Karen Rose - Grita Para Mi

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Daniel Vartarian es el agente del FBI asignado al caso del asesinato de una joven en la localidad de Dutton, pueblo donde Daniel nació. El asesinato es exactamente igual a uno que ocurrió en el mismo lugar trece años atrás. Al investigarlo, Daniel reconocerá a aquella adolescente del pasado… Ha visto su rostro en una de las fotos que pertenecían al asesino en serie más cruel que haya conocido: su propio hermano Simon. Así, Daniel tendrá que enfrentarse a sus propios vecinos, a sus fantasmas familiares y a sus conflictos de adolescencia mientras investiga los viejos y nuevos crímenes con la ayuda de Alexandra, la hermosa hermana gemela de una de las víctimas del asesino.

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Le quitó el arma de una patada, cogió la pistola de Daniel de su espalda y la depositó en el suelo junto a Daniel antes de guardar su propia arma en la cintura, bajo su chaqueta. Luego se arrodilló al lado de Daniel y le abrió la pechera de la camisa, y las manos le temblaron un poco cuando se percató de lo malherido que estaba.

– Te había dicho… que salieras corriendo -susurró él-. Mierda… Sal corriendo. -Los movimientos ascendentes y descendentes de su pecho eran cada vez más débiles, y ella oyó que el aire entraba y salía a través del agujero de bala.

– Has perdido mucha sangre y es probable que te haya perforado el pulmón. ¿Dónde tienes las llaves de las esposas?

– En el bolsillo.

Ella encontró las llaves y el móvil, y se esforzó por mantener el pulso firme cuando separó la llave que abría las esposas y lo liberó. Luego empujó la silla hacia atrás y lo tumbó de lado con suavidad para apartarle un mechón de pelo de la frente, perlada de sudor.

– Eso ha sido muy estúpido por tu parte -dijo ella con la voz quebrada-. Podría haberte matado.

A él se le cerraron los ojos. Estaba perdiendo la conciencia por momentos. Tenía que suturarle la herida y para eso necesitaba llevárselo de allí. Pero era imposible que consiguiera arrastrarlo hasta el coche sola; necesitaba ayuda.

Intentó llamar desde el móvil, pero no había señal. Con el corazón acelerado, dio un vistazo a la habitación. Era una sala desierta; en ella solo había un viejo escritorio metálico.

Ella abrió los cajones y encontró material de oficina.

– Unas tijeras y un rollo de cinta adhesiva. -Suspiró aliviada. Era cinta de embalar, resistente, serviría. Cogió el material y se acercó corriendo a Daniel, y esta vez no le importó pasar por encima de Mansfield. Le pisó la pierna y se arrodilló frente a Daniel-. Voy a suturarte la herida. Aguanta.

De su bolsillo sacó los guantes que él antes había dejado esparcidos por el suelo del coche. Tiró de uno con fuerza y pronto hubo cerrado a tres bandas el agujero de su pecho.

– Tengo que moverte. Te dolerá. Lo siento. -Lo colocó de lado con tanta suavidad como pudo, le cortó la espalda de la camisa y respiró aliviada. La bala había salido tal como había entrado; por suerte no se había quedado dando vueltas dentro de su cuerpo. Repitió el proceso con rapidez. En pocos segundos de la herida había dejado de manar tanta sangre y junto con el pulso de Daniel también el suyo se regularizó.

– Alex.

– Deja de hablar -le aconsejó-. Conserva el aliento.

– Alex.

– Quiere decirte que te vuelvas a mirarme.

Alex se volvió sobre sus rodillas y miró hacia la puerta. Entonces lo comprendió.

– El número siete -dijo en tono quedo, y Toby Granville sonrió. La sangre le resbalaba por las mejillas a causa de lo que desde el otro extremo de la sala parecía una herida en la sien producida por un objeto contundente. En la mano llevaba un pequeño revólver. Alex observó que tenía la mirada ensombrecida por el dolor; esperaba que sufriera mucho.

– De hecho, soy el número uno. Dejé que Simon creyera que era él porque el muy cabrón estaba mal de la cabeza y daba miedo. -Miró a Mansfield con desdén-. Y tú eres un cagado -masculló antes de volver a centrar su atención en Alex-. Trae aquí la pistola de Mansfield, y luego la de Vartanian.

Ella hizo lo que le pedía para ganar tiempo.

»-No estabas… en la lista -musitó Daniel-. Eres demasiado mayor, tienes mi edad.

– No. Tengo la edad de Simon -explicó Granville-. Me salté unos cuantos cursos y me gradué en Bryson antes de que lo echaran a él. Simon y yo solíamos bromear sobre lo importantes que éramos, porque teníamos un club y justo habíamos empezado los estudios secundarios. Todo el mundo pensaba que había sido idea suya, porque el muy cabrón estaba un poco desequilibrado. Pero, de hecho, la idea fue mía. Simon era mío. Hacía todo lo que yo le pedía y siempre creía que lo había hecho por voluntad propia. Jared también podría haber sido mío, pero bebía demasiado. Ninguno de los otros tenía agallas suficientes. -Con movimientos teñidos de rojo, Granville se agachó para recoger las dos pistolas que Alex había deslizado por el suelo.

En el momento en que bajó los ojos, ella tomó la pistola de su espalda y disparó, y la primera vez le dio a la pared. El yeso saltó mientras la segunda bala alcanzaba su objetivo, igual que la tercera, la cuarta y la quinta. Granville se desplomó, pero seguía respirando y aferrando el revólver.

– Suelta la pistola -le ordenó ella-. Suéltala o te mataré.

– No lo harás -repuso él-. No eres… capaz de… asesinar a… sangre fría.

– Eso es lo que creía Mansfield -soltó Alex con frialdad. Levantó el arma-. Suelta la pistola o disparo.

– Acompáñame fuera… y soltaré la pistola.

Alex le lanzó una mirada llena de incredulidad.

– Estás loco. No pienso ayudarte.

– Entonces nunca sabrás… dónde tengo a Bailey.

Ella alzó la barbilla y entornó los ojos.

– ¿Dónde está?

– Sácame de aquí… y te lo diré.

– Es… probable que tenga… un barco -dijo Daniel con una mueca-. No lo hagas.

– Bailey -la tentó Granville.

Tras ella, Daniel respiraba con agitación. Tenía que llevarlo al hospital.

– No tengo tiempo para tonterías. -Alex apuntó al corazón de Granville, pero él tenía razón. Una cosa era matar a un hombre en defensa propia y otra asesinarlo a sangre fría cuando además estaba herido. Claro que… sí que era capaz de dispararle.

Alex apuntó y apretó el gatillo, y Granville gritó. Ahora la sangre manaba de su muñeca, pero tenía la mano abierta y la pistola estaba en el suelo. Alex se la guardó en el bolsillo y se arrodilló junto a Daniel mientras con una mano buscaba las esposas y con la otra, su pulso. Era muy débil, terriblemente débil.

Seguía teniendo mal color y cada vez que tomaba aire tenía que hacer un verdadero esfuerzo. Sin embargo, por lo menos la herida había dejado de sangrarle.

– Tengo que conseguir como sea ayuda para ti y no me fío de que no te haga daño mientras yo estoy fuera. Pero no puedo matarlo; lo siento.

– No lo sientas, puede que luego lo necesitemos. Ponle las esposas… con las manos a la espalda. -Daniel la aferró por la chaqueta con la mano ensangrentada cuando se disponía a levantarse-. Alex.

– Cállate. Si no te llevo al hospital, te morirás. Pero él no la soltaba.

– Alex -volvió a susurrar, y ella se le acercó más-. Te adoro… cuando eres tan dura.

A ella se le puso un nudo en la garganta y le estampó un beso en la frente. Luego se irguió con expresión severa.

– Yo a ti también te adoro -susurró a su vez-. Cuando no te haces el héroe y estás a punto de morirte. Deja de hablar, Daniel.

Se dispuso a ponerle las esposas a Granville. Costaba más de lo que parecía y cuando consiguió ponerlo de espaldas estaba jadeando y empapada con su sangre.

– Espero que te pudras en la cárcel una buena temporada.

– Crees… que lo sabes todo. -Inspiró con lentitud-. Pero no sabes nada. Hay… más.

Ella levantó la cabeza y asió la pistola.

– ¿Más? ¿Dónde? -preguntó, alarmada.

Los ojos de Granville ya no miraban a ninguna parte. Había perdido mucha sangre.

– Simon era mío -masculló-. Pero yo era de alguien más.

Entonces, aturdido, levantó la mirada, y sus ojos se abrieron mucho a causa del miedo.

Ella estaba a punto de volverse a mirar atrás, pero se interrumpió al notar el frío metal contra la sien.

– Gracias, señorita Fallon -le susurró una voz al oído-. Yo me quedaré con la pistola. -Le oprimió la muñeca hasta que sus dedos se abrieron y la pistola cayó al suelo de hormigón-. Las cosas terminan muy bien. A Davis lo han arrestado. Mansfield está muerto y… -Disparó y a Alex le dio un vuelco el estómago cuando la cabeza de Granville explotó contra el suelo-. Y Granville también. De los siete no queda ninguno.

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