Karen Rose - Grita Para Mi

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Daniel Vartarian es el agente del FBI asignado al caso del asesinato de una joven en la localidad de Dutton, pueblo donde Daniel nació. El asesinato es exactamente igual a uno que ocurrió en el mismo lugar trece años atrás. Al investigarlo, Daniel reconocerá a aquella adolescente del pasado… Ha visto su rostro en una de las fotos que pertenecían al asesino en serie más cruel que haya conocido: su propio hermano Simon. Así, Daniel tendrá que enfrentarse a sus propios vecinos, a sus fantasmas familiares y a sus conflictos de adolescencia mientras investiga los viejos y nuevos crímenes con la ayuda de Alexandra, la hermosa hermana gemela de una de las víctimas del asesino.

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– ¿Quién eres? -preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

– Ya lo sabes -respondió él en tono quedo, y Alex supo que nunca hasta aquel momento había sentido auténtico miedo. La obligó a ponerse en pie-. Ahora vendrás conmigo.

– No. -Ella forcejeó y él volvió a ponerle la pistola contra la cabeza-. Tengo que ir a buscar ayuda para Daniel. No le diré a nadie que estás aquí. Puedes marcharte, no te detendré.

– No, no lo harás. Nadie me detendrá. Pero no dejaré que te marches. Tengo otros planes para ti.

La forma en que lo dijo hizo que se le doblaran las rodillas.

– ¿Por qué? Yo no te conocía, como Gemma y las demás.

– No, tú no. Pero morirás igual.

Un sollozo volvía a formarse dentro de sí, pero esta vez se mezclaba con el terror.

– ¿Por qué?

– Por tu cara. Todo empezó con Alicia. Y terminará contigo.

Alex se mostró fría y serena.

– ¿Me matarás para conseguir un desenlace triunfal?

Él se echó a reír.

– Por eso, y para hacer sufrir a Vartanian.

– ¿Por qué? Él nunca te ha hecho ningún daño.

– Pero Simon sí. Como no puedo hacerle daño a Simon, Daniel tendrá que soportar su castigo.

– Igual que tú has soportado el castigo por lo que hizo Jared -musitó ella.

– Veo que lo entiendes. Es justo.

– Pero matarme a mí no lo es -dijo ella, tratando de conservar la calma-. Yo nunca he hecho daño a nadie.

– Eso es cierto. Pero a estas alturas da igual. Morirás, igual que las otras. Y gritarás. Gritarás mucho. -La arrastró hacia atrás y ella se resistió con todas sus fuerzas.

– Hemos pedido refuerzos -le espetó-. No te saldrás con la tuya.

– Sí, sí que lo haré. Espero que no te marees en los barcos.

El río. Iba a llevársela en una barca por el río.

– No. No iré como una oveja al matadero. Si me quieres, tendrás que arrastrarme de los pelos.

Él quiso matar a Daniel. Pero para hacerlo tenía que apartar la pistola de su sien. Era la única oportunidad que tenía. En el segundo en que notó disminuir la presión en la sien, se volvió y trató de arañarle en la cara. Él la soltó de repente y durante unos instantes ella se quedó demasiado sorprendida para hacer algo.

Entonces pestañeó al oírse el último disparo. Solo tuvo un momento para mirar a la cara al… repartidor de periódicos… antes de que se desplomara en el suelo. Anonadada, ella lo observó caer y se fijó en el limpio agujero de su frente.

– Es el repartidor de periódicos. -Se estremeció al reparar en cuan de cerca la había estado vigilando O'Brien. Luego levantó la cabeza y ahogó un grito. Un hombre con el rostro sucio y ensangrentado sostenía la pistola de O'Brien en la mano y avanzaba haciendo eses.

Alex lo miró mejor.

– ¿Reverendo Beardsley?

Él asintió con seriedad.

– Sí. -Se apoyó en la puerta y se dejó caer al suelo, y al hacerlo depositó con cuidado la pistola de O'Brien a su lado.

Alex miró el agujero de la frente del hombre y se volvió de nuevo hacia Beardsley.

– ¿Le ha disparado? ¿Cómo ha podido dispararle? Estaba… detrás de él. -Ella se dio la vuelta y vio que, lentamente, Daniel bajaba la cabeza al suelo. En la mano sostenía el revólver de seguridad-. ¿Le has disparado tú? -Daniel asintió una vez y no dijo nada. Alex se asomó al pasillo y miró hacia ambos lados-. ¿Hay alguien más con una pistola?

– Creo que no -respondió Beardsley, y la aferró por la pierna-. ¿Bailey?

– Granville ha dicho que estaba viva.

– Hace una hora, sí -dijo Beardsley.

– Lo averiguaré. Ahora tengo que ir a buscar ayuda.

Con el móvil de Daniel bien sujeto en la mano, Alex corrió hasta que vio la luz colarse por el ventanuco de la puerta exterior. Se detuvo un momento; la claridad casi la cegaba. Entonces abrió la puerta y salió, y respiró con más profundidad de lo que lo había hecho en toda su vida.

– Alex. -Luke se le acercó corriendo-. Estás herida -gritó-. Deja que te vean los médicos.

Ella pestañeó, perpleja, cuando unos hombres se le acercaron con una camilla.

– Yo no -soltó-. El que está herido es Daniel. Está en estado crítico. Tienen que trasladarlo a un centro de traumatología de nivel uno. Les mostraré dónde está. -Se echó a correr, la adrenalina movía sus músculos-. Bailey se ha escapado.

– Ya lo sé -repuso Luke, que corría a su lado. Detrás de ellos, la camilla chirriaba-. La he encontrado. Está viva; no en muy buen estado, pero viva.

Alex sabía que sentiría el alivio por la noticia cuando Daniel estuviera en la camilla.

– Beardsley también está aquí. Está vivo. Es posible que sea capaz de caminar, pero también está mal.

Llegaron a la sala del final del pasillo y Luke se detuvo en seco al ver los tres cadáveres que cubrían el suelo.

– Virgen santísima -susurró-. ¿Tú has hecho todo esto?

Una risa histérica amenazó con brotar de donde antes había notado formarse el sollozo. Los médicos estaban colocando a Daniel sobre la camilla y ella podía por fin volver a respirar.

– Casi todo. He matado a Mansfield y he herido a Granville, pero ha sido O'Brien quien lo ha matado.

Luke asintió.

– Muy bien. -Empujó a O'Brien con el pie-. ¿Y a este?

– Beardsley le ha quitado la pistola y Daniel le ha disparado en la cabeza. -La sonrisa casi le dividía el rostro en dos mitades-. Creo que no lo hemos hecho mal del todo.

Luke le devolvió la sonrisa.

– Yo también creo que no lo habéis hecho mal.

Sin embargo, Beardsley no sonreía. En vez de eso, sacudió la cabeza.

– Habéis llegado demasiado tarde -dijo en tono cansino. Alex y Luke se pusieron serios al instante.

– ¿De qué está hablando? -preguntó Alex.

Beardsley se colocó contra la pared hasta que fue capaz de sostenerse en pie.

– Venid conmigo.

Alex dirigió una mirada a Daniel y lo siguió, con Luke posándole una mano en la espalda.

Beardsley tiró de la primera puerta de la izquierda. La celda estaba abierta pero no vacía. Alex se quedó horrorizada. Lo que vio quedaría grabado en su mente para siempre.

Una muchacha yacía sobre un fino colchón. Tenía el brazo encadenado a la pared. Estaba muy flaca, se le marcaban claramente los huesos. Tenía los ojos muy abiertos y en su frente se veía un pequeño agujero redondo. Debía de tener, como mucho, unos quince años.

Alex entró corriendo, se arrodilló frente a ella y palpó con los dedos su delgado cuello en busca del pulso. La chica todavía estaba caliente. Miró a Luke, abrumada.

– Está muerta. Debe de llevar muerta una hora.

– Todas están muertas -dijo Beardsley con aspereza-. Todas las que quedaron.

– ¿Cuántas había? -preguntó Luke con voz ronca de furia.

– He contado siete disparos. Bailey…

– Ella está viva -dijo Luke-. Y consiguió llevarse consigo a una chica.

Beardsley dejó caer los hombros.

– Gracias a Dios.

– ¿Qué lugar es este? -preguntó Alex.

– Traficaban con humanos -respondió Luke de modo sucinto, y Alex se lo quedó mirando boquiabierta.

– ¿Quieres decir que todas esas chicas…? Pero ¿por qué las han matado? ¿Por qué?

– No tenían tiempo de sacarlas de aquí -dijo Beardsley en tono inexpresivo-. Y no querían que hablaran.

– ¿Quién es el responsable de esto? -preguntó Alex entre dientes.

– El hombre al que llamas Granville. -Beardsley se apoyó en la pared y cerró los ojos, y entonces Alex reparó en la mancha oscura de su camisa. Se estaba extendiendo.

– Le han disparado -dijo, y se dispuso a ayudarlo.

Él extendió el brazo.

– El policía está peor que yo.

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