José Somoza - Clara y la penumbra

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En los circuitos internacionales del arte está en auge la llamada pintura hiperdramática, que consiste en la utilización de modelos humanos como lienzos. El asesinato de Annek, una chica de catorce años que trabajaba como cuadro en la obra "Desfloración", en Viena, pone en guardia a la policía y al Ministerio de Interior autriaco, que son presionados por la poderosa Fundación van Tysch para que no hagan público el crimen, ya que la noticia desencadenaría el pánico entre sus modelos y la desconfianza entre los compradores de pintura hiperdramática. Y mientras tanto, Clara Reyes, que trabaja como lienzo en una galería de Madrid, recibe la visita de dos hombres extranjeros que le proponen participar en una obra de carácter "duro y arriesgado"; el reto empieza en el mismo momento de la oferta, ya que la modelo debe ser esculpida también psicológicamente. De esta forma, Clara entra en una espiral de miedo y fascinación, que envuelve también al lector y lo enfrenta a un debate crucial sobre el valor del arte y el de la propia vida humana.

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Apoyó un trapo sobre sus labios para limpiar una mancha. Durante un instante se miraron. Mientras ella contemplaba sus ojos grandes y alegres, aquella idea tan extraña que ya había tenido en otras ocasiones la asaltó de nuevo: quizá Gerardo no era tan mal pintor; quizá lo que ocurría era que no quería pintar a Susana. A Gerardo no le gustaba esa figura. No era aquel brillo doliente ni aquel pudor horrorizado lo que él buscaba capturar en su expresión, no aquel «lienzo de espanto y piedad», como había dicho Van Tysch. Gerardo quería obtenerla a ella. A Clara Reyes. Recuperarla, limpiarla y darle luz. Era el primer artista que conocía a quien parecía importarle más ella que su propia obra.

Entró Uhl. Dijo que iban demasiado lentos y que era necesario comenzar a retocarla por detrás. La ayudaron a incorporarse y se dio la vuelta.

El proceso continuó, pero ahora en silencio.

10.30 h

– Edenburg, señorita -dijo el conductor.

El paisaje que servía de fondo al curso del río Geul, en el Limburgo meridional, al sur de Holanda, era de ensueño. Bosques y valles destellando bajo un espléndido sol estival entremezclados con granjas rectangulares de madera. Edenburg apareció casi por sorpresa tras una curva, en el extremo final de la carretera: un cúmulo de casas de tejado picudo dominado por la mayestática presencia del castillo donde alguna vez Maurits van Tysch había trabajado de restaurador. La señorita Wood conocía Edenburg. Las audiencias que le había concedido el pintor habían sido concisas y tensas. A Van Tysch nunca le había importado la seguridad de sus propias obras: su única obligación era crearlas.

Wood sabía que en Amsterdam estaba lloviendo, pero en Edenburg todo era sol, tibieza y resplandores de turistas armados con cámaras y planos de carreteras. El automóvil avanzaba parsimonioso por las empedradas y estrechas calles, que conservaban toda la atmósfera de los tiempos antiguos. Algunos transeúntes miraban con curiosidad aquel vehículo de lujo. El conductor se dirigió a Wood.

– ¿Va directamente al castillo? Porque, si es así, tendremos que abandonar el centro del pueblo y coger Kastellstraat.

– No, no voy al castillo. -Wood le suministró una dirección. El chófer (un meridional atento, cortés, preocupado por hacerlo todo a gusto de la «señorita», de sonrisa inmutable pese al retraso de casi media hora que había sufrido el avión de Wood hacia Maastricht) decidió detenerse y preguntar a los vecinos.

La idea se le había ocurrido la noche de la víspera. De repente había recordado el nombre de la persona a quien Oslo consideraba «el mejor amigo de la infancia de Bruno van Tysch»: Víctor Zericky. Pensó que comenzar su visita a Edenburg entrevistando a Zericky sería oportuno. Había llamado a Oslo aquella misma noche, y éste se había apresurado a suministrarle la dirección y el teléfono del historiador. Zericky no estaba en casa cuando ella le telefoneó para concertar una cita. Quizá se había marchado de viaje. Confiaba, sin embargo, en poder verle.

El conductor sostenía un animado diálogo con el dependiente de una tienda turística. Luego se volvió hacia Wood.

– Es una bocacalle de Kastellstraat -dijo.

11.30 h

Gustavo Onfretti se adentró en el Túnel rodeado de agentes de Seguridad y técnicos de Arte. Vestía un traje acolchado y llevaba las etiquetas amarillas de costumbre. Su cuerpo había sido pintado de ocre y carne. Capas de cerublastina muy delgadas dotaban a su rostro de cierto parecido con el Maestro, pero también con el Jesucristo de Rembrandt. «Soy ambos», pensaba. Era uno de los últimos cuadros en llegar, y su colocación, bien lo sabía, iba a ser muy difícil.

Permanecería crucificado seis horas al día.

Envuelto en una mortaja de aromas a óleo, Onfretti avanzaba por la rampa en tinieblas hacia el lugar del Túnel donde se hallaba la cruz. No era una cruz normal sino artística: contaba con varios artilugios para impedir que su postura fuera demasiado dolorosa. Pero Onfretti estaba seguro de que ningún artilugio lograría evitar del todo su sufrimiento, y eso lo amedrentaba un poco.

Sin embargo, había aceptado su cáliz. Era una obra maestra, y estaba preparado para sufrir. Van Tysch lo había retocado durante mucho tiempo en Edenburg para que no hubiera errores. De ningún tipo. Todo tendría que salir a la perfección. Al firmarlo el día anterior, el Maestro lo había mirado a los ojos. «No olvides que eres una de mis creaciones más íntimas y personales.»Esa sincera declaración le daba fuerzas para soportar lo que sabía que le esperaba.

13.05 h

Jacob Stein había terminado de comer y se enfrentaba a la pulcritud de la taza de café. La Mesa era sólida, un diseño propio. Estaba formada por una plancha de cristal sostenida mediante arneses sobre los hombros de cuatro adolescentes arrodilladas bañadas en plata. Un velo a modo de cenefa rodeaba por completo el mueble formando ondas entre las figuras. Las adolescentes eran casi de idéntica estatura, pero la del extremo más alejado de la izquierda sobresalía un poco, provocando una ligerísima inclinación en la superficie casi horizontal del oscuro y humeante café. Por supuesto, era un mueble ilegal y billonario, como el resto de la decoración de aquella sala. Stein apoyaba el pie distraídamente en un muslo plateado.

Sabía que, a diferencia de la suya, la «zona» de Van Tysch en el Nuevo Atelier estaba vacía. Pero Stein vivía rodeado de lujo, y había decorado su comedor a placer con cuadros, adornos y utensilios de Loek, Van der Gaar, Marooder y él mismo. Más de veinte pubertades respiraban en aquel salón, quietas o coreográficamente móviles, pero el silencio era enorme.

Sólo Stein sonaba a vida.

Estaba repasando mentalmente todo lo que debía hacer. A esas horas los cuadros ya tenían que estar colocados en el Túnel, aguardando al Maestro. La inauguración estaba prevista para las seis, pero Stein ya no se encontraría allí: Benoit ocuparía su puesto y atendería a las personalidades. Su presencia sería necesaria en otro lugar donde debería atender también a otra importantísima personalidad.

Fuschus, el poder era otra clase de arte, pensaba. O quizás una artesanía, la habilidad de tenerlo todo bajo control. Él había sido un verdadero maestro en aquel oficio. Ahora debía superarse a sí mismo. El momento era delicado. En cierto sentido, el más delicado de toda la historia de la Fundación, y él tenía que arrostrarlo.

Neve, su secretaria, apareció de repente al fondo de la sala.

Pese a saber con seguridad que la tan esperada visita se presentaría de un momento a otro, el anuncio de que ya había llegado distendió sus faunescos rasgos con un súbito acceso de felicidad. Se levantó apoyándose en la Mesa y produciendo apenas un leve estremecimiento en las cuatro muchachas de plata -y un parpadeo en aquella sobre cuyo muslo había colocado el pie-, y avanzó hacia la puerta.

La visita quedó un instante absorta, observando con los ojos muy abiertos los cuerpos tibios que decoraban la habitación. Pero en seguida exhibió una deslumbrante sonrisa y tendió la mano, correspondiendo al saludo de Stein.

– Quiero darle la bienvenida a la Fundación Van Tyschse apresuró a decir Stein en un inglés correcto-. Sé que conoce perfectamente el inglés -añadió-. Lamento no poder decir lo mismo del español.

– No se preocupe por eso -respondió, sonriendo, Vicky Lledó.

14.16 h

La señorita Wood llevaba más de tres horas sentada en el césped. Había destapado uno de los zumos que guardaba en el bolso y daba lentos sorbos mientras escrutaba las nubes. Era un lugar pacífico, apropiado para cerrar los ojos y descansar. En cierto sentido le recordaba su casa de Tívoli: la misma banda sonora de verano, cantos de pájaros, ladridos de perros remotos. La casa de Víctor Zericky era pequeña y su valla color verde manzana mostraba señales de haber sido reparada con cierta pericia. En el jardín había flores, una ordenada sociedad de plantas educadas por la mano del hombre. La casa estaba cerrada. No parecía haber nadie.

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