John Verdon - No abras los ojos

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David Gurney se sentía casi invencible… hasta que se topó con el asesino más inteligente con el que jamás había tenido que enfrentarse.
Dave Gurney, el protagonista de la primera novela de John Verdon, Se lo que estás pensando, vuelve para afrontar el caso más difícil de su carrera, una batalla con un adversario implacable que no solo es un inteligente y frío asesino, sino que no tiene reparos en atacar directamente al punto débil de Gurney: su esposa.
Ha pasado un año desde que el exdetective de la Policía de Nueva York consiguió atrapar al asesino de los números y, aunque es su intención retirarse definitivamente junto a su esposa Madeleine, un nuevo caso se le presenta de forma imprevista. Una novia es asesinada de manera brutal durante el banquete de bodas, con cientos de invitados en el jardín, y ese es un reto al que es imposible resistirse.
Todas las pistas apuntan a un misterioso y perturbado jardinero pero nada encaja: ni el móvil, ni la situación del arma homicida y sobre todo, el cruel modus operandi. Dejando de lado lo obvio, Gurney empieza a unir los puntos que le descubrirán una compleja red de negocios siniestros y tramas ocultas.

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– Y tampoco es algo en lo que el laboratorio habría reparado-dijo Hardwick.

– Por supuesto que no. El análisis de la sangre no se habría hecho hasta el día siguiente como muy pronto y, para entonces, una diferencia de una hora o dos en el tiempo de origen de las dos muestras habría resultado indetectable, salvo que se realizaran pruebas sofisticadas para examinar ese factor en concreto. Pero a menos que tú o el forense lo hubierais advertido, no había ninguna razón para hacerlo.

Hardwick estaba asintiendo poco a poco, con mirada penetrante y reflexiva.

– Eso pone en entredicho algunas de las suposiciones de las que hemos partido, pero ¿adónde nos lleva?

– Buena pregunta-dijo Gurney-. Quizás es solo una indicación más de que todas las hipótesis iniciales de este caso eran erróneas.

La eficiente voz femenina del GPS lo instó a continuar un kilómetro más en línea recta y luego girar a la izquierda.

El giro estaba señalado por un sencillo cartel en blanco y negro en un poste de madera negra: CAMINO PARTICULAR. El sendero estrecho pero bien asfaltado pasaba a través de una pineda con ramas que colgaban desde ambos lados, lo cual creaba la sensación de un túnel excavado en la vegetación. A unos ochocientos metros de esta inacabable pérgola natural, pasaron a través de una verja abierta en una alambrada y se detuvieron ante una barrera que estaba bajada. Junto a ella había una bonita cabina de cedro. En la pared que Gurney tenía delante, en un elegante cartel en azul y dorado se leía: ACADEMIA RESIDENCIAL MAPLESHADE. SOLO VISITAS CONCERTADAS. Un hombre de constitución gruesa y cabello gris salió de detrás de la cabina. Sus pantalones negros y su camisa gris daban la impresión de formar parte de una suerte de uniforme. Tenía la mirada neutra y apreciativa de un policía retirado. Sonrió con educación.

– ¿Puedo ayudarles?

– Dave Gurney e investigador jefe Jack Hardwick, de la Policía del estado de Nueva York. Hemos venido a ver al doctor Ashton.

Hardwick sacó su cartera y extendió su placa del DIC hacia la ventana de Gurney.

El vigilante examinó las credenciales con atención y puso cara avinagrada.

– Muy bien, quédense aquí mientras llamo al doctor Ashton. -Con la mirada fija en los visitantes, el hombre marcó un código en su teléfono y empezó a hablar-. Señor, el detective Hardwick y el señor Gurney están aquí para verle. -Una pausa-. Sí, señor, aquí mismo. -El vigilante les lanzó una mirada nerviosa y habló al teléfono-. No, señor, no hay nadie más con ellos… Sí, señor, por supuesto. -El vigilante le pasó el teléfono a Gurney, quien se llevó el receptor al oído.

Era Ashton.

– Detective, me temo que me pilla en medio de algo. No estoy seguro de que pueda verle…

– Solo necesitamos hacerle unas cuantas preguntas, doctor. Y quizás alguien del personal pueda mostrarnos después las instalaciones. Solo queremos hacernos una idea de cómo es el lugar.

Ashton suspiró.

– Muy bien. Sacaré unos minutos para ustedes. Alguien irá a buscarles enseguida. Por favor, páseme otra vez al vigilante de seguridad.

Después de confirmar la autorización de Ashton, el vigilante señaló una pequeña zona de grava que se extendía justo después de la cabina.

– Aparquen aquí. No pasan coches más allá de este punto. Esperen a su acompañante.

La barrera se levantó al cabo de un momento y Gurney cruzó hasta la pequeña zona de aparcamiento. Desde esa posición podía ver una extensión más larga de la valla que la que se veía al acercarse. Le sorprendió observar que, salvo la porción contigua al camino y la cabina, la valla estaba coronada por alambre de espino.

Hardwick también se había fijado.

– ¿Crees que es para que las chicas no salgan o para que no entren los chicos del pueblo?

– No había pensado en los chicos-dijo Gurney-, pero puede que tengas razón. Una escuela secundaria llena de jovencitas obsesas sexuales, aunque sus obsesiones sean infernales, podría ser todo un imán.

– Quieres decir sobre todo si son infernales. Cuanto más calientes, mejor-contestó Hardwick, saliendo del coche-. Vamos a charlar con el tipo de la verja.

El vigilante, todavía de pie delante de su cabina, les dedicó una mirada de curiosidad, más amistosa ahora que habían aprobado su entrada.

– ¿Es sobre la joven que trabajaba aquí?

– ¿La conocía?-preguntó Hardwick.

– No, pero sabía quién era. Trabajaba para el doctor Ashton.

– ¿Lo conoce?

– Más de verlo que de hablar con él. Es un poco, ¿cómo lo diría?, ¿distante?

– ¿Estirado?

– Sí, diría que es estirado.

– ¿Así que no es el hombre con el que trata?

– No. Ashton no se relaciona con nadie. Un poco demasiado importante, ¿sabe lo que quiero decir? La mayoría del personal de aquí trata con el doctor Lazarus.

Gurney detectó un desagrado no demasiado disimulado en la voz del vigilante. Esperó a que Hardwick lo explotara. Cuando no lo hizo, Gurney preguntó:

– ¿Qué clase de persona es Lazarus?

El vigilante vaciló, parecía estar buscando una forma de explicar algo sin decir nada que pudiera ponerlo en peligro.

– He oído que no es un hombre de sonrisa fácil-dijo Gurney, recordando la descripción poco halagüeña de Simon Kale.

Aquel empujoncito bastó para abrir una grieta en la pared.

– ¿Sonrisa fácil? Dios, no. Bueno, no pasa nada, supongo, pero…

– Pero ¿no es demasiado agradable?-soltó Gurney.

– Es solo que, no lo sé, es como que está en su propio mundo. A veces estás hablando con él y tienes la sensación de que el noventa por ciento de él está en alguna otra parte. Recuerdo una vez…-Dejó la frase a medias al oír el sonido de neumáticos rodando lentamente en la grava.

Todos miraron hacia la pequeña zona de aparcamiento y al monovolumen azul oscuro que estaba deteniéndose junto al coche de Gurney.

– Aquí lo tienen-dijo el vigilante entre dientes.

El hombre que salió del monovolumen tenía una edad indeterminada, pero distaba mucho de ser joven, con rasgos regulares que hacían que su rostro pareciera más artificial que atractivo. Su cabello era tan negro que solo podía ser teñido; el contraste con su piel pálida era asombroso. Señaló la puerta de atrás del monovolumen.

– Por favor, pasen, agentes-dijo al tiempo que subía al asiento del conductor. Su intento de sonrisa, si se trataba de eso, parecía la expresión tensa de un hombre al que la luz del día le resulta desagradable.

Gurney y Hardwick entraron detrás de él.

Lazarus conducía despacio, mirando con intensidad al suelo que tenía delante. Después de unos cientos de metros, trazaron una curva; los pinos dieron paso a una especie de parque de hierba cortada y arces espaciados. El sendero se enderezaba en una alameda clásica, al final de la cual se alzaba una mansión victoriana neogótica con varias edificaciones más pequeñas de diseño similar a ambos lados. Delante de la mansión, el camino se bifurcaba. Lazarus tomó el de la derecha, lo cual los llevó en torno a unos arbustos ornamentales hasta la parte posterior del edificio. Allí el camino bifurcado volvía a unirse en una segunda alameda que continuaba, sorprendentemente, hasta una gran capilla de granito oscuro. Sus ventanas estrechas de vidrio tintado podrían en un día más alegre haber dado la impresión de lápices rojos de tres metros de alto, pero en ese momento a Gurney le parecieron cuchilladas sangrientas en la piedra gris.

– ¿La escuela tiene su propia iglesia?-preguntó Hardwick.

– No. Ya no es una iglesia. La desacralizaron hace mucho tiempo. Lástima, en cierto sentido-añadió con un toque de esa desconexión que había descrito el guardia.

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