Se limpió las manos ensangrentadas en los pantalones del guardia y dio un vistazo a la celda contigua. La puerta estaba entreabierta, y la celda estaba vacía. Bailey había desaparecido. Salió corriendo y se detuvo en seco cuando dobló la esquina y estuvo a punto de caer sobre el cuerpo ovillado en el suelo. Mansfield se puso de rodillas y comprobó su pulso. Harvard estaba vivo.
– El barco saldrá dentro de pocos minutos. Arriba. -Mansfield empezó a levantarlo, pero él le apartó la mano.
– Bailey se ha ido. -Harvard alzó la cabeza; tenía los ojos llorosos-. ¿Dónde está Beardsley?
– No está.
– Mierda. No podrán llegar muy lejos. Beardsley tiene un agujero en el vientre y Bailey lleva tal tembleque en el cuerpo que casi no puede andar. Ve a buscarlos antes de que nos echen encima a la policía.
– ¿Y tú?
– Sobreviviré -dijo en tono mordaz-. Es más de lo que me atrevo a decir de los dos si nos encuentran aquí, con todos los cadáveres. -Se esforzó por incorporarse y quiso alcanzar la pistola, pero la funda estaba vacía-. Mierda. Beardsley se ha llevado mi pistola. Dame la tuya.
Mansfield sacó la pistola de la funda que llevaba sujeta al tobillo.
– Ahora mueve el culo. Encuentra a Bailey y a Beardsley, y mátalos.
Viernes, 2 de febrero, 15.30 horas.
Frank los estaba esperando fuera de lo que parecía un bunker de hormigón. Todo el perímetro estaba cubierto de malas hierbas y la carretera estaba llena de hoyos por culpa del desuso. Daniel miró el reloj. Luke y el sheriff Corchran debían de estar a punto de llegar.
– ¿Qué es esto? -preguntó Alex.
– Era la fábrica de papel de los O'Brien en los años veinte. Luego, en la época de mi abuelo, se modernizaron y se trasladaron a la nueva fábrica, cuando construyeron un ramal del ferrocarril en la ciudad. -Señaló más allá de los árboles, hacia el curso del río Chattahoochee-. Antes de eso, utilizaban el río para mover los troncos y el papel.
– Pensaba que habías dicho que la fábrica era un montón de escombros.
– Y lo era. Ese bunker es nuevo, y está muy bien camuflado para que no pueda verse desde el aire. -No dijo nada más. Se quedó mirando a Frank, que permanecía apoyado en el coche patrulla, observándolos.
– ¿Qué esperas? -susurró Alex, y su voz vibró como una cuerda.
– Refuerzos -dijo él de modo sucinto sin apartar los ojos de Frank-. Y que el sheriff Corchran te lleve a un lugar seguro. -Oyó su inspiración y supo que tenía ganas de protestar, pero sabía que no lo haría y la admiraba por ello-. No quiero que maten a Bailey por culpa de entrar ahí de cualquier manera, Alex. Si está dentro y está viva, quiero devolvértela viva.
– Ya lo sé. -Las palabras apenas resultaron audibles-. Gracias, Daniel.
– No me las des; por esto no. Mierda. -Frank se les estaba acercando. Cojeaba. Hasta que estuvo a un palmo de distancia, Daniel no se dio cuenta de la mancha oscura y húmeda de sus pantalones-. Lo han herido. -Se le erizó el vello de la nuca y se dispuso a dar marcha atrás.
Alex se desabrochó el cinturón de seguridad, pero él la aferró por el brazo.
– Espera.
Alex se lo quedó mirando.
– No podemos esperar a que se desangre. Él sabe dónde está Bailey.
– Te he dicho que te esperes. -La mente de Daniel daba vueltas a toda velocidad pero tenía el cerebro desembragado por culpa de la indecisión. «Es una trampa», gritaba algo en su interior. Pero había sido amigo de ese hombre durante mucho tiempo. Bajó la ventanilla unos centímetros-. ¿Qué ha ocurrido?
– He recibido un disparo -dijo Frank entre dientes, y al introducir los dedos por la ventanilla manchó el cristal de sangre. Se acercó más-. Da la vuelta y márchate. Lo sien…
Se oyó el estruendo de un disparo en el aire y al cabo de unas fracciones de segundo llenas de dolor e incredulidad, Frank se deslizó por la puerta del coche de Daniel, que ya tenía el pie en el acelerador y retrocedía a toda velocidad.
– ¡Agáchate! -gritó, sin volverse a comprobar si Alex lo obedecía.
Hizo rodar el volante y se preparó para dar un giro de ciento ochenta grados, pero entonces saltó hacia delante y golpeó el volante con la cabeza al chocar contra algo grande y duro. Con el rabillo del ojo vio a Alex caer al suelo hecha un ovillo.
Aturdido, miró por el retrovisor y vio otro coche patrulla de Dutton. Entonces se volvió hacia la derecha y vio a Randy Mansfield apostado frente a la puerta abierta de Alex con un semiautomático Smith & Wesson del calibre 40. Apuntaba a Alex en la cabeza.
– Suelta la pistola, Danny -le ordenó Randy con calma-. O la mato en tus narices.
Daniel pestañeó. La realidad tomó forma de inmediato. «Alex.» Estaba acurrucada en el suelo, sin moverse, y a Daniel se le paró el corazón.
– Alex. ¿Alex?
– He dicho que me des la pistola. Ahora. -Extendió la mano izquierda. En la derecha llevaba el Smith, y seguía apuntando a la cabeza de Alex.
«¿Dónde te has metido, Luke?» Sin apartar los ojos de la pistola de Mansfield, poco a poco le tendió su Sig con la empuñadura por delante.
– ¿Por qué?
– Porque no quiero que me pegues un tiro -dijo él con ironía. Deslizó la Sig de Daniel en la parte trasera de su cintura-. Ahora entrégame la otra arma, igual de despacito.
– Puede que ella esté muerta -se obligó a decir-. ¿Por qué tengo que hacerte caso?
– No está muerta, solo lo finge. -Empujó el arma contra la cabeza de Alex, pero ella no se movió y Mansfield pareció impresionado-. O se ha quedado de piedra o finge muy bien. Sea como sea, está viva, pero dentro de diez segundos ya no lo estará si no haces lo que yo te digo.
Daniel apretó los dientes y sacó el arma de seguridad de la funda del tobillo. «Mierda, Luke. ¿Dónde te has metido?»
– Eres un hijo de puta -dijo a Mansfield.
Mansfield tomó su revólver y le hizo señas con la cabeza.
– Salid del coche y poned las manos sobre el capó. Hacedlo bien y despacito; tú ya te sabes el cuento.
Daniel salió del coche y miró hacia donde Frank yacía inmóvil.
– ¿Está muerto?
– Si no lo está, pronto lo estará. Las manos en el capó, Vartanian. Tú, levántate. -Volvió a empujar la pistola contra la cabeza de Alex, pero desde su nueva posición Daniel no podía ver si ella se movía o no. Mansfield dio un resoplido de frustración y se guardó el revólver de Daniel en la cintura, junto al Sig. Entonces aferró a Alex por el pelo y tiró. Nada.
Daniel apartó de sí el pánico. Era probable que estuviera inconsciente. Y eso, aunque de entrada no lo pareciera, podía ser una ventaja. Mansfield la dejaría en el coche y Luke la encontraría.
– Cógela -le ordenó Mansfield, retrocediendo.
– ¿Qué?
– Ya me has oído. Cógela y llévala dentro. Puede que luego la necesite. -Mansfield le hizo indicaciones con la pistola, impaciente-. Hazlo.
– Podría tener una lesión en la espalda.
Mansfield alzó los ojos en señal de exasperación.
– Vartanian, no soy estúpido.
Daniel la sacó del coche con cautela. Su respiración era débil pero regular.
– Alex -susurró.
– Vartanian -le espetó Mansfield-. Muévete.
Daniel la levantó. Le pasó un brazo por debajo de las rodillas y con el otro la aferró por los hombros. La cabeza le colgaba como a un muñeco y él volvió a acordarse de Sheila, muerta en aquel rincón. La abrazó con más fuerza y se volvió para echar un último y desesperado vistazo. «Luke. Mierda. ¿Dónde te has metido?»
Viernes, 2 de febrero, 15.30 horas.
Bailey, entre los árboles, observó que un coche pasaba a ciento cincuenta por hora con las luces puestas. «La policía.» Estuvo a punto de desmayarse del alivio. La policía se dirigía al recinto. Era posible que detrás fueran más coches. Tenía que llegar a la carretera.
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