– Y eso que usted está acostumbrado -dijo Torres, mirando hacia el vestíbulo y tapándose la boca con un pañuelo.
– Yo no voy a poder dormir esta noche -repitió Cristóbal.
Carvajal debía hacerse cargo de la situación, si bien no tenía idea de cómo. Ante sus hombres convenía mantener la autoridad, basada en el conocimiento, la experiencia y la facultad de afrontar casos como aquél sin pestañear. Le costaba trabajo permanecer ante los cadáveres sin vomitar, pero su rango así lo dictaba. Por tanto, decidió:
– Ya que nosotros no sabemos de esto, ni contamos con los medios necesarios, habrá que llamar a los federales. No toquéis nada, para no borrar las huellas. Y, mientras llegan, Cristóbal, vete a buscar al doctor Ferrer y le explicas lo que hay, por si tiene idea de qué hacer. Lo dudo, pero al menos que eche una ojeada. Tráete también a Segismundo, porque aquí hay mucho más trabajo que en la oficina. Tú -apuntó hacia atrás, sin mirar, hacia donde debía estar su otro ayudante- llama por la radio y que Adela se comunique con los de Homicidios de Ciudad Valdés.
– ¿Será un rito satánico? -preguntó Torres, que se colocó a un lado de la puerta y miró hacia la calle.
– No sé qué será, pero estoy seguro de que es demasiado para este pueblo. Los Méndez eran buena gente, y nadie de por aquí les haría algo así. Ni siquiera matarían con tal crueldad a un animal.
– Ya me marcho, jefe -anunció Cristóbal-. Como voy a pie, tardaré más de media hora.
– Necesito la patrulla -dijo el jefe-. Que te traiga alguien.
– Yo voy a… -dijo Torres, caminando con rapidez hacia la salida.
– Está bien. Mientras, yo interrogaré a los vecinos. ¿Sigue ése ahí fuera?
La voz de Mauricio llegó lejana. Había decidido que estaba mucho mejor avisando a los federales, o a quien el jefe quisiese, que dentro de la casa. Por ello, cogió la radio y se comunicó con la comisaría. Podía haber contactado con el doctor por aquel medio, pero Carvajal quiso alejar a Cristóbal antes de que se desmayase. Seguramente tampoco necesitaba a Torres, pero alguien debía estar atento a la radio. Posiblemente los de Ciudad Valdés les diesen instrucciones de recabar algunos datos. No era un experto, pero podía asegurar que los dos muertos llevaban un buen tiempo en tal estado, por lo que las pruebas no serían nada recientes.
El jefe salió de la casa y fue directamente hacia el auto azul del vecino que los había avisado. Le conocía, pero no recordaba su nombre; así que simplemente le tuteó:
– ¿Cómo lo descubriste?
El hombre salió del auto. Era un gordito de rostro colorado, que había dejado lo rosado aquella mañana para volverse cerúleo, con un tono amarillo similar al del pasto seco del entorno. Vestía un pantalón con tirantes y peto, de los típicos de agricultor, y llevaba una gorra sucia en la mano derecha, así como un humeante cigarrillo en la izquierda. Además de fumar, mascaba chicle con tal enjundia que indudablemente le dolían las muelas. Carvajal se había apoyado en el coche, por lo que el vecino hizo lo mismo, a su derecha, ambos de espaldas a la casa.
– Esta mañana, llamé a la puerta y no me abrieron. Se me hizo raro, ya que había quedado con Antonio para echar un vistazo a unos terrenos que vende su tío. Volví a llamar, y nada. Fui a ver si su coche estaba detrás de la casa. Al encontrarlo, imaginé que seguían dormidos, aunque ya eran las nueve. Puesto que había ido al patio trasero, me asomé por la ventana de la cocina. Me subí en uno de esos maderos… y -resopló- salí corriendo. No paré de correr hasta estar en casa. Dejé mi auto aquí -señaló el vehículo en el que ambos estaban apoyados-, porque no podía conducir. No sé cómo logré mover los pies. Cuando llegué a casa, le dije a mi mujer que…
– Nos llamó -cortó el jefe-. ¿No has visto a nadie extraño por aquí? ¿Ningún tipo merodeando?
– No. No he visto a nadie. Pero yo vivo un poco alejado. Opino que, si alguien pasó por el camino, le verían los Valbuena.
Señaló la casa más cercana, situada a unos trescientos metros. Su fachada daba al camino, y la construcción se ubicaba a unos veinte metros de éste. Contaba con un porche en donde seguramente sus habitantes pasaban alguna parte del día y las horas de la noche en que refrescaba.
– Ahora voy a verlos. Si quieres, vete a casa. Si te necesito, ya sé dónde vives.
– Bien, jefe. Todavía estoy temblando. ¿Quién habrá hecho esto?
– Uno de los millones de locos que hay sueltos en este mundo. Y lo peor es que, siendo la Tierra tan grande, ha tenido que venir a defecar a mi pueblo.
El vecino se quedó un segundo pensativo. No entendía algo, y transformó en palabras su duda:
– ¿Se dice defecar cuando les matan así de horrible?
– Pues no, pero viene a ser lo mismo.
El Gordo Carvajal se dirigió caminando hacia la casa más cercana, la de la familia Valbuena. El mediodía estaba al caer y el sol castigaba con rudeza a quienes anduviesen a la intemperie; y el jefe era, por su gran anatomía, su exceso de grasa y su poca condición física, un objetivo perfecto.
No necesitó llamar a la puerta, ya que ambos esposos se encontraban en el porche, intrigados por lo que acontecía en la casa cercana; no por la novedad del terrible crimen, pues la noticia de lo sucedido se propaló por el barrio como un reguero de pólvora, sino por lo que pudieran obtener los sabuesos. Habían transcurrido tres horas desde que se descubrieron los cadáveres, tiempo suficiente para que todo el mundo se enterase y estuviese a la expectativa.
Una vez que estuvo al amparo del tejado del porche, el Gordo se acomodó en una mecedora y aceptó un vaso de limonada que le ofreció la señora Valbuena. Luego, ante la ansiedad de noticias de la pareja, declaró que sabía lo mismo que ellos, excepto que él sí había visto la dantesca escena. Los vecinos se contentaron con el testimonio de quien descubrió la carnicería, y nadie se interesó por verificar si la descripción era correcta.
Sergio Valbuena quiso conocer los detalles morbosos, que pudo verificar ocularmente con tan sólo desplazarse unos metros, pero tuvo miedo; mientras que Rosario, su esposa, prefirió eludirlos, por lo que se metió un momento en la casa, para que el jefe explicase la parte desagradable. Salió enseguida, al darse cuenta de que su curiosidad era mucho mayor que el escrúpulo que le produciría el sadismo de la matanza. Eugenio, pues así se llamaba el vecino de quien el jefe había olvidado el nombre, dijo que había sangre por doquier y que la mujer -ya que él, desde la ventana, no alcanzó a ver al hombre- tenía la cabeza colgando y parecía una oveja a la que hubiesen atacado varios lobos.
Una vez enterados de lo que los vecinos no pudieron describir y de quedarse pálidos por lo escuchado, se pusieron a disposición del Gordo, en lo poco que pudiesen aportar. Y sí habían visto algo, aunque no le concedieron importancia. Ahora comprendían que la tuvo, pero…
– ¿Cómo iba yo a saber que se trataba de un loco?
Los Valbuena eran un matrimonio joven, que habían comprado aquella granja hacía cinco años, cuando él sufrió un accidente que le tuvo unos meses en cama. El seguro le pagó un buen dinero, y consideraron que en su empleo en la construcción había mucho riesgo, por lo que prefirieron cuidar gallinas. Tampoco supusieron que la civilización pudiese perseguirlos hasta el pueblo; pero ya estaba allí, y les mostraba uno de sus más terribles estigmas.
– Aún no sabemos nada -admitió el jefe-. Dices que ayer, como a las ocho, oíste el ruido de dos autos.
– Así es. Como fue domingo, vinimos a casa temprano, y yo estaba fuera, regando la huerta -señaló la parte delantera de la casa, entre ésta y la vereda-, cuando vi que pasaba el auto de Méndez. Él tubo de escape mete mucho ruido, y desde lejos se sabe que viene. Y poco más tarde pasó un auto rojo, de los pequeños, esos japoneses o chinos. Fue hasta la casa de Méndez, y luego siguió un poco más adelante, hacia el bosquecito.
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