Cuando Rebecca vivía en el campo con su marido el carpintero, los ingresos de éste eran suficientes para satisfacer las necesidades de un hogar confortable con una habitación de más para el joven Daniel. El chico se había trasladado a vivir con Ambrose y con ella a la muerte de su madre. Luego llegó la guerra y Ambrose se alistó en el Ejército. En la salvaje batalla de Stones River, Ambrose fue hecho prisionero por los confederados y encarcelado en Danville. Cuando regresó, dos años más tarde, no era más que su esqueleto, débil y consumido. Le había empeorado el carácter; la golpeaba en la cabeza y los brazos con frecuencia, y pegaba a Daniel cada vez que intervenía. La rueda de palizas y represalias se convirtió en un patrón de conducta que parecía ser lo único que mantenía a Ambrose con vida. Rebecca hizo lo que pudo para sacar a Ambrose de aquella violencia, pero cuando comprobó que era imposible protegerse a sí misma y a su hermano reunió valor para abandonarle. Sé llevó a Daniel a Boston, donde había oído que se ofrecían nuevas oportunidades de trabajos para mujeres en las oficinas, en lo que los periódicos calificaban de economía de posguerra.
De eso habían pasado ya más de tres años. Cuando pudo permitirse pagar las costas y tras un largo proceso en los tribunales, logró divorciarse de su marido. Ambrose, una vez que se lo hubo notificado un abogado rural, no puso objeciones, notificando sin embargo en una carta al juez de Boston que, de todas maneras, el cuerpo excesivamente delgado de Rebecca se había negado a darle hijos y que el entrometido de su hermano era insoportable.
Según las leyes de Massachusetts, tenían que pasar dos años antes de que el divorcio fuera efectivo y pudiera casarse otra vez. Hasta entonces le estaba legalmente prohibido establecer cualquier tipo de relación romántica con un hombre. Durante ese período de espera, del que todavía quedaba un año, cualquier violación, real o aparente, de la ley anularía de inmediato el divorcio y no se le permitiría casarse otra vez.
Volver a convertirse en esposa no era lo que más le preocupaba mientras se preparaba para cambiarse a la habitación de arriba. Las demás asistentes podían hablar lo que quisieran de casarse y del lugar en el que conocerían a su mítico futuro marido y de que la última revista de señoras aseguraba que afeitarse la cabeza por completo proporcionaba un cabello más lustroso cuando volviera a salir. Todo aquello no iba con ella. A pesar de todo, Rebecca sentía que era una privilegiada en su situación actual. Había conocido el matrimonio y no le había dado más que disgustos. Su puesto en la empresa era otra cosa. Bien es verdad que tanto ella como sus compañeras de la oficina eran «asistentes», ni siquiera administrativas, y cobraban una cuarta parte de lo que cobraban la mayoría de los hombres que trabajaban en Fields, Osgood & Co., lo mismo que en todas las demás empresas. Pero disfrutaba de su trabajo y éste la mantenía en una ciudad llena de mujeres jóvenes dispuestas a arrebatarle tanto su puesto como su habitación. Por eso, y por la confianza que había demostrado Osgood en su capacidad para cuidar de sí misma, le había dado las gracias espontáneamente antes de irse de la oficina.
Podía parecer algo extraño sentirse aliviada al cambiar un hogar y un marido por una exigua habitación de pensión y un trabajo de oficina de jornada completa, pero así lo sentía. Recordó las palabras de la señora Gamp, el parlanchín personaje de Dickens: «Es poco lo que necesita, y no tiene ni ese poco». Lo poco que necesitaba Rebecca sí lo tenía.
En especial libros. Cuando vivía de pequeña en la granja de su familia, los libros eran su compañía, alimentaban su mente. Se habían quedado con la biblioteca de un anciano que vivía a unas puertas de su casa y había muerto sin familia. Ella permanecía despierta hasta tarde viviendo a la luz de una vela las aventuras de Robinson Crusoe y el doctor Frankenstein, Jane Eyre y Oliver Twist. Al vivir en la ciudad le sorprendió que los bostonianos fueran muy críticos y exigentes con sus lecturas, ya que nunca se le había ocurrido que se pudieran juzgar los libros en vez de devorarlos. Pensó que al trabajar en una editorial tal vez aprendería a tener una visión más selectiva de los méritos morales y literarios de los libros. Y si la llamaban tenedora de libros el resto de sus días, ¿qué tendría que objetar?
Cuando le tocó recoger la parte de Daniel del cuarto empezó a sentirse exhausta. Se quedó sin energía. Antes de que se mudaran a Boston Daniel solía hablar de que pensaba embarcarse como marinero. Cuando Rebecca huyó de Ambrose y pidió el divorcio, Daniel no volvió a hablar de aquellos sueños de marinería, nunca lo utilizó como excusa para abandonarla después de que dejara a su marido. Pero, sin alboroto, había empezado a construir maquetas de barcos dentro de pequeñas botellas de cristal. A veces a ella le gustaba observarle mientras trabajaba con pericia y pensaba en que un día, en el futuro, le animaría a hacer un viaje de dos años como marinero de un barco mercante. Por fin podría salir de aquella vida embotellada. Ahora envolvía delicadamente aquellos objetos con cuidado de que ninguna lágrima salpicara el cristal.
Una parte de ella intentaba fingir que Daniel no había muerto, que simplemente se encontraba a bordo de aquel barco viviendo una aventura comercial en un lejano viaje a Oriente o África. Cerraba los ojos y los volvía a abrir dentro de las asombrosas creaciones de su hermano, se veía a sí misma en los barcos, dentro de las botellas, viviendo los sueños del chico. Un pensamiento poco común para una mujer joven cuya vida estaba en aquel momento marcada por la supervivencia y el aislamiento, el sueño opuesto al de todas las demás chicas que conocía, con sus cintas en el pelo y plumas en los sombreros.
Nada más llegar los hermanos Sand a Boston, Daniel se había hecho amigo de un primo lejano, un chico mayor indolente e hipócrita. Daniel y su primo bebían juntos y acabó por convertirse en un problema de embriaguez crónica. Ella sola se ocupó de cuidarle a lo largo de este período y cuando Daniel, con catorce años, juró que había acabado con aquel vicio, le creyó sin reservas y le llevó a Fields, Osgood & Co. para buscarle un trabajo como aprendiz.
Fue en lo primero que pensó cuando Osgood le comunicó el accidente de Daniel. ¿Habría vuelto a su viejo estado de embriaguez reiterada? ¿Venía de una de las tabernas destartaladas que salpicaban los muelles? Luego pensó un rato y se dijo… Imposible. ¡Era imposible! Ella lo habría sabido. Había pasado antes por ello. Conocía todas las señales… Lo habría sabido.
Aquel mismo día, antes de su muerte, le había visto trabajando con pulso firme en la concienzuda disposición de las troneras con los diminutos alicates dentro del gollete de la botella. Ésa era la ocupación de alguien muy sobrio.
La tarde siguiente J. T. Fields se presentó en el despacho de Osgood para hablar con él. Había estado leyendo los últimos capítulos de El misterio de Edwin Drood que les habían vuelto a mandar de Londres. Fields agarró a Osgood del brazo y le condujo escaleras abajo.
Sentados en el comedor de empleados de la empresa, Osgood leyó el recién llegado paquete de páginas y escuchó las ideas de su socio. Fields comió lengua estofada y una ensalada, limpiándose la barbilla cada vez que paraba para hablar.
– Una historia misteriosa y fascinante. Resulta que ese joven, Edwin Drood, desaparece y su tío John Jasper es sospechoso no sólo de haberle hecho algo inconfesable, sino también de desear a la joven prometida de Drood. Y entonces se pone en marcha una investigación conducida por un misterioso recién llegado llamado Dick Datchery. Pero con las páginas que tenemos no podemos saber cómo iba a reaparecer Edwin Drood y a ejecutar su venganza.
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