Las autoridades del estado aún no habían resuelto las dudas turbadoras que planteaba el empate con Longview. La previsión más extendida era que se daría por perdedores a los dos equipos, pero que la temporada seguiría con normalidad. Al calendario le quedaba un solo partido. El entrenador lo planteó en términos de todo o nada: si no eran capaces de unirse como equipo, renunciarían al último partido. Con Cedric y Marvin delante, los jugadores no tuvieron elección. No podían decirles que no a los hermanos de Donté Drumm. Al cabo de dos horas, se dieron la mano y decidieron quedar por la tarde para realizar un largo entrenamiento.

El espíritu de reconciliación no había llegado al bufete Flak, ni lo haría ya probablemente. Revigorizado por un domingo tranquilo, y enfrentado a una montaña de trabajo, Robbie exhortó a sus tropas a prepararse para un asalto en varios frentes. La prioridad número uno era el litigio civil. Robbie estaba resuelto a presentar aquel mismo día una demanda, tanto en los tribunales del estado como en los federales. La demanda al estado, alegando muerte por negligencia, sería una andanada contra el ayuntamiento de Slone, su policía, el condado, el fiscal del distrito, el estado, sus jueces, sus autoridades penitenciarias y los jueces de su tribunal de apelación. Pese a la inmunidad de que gozaban los miembros de la judicatura, Robbie pensaba denunciarlos. También denunciaría al gobernador, cuya inmunidad era absoluta. Gran parte de la demanda acabaría desmontada, y en último término desestimada, pero a él le daba igual; quería vengarse, y le encantaba la idea de poner en evidencia a los culpables, obligándolos a contratar abogados. Era un amante del litigio a puñetazo limpio, sobre todo si los daba él, y tenía a la prensa como público. Sus clientes, los Drumm, se oponían con sinceridad a que siguiera habiendo violencia por las calles, y Robbie también, pero él sabía crearla en los tribunales. El litigio se prolongaría varios años, y lo consumiría, pero confiaba en que acabaría ganando.

La demanda ante la justicia federal sería por derechos civiles, y en gran parte con los mismos acusados. En aquel caso no perdería el tiempo en demandar a los jueces y al gobernador, sino que se cebaría en el ayuntamiento de Slone, su policía y Paul Koffee. Por lo que había quedado de manifiesto, preveía un acuerdo lucrativo, pero a largo plazo. El ayuntamiento, el condado, y sobre todo sus compañías de seguros, no se expondrían jamás a que en un caso de tal notoriedad se aireasen trapos sucios delante de un jurado. Una vez al desnudo, los actos de Drew Kerber y Paul Koffee dejarían aterrados a los abogados de las aseguradoras, que cobraban lo suyo. Robbie estaba obsesionado con la venganza, pero también olía a dinero.

Entre las otras estrategias puestas sobre la mesa estaba una querella contra Paul Koffee por falta de ética profesional. En ese caso, ganar implicaba su expulsión del colegio de abogados y una nueva humillación, aunque Robbie no era demasiado optimista. También había pensado interponer una demanda ante la Comisión Estatal de Conducta Judicial contra Milton Prudlowe, el presidente del tribunal de apelación, aunque eso le llevaría más tiempo. Aún se conocían muy pocos hechos sobre las razones de no haber tramitado la instancia, aunque todo indicaba que irían surgiendo, y pronto: el Tribunal Penal de Apelación de Texas ya sufría el ataque de algo similar a un avispero de periodistas. Robbie se conformaba con quedarse sentado, viendo cómo la prensa sacaba la verdad a relucir.

Se puso en contacto con el Departamento de Justicia, en Washington. Recibió llamadas de gente que se oponía a la pena de muerte de todo el país. Conversó con reporteros. Su bufete era un caos, en el que Robbie se crecía.

El bufete en el que entraron Keith y Dana el lunes por la mañana se parecía muy poco al último que había visto Keith. El de Flak estaba lleno de gente, tensión y actividad. El de Elmo Laird era pequeño y tranquilo. El informe previo de Matthew describía a Elmo como un profesional que trabajaba a solas, un sesentón veterano de los juzgados penales que daba consejos acertados, aunque rara vez iba a juicio. Era amigo de Matthew, pero lo más importante era que jugaba al golf con el fiscal del distrito.

– Nunca había tenido un caso así -reconoció tras escuchar a Keith unos minutos.

Había hecho los deberes y, como todos los que disfrutan leyendo el periódico por la mañana, conocía lo esencial del lío que había montado el caso Drumm, allá en Texas.

– Bueno, para mí también es bastante nuevo -dijo Keith.

– No hay ninguna ley clara al respecto. Usted prestó ayuda a un hombre que estaba decidido a infringir la libertad condicional saliendo de esta jurisdicción. No es lo que se dice un delito mayor, pero podrían juzgarlo por obstrucción a la justicia.

– Hemos leído el código -intervino Dana-. Nos lo ha enviado Matthew, con unos cuantos casos de otros estados, y no hay nada claro.

– Yo no he sabido encontrar ninguno parecido en Kansas -dijo Laird-, aunque eso tampoco quiere decir nada. Si el fiscal del distrito decide actuar, diría que tiene buenos elementos. Usted lo reconoce todo, ¿no?

– Sí, claro -convino Keith.

– Pues entonces le aconsejo que nos planteemos la conformidad del imputado, y cuanto antes mejor. Boyette anda suelto. Podría volver a atacar o no; esta misma semana o nunca. A usted le beneficia llegar a un acuerdo, un buen acuerdo, antes de que Boyette se meta en nuevos líos. Si le hace daño a alguien, usted sería más culpable, y se complicaría un caso que es sencillo.

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