Recordé que había hecho este movimiento cuando me hallaba ante él en la granja de los páramos, encañonado por las pistolas de sus criados.
Fue un pequeño detalle, que sólo duró un segundo, y había un millar de probabilidades contra una de que en aquel momento yo estuviera mirando mis cartas y no lo viese. Pero lo vi, y, en un instante, el aire pareció aclararse. Las sombras de mi cerebro se desvanecieron y observé a los tres hombres de un modo muy distinto.
El reloj de la repisa de la chimenea dio las diez.
Las tres caras parecieron cambiar ante mis ojos y revelar sus secretos. El joven era el asesino. Ahora vi crueldad donde antes sólo había visto buen humor. Estaba seguro de que su cuchillo era el que había atravesado el corazón de Scudder. Otro de su misma calaña había atravesado a Karolides con una bala.
Las facciones del hombre gordo parecieron borrarse y formarse de nuevo mientras yo las contemplaba. No tenía una cara, sólo un centenar de máscaras que podía ponerse cuando quería. Este individuo debía ser un excelente actor. Quizá hubiera sido lord Alloa la noche anterior; quizá no, no importaba. Me pregunté si habría sido el que encontró a Scudder y le dejó la tarjeta en el buzón. Scudder me dijo que ceceaba, y me imaginé cómo podía llegar a aterrorizar la adopción del ceceo.
Pero el anciano era la flor y nata del grupo. Era totalmente cerebral, frío, calculador, tan cruel como un martillo a vapor. Ahora que mis ojos se habían abierto me pregunté dónde había visto la benevolencia. Su mandíbula parecía de acero, y sus ojos tenían la inhumana luminosidad de los de un pájaro. Seguí jugando, y el odio fue creciendo en mi interior.
Me asfixiaba, y no pude contestar cuando mi pareja me habló. No resistiría su compañía mucho rato más.
– ¡Caramba! ¡Bob! Mira qué hora es -dijo el anciano-. Sería mejor que te apresurases si no quieres perder el tren. Bob tiene que ir esta noche a la ciudad -añadió, volviéndose hacia mí. Ahora sí que noté la falsedad de su voz.
Miré el reloj, y vi que eran casi las diez y media.
– Me temo que deberá retrasar su viaje -dije.
– Oh, maldita sea -exclamó el joven-, pensaba que había olvidado esas tonterías. No tengo más remedio que irme. Le daré mi dirección y todas las seguridades que quiera.
– No -repliqué-, tiene que quedarse.
Creo que entonces se dieron cuenta de que su situación era desesperada. Su única oportunidad había sido convencerme de que estaba haciendo el ridículo, y en eso habían fallado. Pero el anciano habló de nuevo.
– Yo respondo de mi sobrino. Eso debería bastarle, señor Hannay -¿fueron imaginaciones mías, o percibí realmente un cambio en la suavidad de aquella voz?
Debió ser así, porque cuando le miré parpadeó de aquel modo tan similar al de un halcón que el miedo había grabado en mi memoria.
Toqué mi silbato.
En un instante las luces se apagaron. Un par de fuertes brazos me agarraron por la cintura, tapando los bolsillos en los que un hombre podía llevar una pistola.
– Schnell, Franz -exclamó una voz-, das Boot, das Boot! -al mismo tiempo, vi aparecer a dos de mis hombres en el jardín iluminado por la luna.
El joven moreno se lanzó hacia la ventana, y saltó a través de ella y por encima de la valla antes de que nadie pudiera alcanzarle. Yo agarré al viejo, y la habitación pareció llenarse de figuras. Vi al gordo cogido por el cuello, pero mis ojos estaban pendientes de lo que ocurría en el exterior, donde Franz corría por la carretera hacia la reja que daba paso a las escaleras de la playa. Un hombre le seguía, pero no pudo alcanzarle. La verja de las escaleras se cerró herméticamente tras el fugitivo, y yo me quedé mirando, con las manos en torno al cuello del viejo, durante el rato que un hombre invertiría en bajar esos escalones hasta el mar.
De repente mi prisionero se desasió y se lanzó contra la pared. Oí un chasquido como si hubiera accionado una palanca. Después se produjo un ruido sordo, procedente de las entrañas de la tierra, y a través de la ventana vi una nube de polvo en el lugar donde estaban las escaleras.
Alguien encendió la luz.
El anciano me estaba mirando con ojos centelleantes.
– Está a salvo -exclamó-. No le alcanzarán a tiempo… Se ha ido… Ha triunfado… Der ’schwarze Stein’ist in der Siegeskrone.
Esos ojos reflejaban algo más que triunfo. Habían parpadeado como los de un ave de presa, y ahora centelleaban con el orgullo de un halcón. La llama del fanatismo ardía en ellos, y por primera vez comprendí con quién me había enfrentado. Aquel hombre era más que un espía; a su modo había sido un patriota.
Mientras las esposas se cerraban en torno a sus muñecas, le dije mis últimas palabras:
– Espero que Franz soporte bien su triunfo. Debo decirle que el Ariadne está en nuestras manos desde hace una hora.
Tres semanas después, como todo el mundo sabe, entramos en guerra. Yo me incorporé al Nuevo Ejército la primera semana, y debido a mi experiencia en Matabele obtuve inmediatamente el grado de capitán. Sin embargo, creo que presté mi mejor servicio antes de ponerme el uniforme.
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[1]La muerte es la puerta de la vida.