Karen Rose - Grita Para Mi

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Daniel Vartarian es el agente del FBI asignado al caso del asesinato de una joven en la localidad de Dutton, pueblo donde Daniel nació. El asesinato es exactamente igual a uno que ocurrió en el mismo lugar trece años atrás. Al investigarlo, Daniel reconocerá a aquella adolescente del pasado… Ha visto su rostro en una de las fotos que pertenecían al asesino en serie más cruel que haya conocido: su propio hermano Simon. Así, Daniel tendrá que enfrentarse a sus propios vecinos, a sus fantasmas familiares y a sus conflictos de adolescencia mientras investiga los viejos y nuevos crímenes con la ayuda de Alexandra, la hermosa hermana gemela de una de las víctimas del asesino.

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Pasó un minuto entero antes de que Alex se percatara de unas cuantas cosas. Estaba cabizbaja y se miraba las manos, igual que le había sucedido aquel día en el hospital, hacía tantos años. Nadie habló. Y en su mente no había gritos, solo un silencio escalofriante.

Daniel le cubrió las manos con la suya y se las estrechó un poco, y eso le dio fuerzas para levantar la cabeza y alzar la barbilla hasta encontrarse mirando directamente a los ojos a Graig Crighton.

Se le veía viejo. Demacrado. Todos esos años consumiendo drogas y viviendo en la calle habían apagado su mirada. No obstante, la miró igual que lo había hecho Gary Fulmore, y Alex se dio cuenta de que a quien veía era a Alicia. O tal vez incluso a su madre.

– Craig -dijo en tono neutral, y él, sobresaltado, dio un respingo.

– Tú no eres ella -musitó.

– No; no lo soy. Sé lo que hiciste -dijo con igual serenidad, y Craig entornó los ojos.

– Yo no hice nada.

– Agente Vartanian. -Alex se volvió hacia un joven con un traje azul que se encontraba sentado junto a una elegante rubia vestida con un traje chaqueta negro. El joven fue quien habló. Alex reconoció a la mujer; era Chloe Hathaway, la fiscal del estado. La conocía de las veces que había visitado a Daniel en el hospital. Sus sospechas de que el joven era el abogado de Craig pronto se vieron confirmadas-. ¿Qué espera de esta reunión? A mi cliente lo han acusado del asesinato de la hermana Anne Chambers. A buen seguro no espera que se declare culpable de otro asesinato.

– Solo quiero hablar con él -dijo Daniel con naturalidad-. Tal vez consigamos aclarar algunos puntos turbios del pasado.

– Sé que su cliente mató a mi madre -terció Alex, satisfecha de oír que no le temblaba la voz-. Y, aunque me encantaría que recibiera su castigo, estoy segura de que no lo admitirá. Sin embargo, quiero saber qué sucedió después.

– Te tomaste un bote de pastillas -soltó Craig con frialdad.

– A mí me parece que no -repuso Alex-. Si me las diste tú, me gustaría saberlo.

– Si se las hubiera dado él -empezó el abogado con suavidad-, estaría declarándose culpable de intento de homicidio. No espere que admita eso tampoco.

– No presentaré cargos -dijo Alex.

– No podría aunque quisiera -aseguró Chloe Hathaway-. Si el señor Crighton trató de matarla con una sobredosis de pastillas, yo tendría que hacerme cargo del caso.

– Pero siempre podrías idear algo, ¿verdad Chloe? -preguntó Daniel.

– ¿Como rebajarle los cargos por lo de la monja? -apuntó el abogado de Craig en tono cauteloso, y Alex perdió los nervios.

Se puso en pie. Ahora sí que temblaba, pero era de cólera.

– No, en absoluto. No permitiré que deje de hacerse justicia con la hermana Anne para satisfacer mi orgullo. -Se inclinó sobre la mesa hasta situar los ojos a la altura de los de Crighton-. Tú mataste a mi madre y tu hijo violó a mi hermana. También trató de violarme a mí y no moviste un dedo para evitarlo. No me avergüenzo de haber tomado esas pastillas. Entonces me arrebataste todo lo que más quería, pero ahora no me despojarás de mi amor propio. -Miró a Chloe Hathaway-. Siento que haya tenido que molestarse en venir hasta aquí. Hemos terminado.

– Alex -musitó Daniel-. Siéntate, por favor. -Le posó su gran mano en la espalda y la empujó hasta que se sentó-. ¿Chloe?

– Le concedo inmunidad en lo del intento de homicidio pero nada respecto al asesinato de la monja.

El abogado de Craig se echó a reír.

– O sea que se trata de una buena acción. No, gracias.

Daniel lanzó a Craig su mirada más glacial.

– Considérelo la penitencia por haber matado a una monja.

Guardaron silencio hasta que Alex no pudo soportarlo más. Se puso en pie.

– Mi madre no te mató cuando tuvo la oportunidad de hacerlo. Llamémoslo miedo, pánico o clemencia, el resultado es el mismo. Tú estás aquí y ella no, y todo porque temías que se descubriera tu secreto. Pero ¿sabes qué? Que tarde o temprano habría acabado sabiéndose de todos modos. Con los secretos suele pasar eso. Yo perdí a mi madre y tú también perdiste cosas. Perdiste a Bailey y a Wade, y la vida que llevabas hasta entonces. Yo tengo una vida. Por mucho que tu abogado consiga sacarte de aquí algún día, tú nunca recuperarás la tuya. Con saber eso ya tengo suficiente.

Se dirigía a la puerta cuando Craig la hizo detenerse.

– No te tomaste las pastillas por voluntad propia; te las di yo.

Ella se volvió despacio.

– ¿Cómo? -preguntó con el tono más neutro de que fue capaz.

– Las trituramos y las disolvimos en agua. Cuando recobraste el conocimiento, te las dimos a beber.

– «¿Te las dimos?»

– Wade y yo. Él no quería hacerlo; vale la pena que lo sepas.

Alex retrocedió hasta la mesa para mirarlo a los ojos.

– ¿Y las pastillas que me pusiste en la mano el día en que Kim vino a llevarme consigo? -preguntó, y él bajó la cabeza.

– Esperaba que o bien te las tomaras o bien Kim las descubriera y me delatara. Eso es todo.

Era suficiente.

– Si alguna vez sales de aquí, no se te ocurra acercarte a Bailey ni a Hope.

Él asintió una vez.

– Llevadme a la celda.

El guardia se llevó a Craig de la sala y su abogado los siguió. Chloe Hathaway dirigió a Alex una mirada de aprobación.

– No le habría concedido nada de nada respecto a lo de la monja. Lo digo para que lo sepa.

Alex sonrió débilmente.

– Gracias por lo de la inmunidad. Es bueno saber la verdad.

Cuando la fiscal se hubo marchado, Alex se volvió hacia Daniel.

– Gracias también a ti por hacerme venir. Lo cierto es que necesitaba saberlo.

Él se levantó y la rodeó con el brazo.

– Ya lo sé. A mí me daba igual que vinieras o no, pero necesitabas saberlo. Ahora, de todos los secretos ya no queda ninguno. Vámonos a casa.

«A casa.» A la casa de Daniel, con su acogedora sala de estar, la mesa de billar y el rincón con la barra de bar y el cuadro Perros jugando al póquer ; y el dormitorio con la gran cama. Sería la primera vez que Daniel entrara en casa desde que le dispararan, y una calidez invadió a Alex por dentro al pensar que no volvería a dormir sola en aquella cama.

Luego se acordó del estado en que había dejado la casa y se estremeció.

– Mmm, puestos a sincerarnos, tengo que confesarte un detalle. Hope le dio de comer a Riley.

– ¿Dónde? -gruñó Daniel.

– En la sala de estar. He llamado a la madre de Luke y me ha dicho que enviaría a su primo a por la alfombra. Como la tintorería es suya, seguramente para cuando volvamos ya la habrá limpiado.

Él se dejó caer en la silla de ruedas con un suspiro.

– ¿Algún secreto o alguna confesión más?

Ella soltó una carcajada, y al oírla se sorprendió a sí misma.

– No, creo que nos portamos bastante bien. Vámonos a casa.

Agradecimientos

A Danny Agan, por responder a todas mis preguntas sobre los procedimientos policiales.

A Doug Byron, por responder a todas mis preguntas sobre química forense.

A Marc Conterato, por todas las cuestiones médicas.

A Martin Hafer, por la información sobre la hipnosis y por pasarme la cena por debajo de la puerta del despacho cuando se me echa encima la fecha de entrega.

A Jimmy Hatton y Mike Koenig, por formar tan buen equipo durante todos aquellos años. No he podido evitar dedicaros un bis.

A Terri Bolyard, Kay Conterato y Sonie Lasker, ¡por escucharme cuando me quedo bloqueada!

A Shannon Aviles, por tu ayuda y por hacer correr la voz.

A Beth Miller, ¡por tu gran entusiasmo!

Cualquier error es exclusivamente mío.

Karen Rose

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