Karen Rose - Grita Para Mi

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Daniel Vartarian es el agente del FBI asignado al caso del asesinato de una joven en la localidad de Dutton, pueblo donde Daniel nació. El asesinato es exactamente igual a uno que ocurrió en el mismo lugar trece años atrás. Al investigarlo, Daniel reconocerá a aquella adolescente del pasado… Ha visto su rostro en una de las fotos que pertenecían al asesino en serie más cruel que haya conocido: su propio hermano Simon. Así, Daniel tendrá que enfrentarse a sus propios vecinos, a sus fantasmas familiares y a sus conflictos de adolescencia mientras investiga los viejos y nuevos crímenes con la ayuda de Alexandra, la hermosa hermana gemela de una de las víctimas del asesino.

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Sacudió el hombro de la chica.

– Vamos -le espetó-, camina.

– No puedo. -Su voz era un débil gemido y Bailey notó que la chica no podía más.

– Entonces, quédate aquí. Si no vuelvo, trata de conseguir ayuda.

La chica la aferró por el hombro y abrió mucho los ojos, presa de terror.

– No te vayas. No me dejes.

Bailey retiró la mano de la chica con gesto decidido.

– Si no consigo ayuda, morirás.

La chica cerró los ojos.

– Entonces, déjame morir tranquila.

La voz de Beardsley acudió a su memoria.

– No en mi presencia.

Se volvió hacia la carretera y se esforzó por mover los pies, pero las rodillas seguían fallándole. Decidió ponerse a cuatro patas. La carretera quedaba más alta y tenía que ascender por un terraplén. Las manos le resbalaban en la hierba porque tenía las palmas llenas de sangre. «Mueve el culo, Bailey. Muévete.»

Estaba a corta distancia de la carretera cuando oyó el segundo coche. Pensó en el dulce rostro de Hope y en el de Beardsley, cubierto de sangre, y se obligó a seguir. El coche llegó a la curva y viró entre una nube de polvo y chirridos de neumáticos. Bailey oyó gritos. La voz de un hombre. Luego la de una mujer.

– ¿La has herido? -preguntó la mujer. Se agachó y Bailey vio el pelo oscuro y los grandes ojos grises, llenos de miedo-. Dios mío. ¿Nosotros hemos hecho esto?

– Nosotros no la hemos herido. -El hombre se agachó y la tocó con suavidad-. Mierda. Le han dado una paliza y se está muriendo. -Le pasó las manos por los brazos y por las piernas. Detuvo la mano en el tobillo y la asió por la barbilla con suavidad-. ¿Eres Bailey?

Ella asintió una vez.

– Sí. ¿Y mi hija, Hope? ¿Está viva?

– Sí, está viva y a salvo. Susannah, llama a Chase. Dile que hemos encontrado a Bailey y pídele que envíe una ambulancia cuanto antes. Luego llama a Daniel y pídele que vuelva aquí.

Bailey lo aferró por el brazo.

– ¿Alex?

Él miró hacia la carretera y a Bailey el corazón le dio un vuelco.

– ¿Iba en ese coche? Oh, Dios mío. Él entornó sus ojos negros.

– ¿Por qué?

– Él la matará. No tiene ningún motivo para no hacerlo. Las ha matado a todas. -Las imágenes le inundaron la mente-. Las ha matado a todas.

– ¿Quién? Bailey, escúchame. ¿Quién te ha hecho esto? -Pero ella no podía hablar. Se mecía mientras pensaba en las chicas encadenadas a la pared, con los ojos muy abiertos y desprovistos de vida-. Bailey. -La presión que notaba en la barbilla aumentó-. ¿Quién te ha hecho esto?

– Luke. -La mujer regresó con un móvil en cada mano y el rostro más pálido que antes-. He llamado a Chase y va a enviar ayuda, pero Daniel no contesta.

Viernes, 2 de febrero, 15.40 horas.

El escenario estaba a punto, y los actores también. Todo cuanto Mack tenía que hacer era recostarse en su asiento y disfrutar de la función. Pero tenía que conseguir que terminara rápido. Ahora ya sabían quién era, así que no tendría mucho tiempo para escarceos amorosos con Alex Fallon. Por la mañana depositaría el último cadáver envuelto en una manta y el círculo quedaría cerrado.

Al mediodía siguiente se encontraría ante el volante del Corvette repintado de Gemma Martin, a medio camino de México. Y no volvería la vista atrás.

Pero de momento… Los pilares que quedaban en pie estaban a punto de caer.

Viernes, 2 de febrero, 15.45 horas.

A Alex le dolía la cabeza y le escocía el cuero cabelludo. Por el resto, estaba bien. Se había mareado un poco con el choque, pero había oído todas las palabras entre Daniel y Mansfield. Había fingido estar inconsciente, y le había costado más de lo que parecía. La cuestión era que había conseguido engañar tanto a Mansfield como a Daniel. La preocupación de este último le atenazaba el corazón, pero de momento las cosas tenían que ser así.

«¿Dónde se ha metido Luke?», pensó. Debería haber llegado hacía mucho rato.

Daniel la había llevado dentro del bunker. Ella había mantenido los ojos cerrados, pero había oído el eco de sus pasos y de los de Mansfield en medio del silencio. No había escaleras, solo un largo pasillo. Luego Daniel se había dado la vuelta y la había hecho entrar por una puerta, a la derecha.

– Déjala en el suelo -le ordenó Mansfield, y Daniel la depositó con cuidado-. Ahora siéntate. -Notó frío cuando Daniel se apartó y se llevó su calidez consigo-. Pon las manos en la espalda. -Oyó un ruido metálico y se percató de que Mansfield acababa de ponerle las esposas a Daniel. Esperaba que, al tomarla en brazos, este notara la pistola que había guardado en su cinturilla, pero no había sido así. «Ahora todo está en mis manos.»

– ¿Por qué has disparado a Frank Loomis? -preguntó Daniel-. Me ha llamado, tal como tú querías.

Hubo un momento de silencio.

– Cállate, Daniel.

– Tú no sabías que me había llamado -dijo Daniel, especulando de nuevo-. No estaba contigo.

– Cállate.

Daniel no pensaba callarse.

– ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Utilizas el río para transportar droga?

Alex se esforzó por no estremecerse al oír el golpe y luego el grito ahogado de dolor de Daniel.

– Bueno, sea como sea, tu barco se ha largado -prosiguió un minuto más tarde-. He visto una embarcación bajando por el río justo cuando le has disparado a Frank.

Hubo un movimiento brusco y Alex alzó las pestañas lo justo para ver que Mansfield se acercaba a la ventana. Oyó un reniego entre dientes.

– Estás atrapado -dijo Daniel en tono sereno-. Los refuerzos están de camino, y no conseguirás salir vivo de aquí si pretendes huir corriendo.

– Claro que saldré vivo -dijo Mansfield, pero su tono no era calmado-. Tengo garantías.

«Eso debe de decirlo por mí.» Alex se esforzó por mirar a través de las pestañas y vio a Daniel. Dio un respingo. Él la estaba mirando con los ojos entornados. Sabía que estaba despierta, consciente.

De pronto, Daniel se levantó con la silla incluida y se abalanzó sobre Mansfield con la cabeza por delante. Alex se puso en pie de un salto en cuanto Daniel lanzó a Mansfield contra un escritorio. Alex salió corriendo hacia la puerta y se dio cuenta de que Daniel lo había hecho para que ella huyera.

Pero se oyó un disparo y de repente se le pararon el corazón y los pies. Mansfield le daba la espalda y Daniel estaba tumbado de lado, todavía esposado a la silla. La sangre se extendía con rapidez por su camisa blanca a causa de la herida de bala del pecho. También con rapidez su rostro estaba perdiendo el color, pero consiguió dirigirle una mirada. «Muévete.»

Ella dejó de mirar a Daniel y se volvió hacia Mansfield, cuyos hombros se movían arriba y abajo a causa de sus fuertes inspiraciones. Estaba mirando a Daniel y aferraba la pistola con la mano derecha. En el cinturón llevaba el arma de Daniel. Solo una.

Mansfield le había quitado dos. El pequeño revólver de seguridad había desaparecido.

Se olvidó del revólver cuando Mansfield propinó a Daniel un puntapié en las costillas con tanta fuerza que, más que su gemido, Alex oyó un crujido.

– Eres un hijo de puta -masculló Mansfield-. Tenías que volver y removerlo todo. Por lo menos Simon tuvo la decencia de mantenerse apartado.

Alex buscó la pistola que llevaba en la espalda mientras repasaba mentalmente las instrucciones que Daniel le había estado repitiendo. Retiró el cierre de seguridad justo cuando Mansfield apuntaba a Daniel en la cabeza. Al oír el ruido, Mansfield se volvió y, atónito, se quedó mirando la pistola en su mano durante fracciones de segundo antes de alzar los ojos y su arma al mismo tiempo. Ella, sin pensárselo, apretó el gatillo hasta que él, con los ojos muy abiertos, cayó de rodillas y luego, de bruces. Ahora era su camisa blanca la que se estaba tornando roja por momentos.

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