John Buchan - Los 39 Escalones

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Richard Hannay no lograba cogerle el pulso a la metrópolis; a su vuelta de una larga estancia en las colonias, Londres le aburría mortalmente. Quizá por eso prestó atención al extraño individuo que le abordó en las escaleras de su casa pidiéndole asilo. Cuando su confusa historia de atentados políticos y de conspiraciones balcánicas empezaba a adquirir perfiles escalofriantes, la muerte interrumpió sus revelaciones. Pero ahora el inocente Hannay se había convertido en único depositario de un secreto que acarreaba la muerte. Tanto Scotland Yard como los agentes del servicio secreto alemán estaban sobre su pista…
Buchan, que fue jefe del departamento inglés de Información durante la Primera Guerra Mundial, supo mezclar sabiamente la invención y la intriga con el conocimiento real y directo de temas de espionaje. Su sentido de la atmósfera y de la escenificación, sus ingeniosas historias y su habilidad para la intriga le convierten en un antecesor directo de autores como Graham Greene y John le Carré.

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Regresamos apresuradamente a la ciudad y envié un telegrama a MacGillivray. Quería media docena de hombres, y les ordené que se repartieran entre los distintos hoteles. Después, Scaife se fue a explorar la casa que había en lo alto de los treinta y nueve escalones.

Volvió con noticias que me desconcertaron y tranquilizaron al mismo tiempo. La casa se llamaba Trafalgar Lodge y pertenecía a un anciano caballero llamado Appleton; un corredor de bolsa retirado, había dicho el agente de la inmobiliaria. El señor Appleton pasaba largas temporadas en la casa durante el verano, y ahora se encontraba allí, pues había llegado a principios de semana. Scaife pudo recoger muy pocos datos sobre él. Únicamente que era un buen hombre, que pagaba sus facturas con puntualidad y siempre estaba dispuesto a dar un generoso donativo para una obra de caridad local. Después Scaife llegó hasta la puerta trasera de la casa, haciéndose pasar por un vendedor de máquinas de coser. Sólo había tres criadas, una cocinera, una doncella y una mujer de limpieza, y eran de las que se encuentran en cualquier casa respetable de clase media. A la cocinera no le gustaba chismorrear, y le había cerrado la puerta en las narices, pero Scaife estaba seguro de que no sabía nada. Al lado había una casa nueva que podría constituir un buen puesto de observación y la villa del otro lado estaba en alquiler y tenía un jardín lleno de arbustos y maleza.

Pedí el telescopio a Scaife, y antes de almorzar fui a dar un paseo por el Ruff. Me mantuve detrás de la hilera de casas y encontré un buen punto de vigilancia en el límite del campo de golf. Desde allí veía la línea de césped que bordeaba el acantilado, con algún que otro banco, y los pequeños solares cuadrados, vallados y delimitados por arbustos, allí donde las escaleras descendían hacia la playa. Vi Trafalgar Lodge con toda claridad: una casa de ladrillos rojos con una terraza, una pista de tenis en la parte posterior, y delante un jardín lleno de margaritas y geranios. Había un asta de la que la enseña nacional colgaba fláccidamente en el aire tranquilo.

En aquel momento observé que alguien salía de la casa y echaba a andar por el borde del acantilado. Cuando le enfoqué vi que era el anciano, vestido con unos pantalones blancos de franela, una chaqueta de sarga azul y un sombrero de paja. Llevaba unos prismáticos y un periódico, y se sentó en uno de los bancos de hierro y empezó a leer. De vez en cuando dejaba el periódico y volvía los prismáticos hacia el mar. Contempló largo rato el destructor. Yo le observé durante media hora, hasta que se levantó y regresó a su casa para almorzar, momento en que yo volví al hotel para hacer lo mismo.

No me sentía muy confiado. Aquella casa tan normal y corriente no era lo que yo había esperado.

El hombre podía ser el arqueólogo calvo de la terrible granja de los páramos, y podía no serlo. Era como uno de esos viejos pájaros satisfechos que se ven en todos los barrios residenciales y lugares de veraneo. En caso de tener que escoger a un tipo de persona totalmente inofensiva, lo más probable era que hubiese elegido a ése.

Pero después de almorzar, mientras estaba sentado en el porche del hotel, me reanimé, pues vi lo que deseaba y había temido perderme. Un yate procedente del sur se acercó a la costa y echó anclas delante del Ruff. Debía pesar unas ciento cincuenta toneladas, y vi que pertenecía a la escuadra por la bandera blanca. Así pues, Scaife y yo bajamos al puerto y alquilamos una barca para una tarde de pesca.

Pasé una tarde distraída y apacible. Entre los dos pescamos unos diez kilos de bacalao, y desde el mar enfoqué las cosas con más optimismo. Encima de los blancos acantilados del Ruff se veían las manchas verdes y rojas de las casas, y especialmente el asta de la bandera de Trafalgar Lodge. Hacia las cuatro, cuando consideramos que habíamos pescado bastante, pedí al barquero que se aproximara al yate, posado sobre la mar como un delicado pájaro blanco, dispuesto a emprender el vuelo en cualquier momento. Scaife dijo que por la línea parecía un barco rápido, y que llevaba motores muy potentes.

Su nombre era Ariadne, como descubrí por la gorra de uno de los hombres que estaba limpiando los latones. Le hablé, y me contestó en el melodioso dialecto de Essex. Otro marinero me dio la hora en el inconfundible inglés de Inglaterra. Nuestro barquero habló del tiempo con uno de ellos, y durante unos minutos nos balanceamos junto a la proa del lado de estribor.

De repente los hombres dejaron de prestarnos atención y reanudaron sus tareas cuando vieron acercarse a un oficial. Era un joven de aspecto pulido y agradable, y nos preguntó en un inglés perfecto si habíamos tenido buena pesca. Sin embargo, no dejaba lugar a dudas. Su cabeza pelada al rape y el corte de su chaqueta y su corbata no eran ingleses.

Esto me tranquilizó un poco, pero mis persistentes dudas no desaparecieron durante el camino de regreso a Bradgate. Lo que me preocupaba era pensar que mis enemigos sabían que había obtenido mis informaciones de Scudder, y que fue Scudder quien me dio la pista para llegar a este lugar. Si sabían que Scudder tenía esta pista, ¿por qué no habían cambiado sus planes? Se jugaban demasiado para aventurarse a correr ningún riesgo. La cuestión era si sospechaban todo lo que Scudder sabía. La noche anterior había declarado confiadamente que los alemanes siempre seguían un plan fijado de antemano, pero si barruntaban que yo estaba sobre su pista serían tontos de no cambiarlo. Me pregunté si el hombre de la noche anterior se habría dado cuenta de que le había reconocido. Confiaba en que no. De todos modos, la situación nunca me había parecido tan difícil como aquella tarde, cuando lo lógico habría sido que estuviese seguro del éxito.

En el hotel conocía al comandante del destructor, que Scaife me presentó, y con el cual intercambié unas cuantas palabras. Después decidí ir a vigilar Trafalgar Lodge durante una o dos horas.

Encontré un lugar más arriba de la colina, en el jardín de una casa vacía. Desde allí veía perfectamente la pista de tenis, donde dos figuras jugaban un partido. Una de ellas era el viejo, al que ya había visto; la otra era un hombre más joven, que llevaba un pañuelo con los colores de un club alrededor de la cintura. Jugaban con visible placer, como dos habitantes de una gran ciudad que quisieran hacer ejercicio para abrir los poros. Habría sido imposible concebir un espectáculo más inocente. Gritaban y reían, e hicieron una pausa para beber cuando una doncella les llevó dos jarras de cerveza en una bandeja. Me froté los ojos y me pregunté a mí mismo si no era el mayor tonto de la Tierra. El misterio y la oscuridad habían envuelto a los hombres que me acosaron por los páramos de Escocia, y principalmente a aquel anticuario infernal. Era fácil relacionar a esas personas con el cuchillo que clavó a Scudder en el suelo, y con crueles designios para la paz mundial. Pero aquellas dos personas eran cándidos ciudadanos haciendo un ejercicio inocuo, que pronto entrarían en la casa para tomar una cena normal, durante la que hablarían de cotizaciones de Bolsa, de los últimos partidos de criquet y de los recientes acontecimientos de su ciudad natal. Yo había tendido una red para atrapar a buitres y halcones, y he aquí que sólo había cazado a dos inocentes tordos.

En aquel momento llegó una tercera persona, un hombre joven en bicicleta, con una bolsa de palos de golf colgada a la espalda. Fue a la pista de tenis y los jugadores le recibieron con vivas muestras de alegría. Evidentemente, se estaban burlando de él, y sus bromas parecían muy inglesas. Después, el hombre gordo, enjugándose la frente con un pañuelo de seda, anunció que iba a darse un baño.

Oí sus palabras con toda claridad.

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