John Verdon - No abras los ojos

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David Gurney se sentía casi invencible… hasta que se topó con el asesino más inteligente con el que jamás había tenido que enfrentarse.
Dave Gurney, el protagonista de la primera novela de John Verdon, Se lo que estás pensando, vuelve para afrontar el caso más difícil de su carrera, una batalla con un adversario implacable que no solo es un inteligente y frío asesino, sino que no tiene reparos en atacar directamente al punto débil de Gurney: su esposa.
Ha pasado un año desde que el exdetective de la Policía de Nueva York consiguió atrapar al asesino de los números y, aunque es su intención retirarse definitivamente junto a su esposa Madeleine, un nuevo caso se le presenta de forma imprevista. Una novia es asesinada de manera brutal durante el banquete de bodas, con cientos de invitados en el jardín, y ese es un reto al que es imposible resistirse.
Todas las pistas apuntan a un misterioso y perturbado jardinero pero nada encaja: ni el móvil, ni la situación del arma homicida y sobre todo, el cruel modus operandi. Dejando de lado lo obvio, Gurney empieza a unir los puntos que le descubrirán una compleja red de negocios siniestros y tramas ocultas.

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– ¿Por qué?-preguntó Hardwick.

Lazarus respondió despacio.

– Las iglesias tratan del bien y del mal. Del crimen y del castigo. -Se encogió de hombros. Aparcó delante de la capilla y apagó el motor-. Pero iglesia o no iglesia, todos pagamos por nuestros pecados de una manera o de otra, ¿no?

– ¿Dónde está todo el mundo?-preguntó Hardwick.

– Dentro.

Gurney levantó la mirada al imponente edificio, cuya fachada de piedra tenía el color de sombras oscuras.

– ¿El doctor Ashton está ahí?-Gurney señaló la puerta en arco de la capilla.

– Les acompañaré. -Lazarus bajó del monovolumen.

Hardwick y Gurney lo siguieron por los escalones de granito y a través de la puerta a un amplio vestíbulo tenuemente iluminado, cuyo olor a Gurney le recordó la parroquia del Bronx de su infancia: una combinación de mampostería, madera vieja y el hollín arcaico de cabos de vela quemados. Era un olor con un extraño poder para transportarlo, que le hacía sentir la necesidad de susurrar, de pisar sin hacer ruido. Se oía un murmullo bajo de numerosas voces, procedente de detrás de un par de pesadas puertas de roble que presumiblemente conducían al espacio principal de la capilla.

Por encima de las puertas, grabadas en un ancho dintel de piedra, se leían las PALABRAS PUERTA DEL CIELO.

Gurney hizo un gesto hacia las puertas.

– ¿El doctor Ashton está ahí dentro?

– No. Las chicas están ahí dentro. Calmándose. Todas están un poco volubles hoy, agitadas por la noticia de la joven Liston. El doctor Ashton está en la galería del órgano.

– ¿La galería del órgano? -Es lo que era. Ahora está reconvertida, por supuesto. Enuna oficina. -Señaló una entrada estrecha al fondo del vestíbulo, que conducía a los pies de una escalera oscura-. Es la puerta que está en lo alto de esas escaleras.

Gurney sintió un escalofrío. No estaba seguro de si se debía a la temperatura natural del granito o a algo en los ojos de Lazarus, que estaba seguro de que seguían fijos en ellos mientras él y Hardwick subían los misteriosos escalones de piedra.

74

Más allá de la razón

E n lo alto de la angosta escalera había un pequeño rellano, extrañamente iluminado por una de las estrechas ventanas escarlatas del edificio. Gurney llamó a la única puerta del rellano. Como las puertas del vestíbulo, parecía pesada, lúgubre, poco halagüeña.

– Pasen. -La voz melosa de Ashton sonó forzada.

La puerta, a pesar de su peso y de que parecía que iba a rechinar, se abrió de manera fluida y silenciosa para darles paso a una habitación bien proporcionada que podría haber pasado por el gabinete privado de un obispo. Librerías de castaño ocupaban dos de las paredes sin ventanas. Había una pequeña chimenea de piedra cubierta de hollín con morillos de bronce viejo. Una antigua alfombra persa cubría todo el suelo, salvo un borde de impecable madera de cerezo de dos o tres palmos de ancho alrededor de toda la estancia. Varias lámparas grandes, encima de mesas auxiliares, daban un brillo ambarino a las tonalidades oscuras de la madera.

Scott Ashton estaba sentado con ceño de preocupación tras un escritorio ornado de roble negro, colocado en un ángulo de noventa grados con la puerta. Detrás de él, en un aparador de roble con cabezas de león labradas en las patas, se hallaba la principal concesión de la sala al siglo presente: un gran monitor de ordenador de pantalla plana. Ashton señaló vagamente a Gurney y Hardwick un par de sillas de terciopelo rojo de respaldo alto situadas frente a él, de la clase que uno podría encontrar en la sacristía de una catedral.

– Las cosas no hacen más que empeorar-dijo Ashton. Gurney supuso que se estaba refiriendo al asesinato de Savannah Liston y que estaba a punto de ofrecer algunas palabras vagas de acuerdo o condolencia.

– Francamente-continuó, dándole la espalda-, este nuevo giro que relaciona el caso con el crimen organizado me resulta casi incomprensible.

En ese momento, se fijó en el auricular Bluetooth, que, junto con la extrañeza de sus comentarios, dejó claro que estaba en medio de una llamada telefónica.

– Sí, lo entiendo… Lo entiendo… Me refiero a que cada paso adelante hace que el caso parezca más extraño… Sí, teniente. Mañana por la mañana… Sí… Sí, lo entiendo. Gracias por informarme.

Ashton se volvió hacia sus invitados, pero por un momento pareció perdido en la conversación que acababa de terminar.

– ¿Noticias?-preguntó Gurney.

– ¿Están informados de esta… teoría de conspiración criminal? ¿Esta… gran trama que podría implicar a mafiosos de Cerdeña?-La expresión de Ashton parecía tensa, entre ansiosa e incrédula.

– Algo he oído-dijo Gurney.

– ¿Cree que hay alguna posibilidad de que sea cierta?

– Una posibilidad, sí.

Ashton negó con la cabeza, contempló su escritorio con expresión desconcertada, luego levantó la mirada hacia los dos detectives.

– ¿Puedo preguntarles por qué están aquí?

– Solo una corazonada-dijo Hardwick.

– ¿Una corazonada? ¿A qué se refiere?

– En todos los casos hay un punto en común donde todo converge. Así que el lugar en sí se convierte en clave. Podría ser de gran ayuda para nosotros dar una vuelta, ver lo que podamos ver.

– No estoy seguro de que…

– Todo lo que ha ocurrido parece tener un vínculo que lo devuelve a Mapleshade. ¿Estaría de acuerdo con eso?

– Supongo. Quizá. No lo sé.

– ¿Me está diciendo que no ha pensado en ello?-Había cierta brusquedad en el tono de Hardwick.

– Por supuesto que he pensado en ello. -Ashton parecía perplejo-. Es solo que no puedo… verlo con claridad. Quizás es que me falta distancia.

– ¿El apellido Skard significa algo para usted?-preguntó Gurney.

– El detective al teléfono acaba de hacerme la misma pregunta, algo sobre una horrible banda familiar de Cerdeña. La respuesta es no.

– ¿Está seguro de que Jillian nunca lo mencionó?

– ¿Jillian? No. ¿Por qué iba a hacerlo?

Gurney se encogió de hombros.

– Es posible que Skard fuera el verdadero apellido de Héctor Flores.

– ¿Skard? ¿Cómo iba Jillian a saber eso?-No lo sé, pero aparentemente hizo una búsqueda en Internet para averiguar más sobre ello.

Ashton negó con la cabeza otra vez, y el gesto se pareció a un escalofrío involuntario.

– ¿Cuánto más espantoso ha de volverse esto antes de acabar?-Era más un gemido de protesta que una pregunta.

– ¿Ha dicho algo al teléfono ahora mismo sobre mañana por la mañana?

– ¿Qué? Ah, sí. Otro giro. Su teniente siente que este ángulo de la conspiración lo hace todo más urgente, así que está apretando la agenda para hablar con nuestras estudiantes mañana por la mañana.

– Entonces, ¿dónde están?

– ¿Qué?

– Sus estudiantes. ¿Dónde están?

– Oh. Disculpe, es que todo esto ha supuesto un gran… Están abajo, en la capilla. Ha sido un día complicado. Oficialmente, las estudiantes de Mapleshade no tienen comunicación con el mundo exterior. Ni televisión, ni radio, ni ordenadores, ni iPods, ni móviles, nada. Pero siempre hay filtraciones, siempre alguien logra meter algún artefacto u otro, y por supuesto están enteradas de la muerte de Savannah y, bueno, ya se lo pueden imaginar. Así que hemos entrado en lo que un centro más severo llamarían «modo de confinamiento». Por supuesto, no lo denominamos así. Aquí todo está diseñado para que sea más suave.

– Salvo el alambre de espino-dijo Hardwick.

– El objetivo de la alambrada es mantener los problemas fuera, no a la gente dentro.

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