John Buchan - Los 39 Escalones

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Richard Hannay no lograba cogerle el pulso a la metrópolis; a su vuelta de una larga estancia en las colonias, Londres le aburría mortalmente. Quizá por eso prestó atención al extraño individuo que le abordó en las escaleras de su casa pidiéndole asilo. Cuando su confusa historia de atentados políticos y de conspiraciones balcánicas empezaba a adquirir perfiles escalofriantes, la muerte interrumpió sus revelaciones. Pero ahora el inocente Hannay se había convertido en único depositario de un secreto que acarreaba la muerte. Tanto Scotland Yard como los agentes del servicio secreto alemán estaban sobre su pista…
Buchan, que fue jefe del departamento inglés de Información durante la Primera Guerra Mundial, supo mezclar sabiamente la invención y la intriga con el conocimiento real y directo de temas de espionaje. Su sentido de la atmósfera y de la escenificación, sus ingeniosas historias y su habilidad para la intriga le convierten en un antecesor directo de autores como Graham Greene y John le Carré.

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– ¿No pueden cambiarse las disposiciones? -pregunté.

– Podrían cambiarse -dijo-, pero queremos evitarlo siempre que sea posible. Son el resultado de larguísimos estudios, y ninguna alternativa sería tan buena. Además, hay uno o dos puntos en los que no se puede hacer ningún cambio. Sin embargo, supongo que si fuera absolutamente necesario, podría hacerse alguna cosa. Pero no resultaría fácil, Hannay. Nuestros enemigos no serán tan tontos como para arrebatar el maletín a Royer o algo por el estilo. Saben que eso nos pondría en guardia. Su propósito es obtener los detalles sin que ninguno de nosotros lo sepa, de modo que Royer regrese a París creyendo que el asunto sigue siendo un secreto. Si no pueden hacerlo así habrán fracasado, porque en el caso de que nosotros sospechemos saben que cambiaremos todos los planes.

– Entonces no podemos separarnos del francés ni un solo momento hasta que regrese a su país -dije-. Si creyeran que pueden obtener la información en París, no lo intentarían aquí. Deben tener en Londres un plan lo bastante bueno para considerarlo factible.

– Royer cena con mi jefe, y después irá a mi casa para entrevistarse con cuatro hombres: Whittaker del Almirantazgo, yo, sir Arthur Drew y el general Winstanley. El primer lord está enfermo, y ha ido a Sheringhan. En mi casa recibirá cierto documento de manos de Whittaker, y después será llevado en coche a Portsmouth, donde un destructor le conducirá a El Havre. Su viaje es demasiado importante para que tome el barco de línea. No le dejaremos solo ni un momento hasta que se halle en suelo francés. Igual que a Whittaker hasta que se reúna con Royer. Es todo lo que podemos hacer, y no creo que pueda producirse algún fallo. De todos modos, estoy muy nervioso. El asesinato de Karolides provocará un verdadero alboroto en todas las cancillerías europeas.

Después de desayunar me preguntó si sabía conducir.

– Bueno, hoy me hará de chófer y se pondrá el uniforme de Hudson. Son aproximadamente de la misma estatura. Usted está metido en este asunto y no podemos correr ningún riesgo. Nos enfrentamos con hombres desesperados, que no respetarán la casa de campo de un funcionario gubernamental.

Al llegar a Londres había comprado un coche y me había distraído viajando por el sur de Inglaterra, de modo que conocía algo de su geografía. Llevé a sir Walter a la ciudad por la carretera de Bath y me desenvolví bastante bien. Era una cálida mañana de junio, y resultó delicioso atravesar las pequeñas ciudades con sus calles recién regadas, y los jardines del valle del Támesis. Dejé a sir Walter en su casa de Queen Anne’s Gate a las once en punto. El mayordomo vendría en tren con el equipaje.

Lo primero que hizo fue acompañarme a Scontland Yard. Allí se entrevistó con un caballero de aspecto estirado y cara de abogado.

– Le he traído al asesino de Portland Place -dijo sir Walter a modo de presentación.

La respuesta fue una sonrisa irónica.

– Habría sido un buen regalo, Bullivant. Supongo que éste es el señor Richard Hannay, por el que mi departamento ha estado muy interesado durante unos días.

– El señor Hannay volverá a interesarle. Tiene muchas cosas que contarle, pero no hoy. Por motivos muy graves, su relato tendrá que esperar veinticuatro horas. Después le prometo que le hará sentirse asombrado y posiblemente edificado. Quiero que asegure al señor Hannay que no tiene nada que temer.

El caballero de Scontland Yard así lo hizo.

– Puede reanudar su vida allí donde la dejó -manifestó-. Su piso, que probablemente no deseará volver a ocupar, le está esperando, y su criado sigue allí. Como nunca ha sido acusado públicamente, consideramos que no era necesaria una exculpación pública. Sin embargo, haremos lo que usted desee.

– Es posible que más tarde necesitemos su ayuda, MacGillivray -dijo sir Walter cuando nos marchábamos.

Después me dejó en libertad de hacer lo que quisiera.

– Vaya a verme mañana, Hannay. No necesito recomendarle el más absoluto silencio. Si estuviera en su lugar me metería en la cama, pues supongo que debe tener mucho sueño atrasado. Manténgase oculto, porque si uno de nuestros amigos de la «Piedra Negra» llegase a verle, podría tener problemas.

Me sentí curiosamente ocioso. Al principio me alegré de volver a ser un hombre libre y poder ir adonde quisiera sin nada que temer. Sólo había estado un mes al margen de la ley, y para mí resultó más que suficiente. Fui al Savoy, pedí el almuerzo más exquisito de la carta, y después me fumé el mejor cigarro que la casa pudo proporcionarme. Pero seguía sintiéndome nervioso. Cuando alguien me miraba, no podía dejar de preguntarme si pensaba en el asesinato.

Después tomé un taxi y me hice llevar muchos kilómetros hacia el norte de Londres. Regresé paseando a través de campos e hileras de villas y terrazas, y luego por barrios y callejuelas, y tardé casi dos horas. Mientras tanto, mi inquietud iba en aumento. Intuía que grandes cosas, cosas importantes, estaban ocurriendo o a punto de ocurrir, y que yo, que era el eje de todo el asunto, había sido excluido de él. Royer estaría llegando a Dover, sir Walter haciendo planes con las pocas personas que conocían el secreto en Inglaterra, y la «Piedra Negra» estaría trabajando en la clandestinidad. Intuí el peligro y una calamidad inminente, y también tuve la curiosa sensación de que sólo yo podría impedir que se produjese. Pero ahora estaba fuera del juego. ¿Cómo iba a ser de otro modo? No era probable que los ministros del Gobierno, los lords del Almirantazgo y los generales me admitieran en sus reuniones.

Empecé a desear toparme con uno de mis tres enemigos. Esto precipitaría los acontecimientos. Deseaba con toda mi alma tener una vulgar pelea con esa gente, en la que pudiese golpear y destrozar algo. Me estaba poniendo rápidamente de muy mal humor.

No tenía ganas de volver a mi piso. Algún día debería hacerlo, pero aún tenía dinero suficiente y decidí pasar la noche en un hotel.

Mi irritación persistió a lo largo de la cena, que tomé en un restaurante de Jermyn Street. Ya no tenía hambre, y dejé varios platos sin tocar. Bebí la mayor parte de una botella de vino de Borgoña, pero no me sentí más alegre. Una inquietud abominable se había adueñado de mí. Allí estaba yo, un hombre normal y corriente, sin una inteligencia extraordinaria, pero convencido de que era necesario en algún sentido para llevar a buen término aquel asunto, de que sin mí todo sería un desastre. Me dije a mí mismo que era una presunción absurda, que cuatro o cinco personas muy inteligentes, con todo el poder del Imperio británico a sus espaldas, se ocupaban del trabajo. Sin embargo, no logré convencerme. Parecía que una voz me hablaba al oído, diciéndome que me apresurase o jamás volvería a dormir.

El resultado fue que hacia las nueve y media decidí ir a Queen Anne’s Gate. Lo más probable era que no me admitiesen, pero tenía que intentarlo.

Bajé por Jermyn Street, y en la esquina de Duke Street me crucé con un grupo de hombres jóvenes. Iban elegantemente vestidos, habían cenado en algún sitio y se dirigían a un teatro de variedades. Uno de ellos era el señor Marmaduke Jopley.

Me vio y se detuvo en seco.

– ¡Santo Dios, el asesino! -exclamó-. ¡Aquí, muchachos, sujetadle! ¡Es Hannay, el asesino de Portland Place! -Me agarró del brazo, y los demás se apresuraron a rodearme.

Mi intención no era meterme en ningún lío, pero mi malhumor me jugó una mala pasada. En aquel momento se acercó un policía, y yo debería haberle dicho la verdad y, si no me creía, pedirle que me llevara a Scotland Yard, o a la comisaría de policía más cercana. Pero en aquellos instantes un retraso me pareció insoportable, y la visión de la cara de Marmie fue más de lo que pude resistir. Le di un puñetazo, y tuve la satisfacción de verle caer cuan largo era.

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