Karen Rose - Grita Para Mi

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Daniel Vartarian es el agente del FBI asignado al caso del asesinato de una joven en la localidad de Dutton, pueblo donde Daniel nació. El asesinato es exactamente igual a uno que ocurrió en el mismo lugar trece años atrás. Al investigarlo, Daniel reconocerá a aquella adolescente del pasado… Ha visto su rostro en una de las fotos que pertenecían al asesino en serie más cruel que haya conocido: su propio hermano Simon. Así, Daniel tendrá que enfrentarse a sus propios vecinos, a sus fantasmas familiares y a sus conflictos de adolescencia mientras investiga los viejos y nuevos crímenes con la ayuda de Alexandra, la hermosa hermana gemela de una de las víctimas del asesino.

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»Mack tenía fotos de cuando Mansfield mató a Rhett Porter. -Vaciló-. Y de nosotros dos juntos. -Sus mejillas se encendieron-. El jueves por la noche estaba enfrente de tu casa con la furgoneta. Nos fotografió a través de la ventana. No parece que las haya descargado en el ordenador. O en ninguna parte. -Se encogió de hombros-. Quería cerrar el círculo conmigo.

Ella lo dijo como la cosa más natural del mundo pero a Daniel le hervía la sangre.

– Qué hijo de puta -dijo entre dientes, y ella le frotó la mano-. ¿Qué hay de la caja de seguridad?

– Si Rob Davis sabe algo, no lo ha contado. Garth se ha puesto en manos de su abogado. Es posible que acabe dando alguna respuesta más, pero solo lo hará si a cambio interceden por él ante la fiscalía del estado.

– ¿Y Hatton?

Ella sonrió.

– Se pondrá bien. Es posible que no pueda ejercer de agente durante bastante tiempo, pero sobrevivirá. Dice que, de todos modos, le queda poco para jubilarse.

– ¿Y Crighton? -preguntó él, y la sonrisa de Alex se desvaneció.

– Encontraron sus huellas en el dormitorio de la hermana Anne; eran huellas de la sangre de la hermana, así que con eso podrían detenerlo por su asesinato. Chase dice que aunque Craig no confiese, podríais arrestarlo por el asesinato de mi madre o por conspirar con Wade para ocultar un delito.

– ¿Y lo de tus pastillas?

– No lo sabré nunca. No pienso ir a suplicarle que me lo cuente.

– ¿Lo has visto?

Ella se puso tensa.

– No.

– Yo te acompañaré -dijo.

Ella se relajó y Daniel se dio cuenta de que le daba miedo ir sola.

– Bailey cree que Wade y él me obligaron a tomar las pastillas, por algunos comentarios que hizo Wade entonces. Pero no tenemos pruebas.

– ¿Bailey está consciente?

Ella asintió.

– Llevo un rato paseándome de habitación en habitación -dijo con una ligera sonrisa-. Os he visto a ti, a Bailey, a Beardsley, a Hatton y a la chica a quien Bailey salvó. Bailey dice que una de las cosas que recuerda del día en que murió Alicia es que ella me echó algo en la sopa a la hora de comer para que me doliera el estómago. Esa noche pensaba ir a una fiesta y no quería que yo la acompañara. Seguía enfadada conmigo por lo del tatuaje y por haberles contado a los profesores que nos hacíamos pasar la una por la otra en los exámenes. Es probable que su cabreo me salvara la vida.

Él le asió la mano con más fuerza.

– ¿Y Hope?

– Sabe que Bailey está viva, pero todavía no la ha visto. Aún tiene muy mal aspecto. Daniel, Granville le pinchó heroína para obligarla a hablar. -A Alex le tembló la voz-. Llevaba cinco años sin probarla. Ahora tendrá que volver a pasar por todo eso. Él era médico.

– Un cabrón de lo más cruel, eso es lo que era. -Daniel se esforzó por pronunciar las palabras. Ella suspiró.

– Eso también. Bailey tenía una aventura con Garth, pero no está claro si él sabía que Mansfield y Granville la habían secuestrado o no. Como te he dicho, Garth se ha puesto en manos de su abogado. Luke ha intentado interrogarlo, pero hasta ahora no ha pronunciado palabra. Así es como están las cosas en resumen.

– ¿Y Suze?

– Todavía está aquí. Ha estado haciéndoos compañía a ti y a la víctima desconocida. -Al ver que él arqueaba una ceja, Alex añadió-: La chica a quien Bailey ayudó a escapar. No sabemos cómo se llama. Daniel, he estado pensando.

A él lo invadió el temor, pero enseguida lo apartó de sí. Era posible que ella acabara marchándose, pero no iba a dejarlo en aquel estado. De eso estaba seguro.

– ¿En qué?

– En ti. En mí. En Bailey y Hope. Tú cuando salgas estarás bien, pero Bailey… Le queda mucho camino por recorrer. Necesitará que alguien la ayude a cuidar de Hope.

– ¿Dónde? -preguntó.

– Aquí. Todos sus amigos están aquí. No voy a arrancarla de todo esto. Me quedaré aquí con ella. Tendré que buscar una casa donde podamos vivir Bailey, Hope y yo, pero…

– No -soltó él con aspereza-. Tú te vendrás a vivir conmigo.

– Pero tendré que cuidar de Hope cuando Bailey entre en rehabilitación.

– Tú te vendrás a vivir conmigo -repitió él-. Y Hope también. Bailey se podrá quedar a vivir con nosotros todo el tiempo que le haga falta. -Le entró un arranque de tos y ella le acercó un vaso de agua a los labios.

– Poco a poco -le ordenó cuando lo vio dispuesto a bebérsela de golpe-. Da un sorbito.

– Sí, señora. -Él se recostó y la miró a los ojos-. Tú te vendrás a vivir conmigo.

Alex sonrió.

– Sí, señor.

Él no apartó la mirada.

– Antes he querido decir lo que he dicho.

Ella no titubeó.

– Yo también.

Daniel exhaló un suspiro de alivio.

– Bien.

Ella le dio un beso en la frente.

– Ahora ya sabes todo lo que tienes que saber. Deja de hablar y duerme. Luego volveré.

Atlanta, sábado, 3 de febrero, 12.30 horas.

– Bailey.

Quiso levantar los párpados ante la voz familiar y, de pronto, el corazón le dio un vuelco. Todavía estaba allí, la evasión no había sido más que un sueño. Entonces notó la mullida cama bajo su espalda y supo que la pesadilla había terminado. Por lo menos una de ellas. La pesadilla de su adicción acababa de volver a empezar.

– Bailey.

Se esforzó por abrir los ojos y le entraron palpitaciones.

– Beardsley. -Se encontraba sentado en una silla de ruedas junto a su cama. Ahora estaba limpio. Tenía un enorme corte en una mejilla, pero estaba limpio. Su pelo era rubio y lo llevaba muy corto, tal como correspondía a un militar. Resaltaban sus gruesos pómulos y su barbilla prominente. Sus ojos eran castaños y cálidos, tal como recordaba. Tenía los labios agrietados, pero se veían resueltos y bien proporcionados. Todo en él era resuelto y bien proporcionado.

– Creía que había muerto -musitó ella.

Él sonrió.

– No; soy más duro que todo eso.

Ella así lo creía. Era más corpulento que tres como ella.

– He visto a Alex.

– Yo también. Ha efectuado la ronda para comprobar cómo estábamos. Tienes una hermanastra muy fuerte, Bailey. Y ella también tiene una hermanastra fuerte.

Su cumplido la hizo sentirse mejor.

– Me ha salvado la vida. ¿Cómo podré agradecérselo?

Él arqueó sus cejas rubias.

– Ya nos pondremos de acuerdo en eso más tarde. ¿Cómo te encuentras?

– Como si me hubieran tenido prisionera una semana.

Él volvió a sonreír.

– Lo has hecho muy bien Bailey. Deberías sentirte orgullosa.

– No sabe lo que dice. Usted no sabe lo que he hecho.

– Sé lo que te he visto hacer.

Ella tragó saliva.

– He hecho cosas horribles.

– ¿Lo dices por las drogas?

– Y por otras cosas. -Sus labios se curvaron con tristeza-. No soy una chica a quien nadie quiera presentar en casa de sus padres.

– ¿Lo dices porque eras una prostituta y te acostabas con hombres?

Ella abrió los ojos, anonadada.

– ¿Lo sabía?

– Sí. Wade me habló de ti antes de morir. Estaba muy orgulloso de que hubieras dado un giro a tu vida.

– Gracias.

– Bailey, no me entiendes. Yo lo sé todo, y no me importa.

Ella miró sus cálidos ojos, de nuevo se sentía nerviosa.

– ¿Qué quiere de mí?

– Aún no lo sé, pero me gustaría descubrirlo. No nos apresaron juntos sin motivo, y quiero que sepas que ahora que ese episodio ha terminado no pienso marcharme así como así.

Ella no sabía qué decir.

– Tengo que volver a entrar en rehabilitación.

Sus ojos castaños centellearon de ira.

– Y solo por eso, con gusto lo mataría otra vez.

– Beardsley, él… -La palabra le atoró la garganta.

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