Osgood suspiró sintiéndose otra vez como si fuera un empleado de poca monta y con la sensación de que todo lo que le rodeaba estaba a punto de desvanecerse. Entonces lanzó el sombrero encima de la silla y se dirigió a su socio principal:
– No podemos quedarnos cruzados de brazos -dijo Osgood-. Tal vez no se pueda hacer nada, pero tenemos que intentarlo. Vamos a publicarla, y a publicarla bien. Antes de que lo haga el Mayor Harper. ¡Media novela de Dickens es media más que cualquier otra novela de las estanterías!
– ¡Bah! ¿De qué sirve una novela de misterio sin el final? Nos metemos en la historia del joven Edwin Drood y luego… ¡nada! -gritó Fields. Pero empezó a pasear de un lado a otro de la estancia, con un brillo tranquilizador en los ojos. Emitió un largo suspiro, como si expulsara su anterior desaliento. De repente volvía a ser el Fields de Osgood, el hombre de negocios imbatible-. En parte tiene razón, Osgood. La mitad de la razón, diría yo. ¡Sin embargo, no debemos conformarnos con la mitad de nada, Osgood!
– ¿Y qué alternativa tenemos? Eso es lo único que ha dejado.
– Ese hombre acaba de morir… Estoy seguro de que en Inglaterra todo es caos y pena. Tenemos que descubrir lo que podamos sobre cómo pensaba acabar la novela Dickens. Si conseguimos revelar exclusivamente en nuestra edición cómo pensaba terminarla, venceremos a los sibilinos piratas literarios.
– ¿Cómo vamos a hacerlo, señor Fields? -preguntó Osgood cada vez más excitado.
– Valor. Voy a ir a Londres y a utilizar mi conocimiento de los círculos literarios para investigar lo que Dickens tenía en mente. Puede que incluso escribiera algo más antes de su muerte que no tuvo la oportunidad de entregar a su editor. Puede que esté guardado en algún cajón cerrado mientras su familia llora desconsolada y se pone de luto. Debo actuar con frialdad hasta que descubra al menos una pista de sus intenciones. Sí, sí. Hay que llevarlo con sigilo, no contar a nadie fuera de estas paredes nuestro plan.
– Nuestro plan -se hizo eco Osgood.
– Sí. ¡Encontraré un final para el misterio de Dickens!
Aquel día de junio Osgood pasó de llorar discretamente la muerte de Charles Dickens a entregarse en cuerpo y alma a poner en práctica sus planes. Le pidió a Rebecca que telegrafiara a John Forster, el albacea de Dickens, un importante mensaje: Urgente. Envíe todo lo que haya de Drood a Boston inmediatamente . Tenían ya los tres primeros episodios y necesitaban el cuarto, el quinto y aquel sexto episodio que los periódicos decían que estaba acabando cuando murió. Osgood ordenó al impresor que preparara inmediatamente la copia existente de El misterio de Edwin Drood con las páginas de adelanto que ya tenían. De esta manera, estarían listos para añadir lo que se pudiera averiguar del final y entrar en máquinas de inmediato.
Osgood también se ocupó durante la semana siguiente de ayudar a solucionar los detalles del viaje de Fields a Londres. El socio principal partiría tan pronto como pudiera resolver algunos asuntos inaplazables de la empresa. No mucho después de la muerte de Dickens, el agente Carlton les transmitía la impactante noticia de la muerte de Daniel. Osgood le había mandado a los muelles a recoger aquellos tres últimos episodios que enviaban de Inglaterra en respuesta a su apremiante telegrama. Era una prueba más de la habilidad de Osgood para evitar que la emoción le paralizara.
El incomprensible accidente de Daniel Sand sumió el corazón de Osgood en una tristeza más íntima y desconocida que la que le había producido la muerte de Dickens. La pérdida del escritor era compartida con millones de personas de todo el mundo como golpe personal para todos los hogares y corazones. Las tiendas cerraron el día que se conoció la noticia, las banderas se pusieron a media asta. Pero ¿al pobre Daniel? ¿Quién le lloraría? Osgood, por supuesto, y, naturalmente, su hermana Rebecca, la asistente particular de Osgood. Por lo demás, sería una muerte invisible. Cuánto más real parecía, de alguna manera, que la apoteosis de Dickens.
Cuando murió Daniel, Osgood esperaba que Rebecca dejara de ir a trabajar durante unos días. Pero no lo hizo. Se mantuvo tan estoica como siempre y, vestida de crespón y muselina negros, no faltó ni un solo día de trabajo.
La policía dejó en manos de Osgood la tarea de comunicar a Rebecca la muerte de Daniel. Mientras se lo decía, ella se puso a ordenar sus cosas, como si quisiera estar ocupada y no tuviera tiempo de escucharle. Apretó los dientes para contener la lucha que tenía lugar tras su rostro imperturbable. Con los ojos cerrados, sus finos labios se quebraron y no tardó en perder la batalla y desmoronarse en su silla con la cabeza entre las manos.
– ¿Hay algún pariente al que debería avisar? -preguntó Osgood-. ¿Sus padres?
Ella negó con la cabeza y aceptó el pañuelo que le ofrecía.
– Nadie. ¿Sufrió mucho Daniel?
Osgood hizo una pausa. No le había hablado de las sospechas de la policía sobre su consumo de opio, de las delatoras marcas de pinchazos en su brazo. En ese momento decidió no contárselo. El afecto que sentía por Rebecca era demasiado fuerte y los detalles de la muerte de Daniel demasiado dolorosos para describírselos. Ocultárselo sería una bendición para ambos.
– No creo que sufriera -dijo Osgood con cariño.
Ella levantó la mirada con los ojos enrojecidos.
– ¿Me diría una cosa más, por favor, señor Osgood? ¿De dónde venía? -preguntó dedicándole toda su atención.
– Creemos que del puerto, ya que ocurrió en Dock Square. Tenía que recoger unos papeles en el muelle antes… antes del accidente.
Ella frunció los labios y los ojos se le humedecieron antes de que pudiera decir nada más. Aunque él no habría juzgado ninguna reacción por parte de ella, admiraba cómo Rebecca no había intentado ni hacer un despliegue de dolor, ni ocultarlo. Sin pensarlo, le tomó una de las manos y la sostuvo entre las suyas. Fue un gesto de autoridad y consuelo. Era la primera vez que tocaba a su asistente, ya que cualquier contacto físico entre hombres y mujeres estaba prohibido por las normas de la empresa. Le sujetó la mano hasta que pareció estar más tranquila, luego la soltó.
Al cabo de una semana ella siguió yendo a trabajar sin tomarse ningún tiempo libre y Osgood la invitó a pasar a su despacho, dejando la puerta abierta en nombre del decoro.
– Usted sabe que habríamos considerado aceptable que se tomara su tiempo para llorar la muerte de Daniel.
– Dejaré de llevar luto a la oficina si eso supone una distracción, señor Osgood -dijo ella-. Pero no dejaré de venir, si no le importa.
– Por mi alma, Rebecca… No se empeñe tanto en disimular su dolor -dijo Osgood.
Osgood sabía que el trabajo significaba para Rebecca mucho más que para la mayoría de las chicas. Algunas, que solicitaban el puesto con manifestaciones de entusiasmo, contaban los días que pasaban en sus escritorios hasta que lograran un hombre con el que casarse, a pesar de que, desde la guerra, las mujeres superaban con creces el número de hombres en la ciudad y la búsqueda de pretendientes podía ser prolongada. También sabía que a Rebecca le preocupaba mostrar debilidad ante Fields, incluso en aquellas circunstancias. La idea de que trabajaran en la oficina mujeres jóvenes era una cosa. Las mujeres divorciadas eran otra.
– Muy bien, señorita Sand. Respetaré sus deseos -dijo Osgood, tras lo cual ella regresó a las tareas que le esperaban en su mesa.
La disolución del matrimonio de Rebecca había sido la primera razón para que se trasladara del campo a la ciudad, acompañada de su hermano menor en funciones tanto de pupilo como de guardián. Osgood necesitó dos días y medio para convencer a Fields de lo impresionante y preparada que le había parecido en la primera reunión que tuvieron, aunque, después de ser contratada, Osgood nunca comentó a Rebecca aquella campaña privada. Él no veía su divorcio como un impedimento ni deseaba sugerir que lo fuera para nadie.
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