John Buchan - Los 39 Escalones

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Richard Hannay no lograba cogerle el pulso a la metrópolis; a su vuelta de una larga estancia en las colonias, Londres le aburría mortalmente. Quizá por eso prestó atención al extraño individuo que le abordó en las escaleras de su casa pidiéndole asilo. Cuando su confusa historia de atentados políticos y de conspiraciones balcánicas empezaba a adquirir perfiles escalofriantes, la muerte interrumpió sus revelaciones. Pero ahora el inocente Hannay se había convertido en único depositario de un secreto que acarreaba la muerte. Tanto Scotland Yard como los agentes del servicio secreto alemán estaban sobre su pista…
Buchan, que fue jefe del departamento inglés de Información durante la Primera Guerra Mundial, supo mezclar sabiamente la invención y la intriga con el conocimiento real y directo de temas de espionaje. Su sentido de la atmósfera y de la escenificación, sus ingeniosas historias y su habilidad para la intriga le convierten en un antecesor directo de autores como Graham Greene y John le Carré.

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– ¿No les parece ingenioso? -dije yo-. Ustedes estaban demasiado interesados en otras cosas para fijarse en nada. No se les ha ocurrido pensar que lord Alloa pudiera ser otra persona. Si hubiese sido algún otro quizá le habrían observado mejor, pero era natural que él estuviese aquí, y eso les ha adormecido a todos.

Entonces habló el francés, muy lentamente, y en un inglés perfecto.

– ¡El joven tiene razón! Su intuición es muy buena. ¡Nuestros enemigos son muy astutos!

Frunció las cejas y prosiguió:

– Voy a contarles una historia -dijo-. Sucedió hace muchos años en Senegal. Yo estaba destinado en un puesto muy remoto, y solía ir a pescar grandes barbos al río para distraerme un poco. Llevaba la cesta del almuerzo a lomos de una pequeña burra árabe, de esa raza parda que antes había en Tombuctú. Pues bien, una mañana estaba pescando y la burra se hallaba inexplicablemente inquieta. La oí rebuznar y dar coces, y traté de calmarla con la voz mientras seguía concentrado en la pesca. La veía por el rabillo del ojo, atada a un árbol a veinte metros de distancia. Al cabo de un par de horas empecé a tener hambre. Metí los peces en una bolsa de lona, y eché a andar por la orilla del río hacia donde estaba la burra, arrastrando la caña. Cuando llegué junto a ella tiré la bolsa sobre su lomo…

Hizo una pequeña pausa y miró a su alrededor.

– Fue el olor lo que me puso sobre aviso. Volví la cabeza y vi a un león a tres pasos de… Un viejo antropófago que era el terror del poblado… Lo que quedaba de la burra, una masa de sangre, huesos y pelaje, estaba detrás de él.

– ¿Qué ocurrió? -pregunté. Había cazado lo bastante para reconocer una historia verdadera cuando la oía.

– Le metí la caña de pescar en la boca, y también llevaba una pistola. Además, mis criados llegaron con rifles en aquel momento. Pero dejó su marca sobre mí -alzó una mano a la que faltaban tres dedos.

»Tengan en cuenta -dijo- que la burra había muerto más de una hora antes, y la bestia había estado observándome pacientemente desde entonces. No vi cómo la devoraba, pues no hice caso de su inquietud y no reparé en su ausencia, porque mi mente la identificaba con algo pardo, y el león lo era. Si yo pude equivocarme así, caballeros, en un lugar donde los sentidos del hombre son tan penetrantes, ¿por qué nosotros, ocupadas personas de la ciudad, no íbamos a fallar también?

Sir Walter asintió. Nadie estaba dispuesto a contradecirle.

– No acabo de entenderlo -prosiguió Winstanley-. Su objetivo era averiguar estas disposiciones sin que nosotros lo supiésemos. Sin embargo, bastaba con que uno de nosotros mencionara la reunión de esta noche a Alloa para que todo el fraude quedara al descubierto.

Sir Walter se rió secamente.

– La elección de Alloa demuestra su perspicacia. ¿Cuál de nosotros iba a hablarle de esta noche? ¿Acaso es probable que él abordara el tema?

Recordé los comentarios sobre la taciturnidad y el mal genio de que hacía gala el primer lord del Almirantazgo.

– Lo único que me desconcierta -dijo el general- es de qué le servirá a este espía su visita aquí. No ha podido llevarse varias páginas de cifras y nombres raros en la cabeza.

– Eso no es difícil -replicó el francés-. Un buen espía está adiestrado para tener memoria fotográfica. Como nuestro propio Macaulay. Habrán observado que no ha dicho nada, pero ha mirado estos papeles una y otra vez. Creo que podemos suponer que ha grabado en su mente hasta el último detalle. Cuando era joven, yo podía hacer lo mismo.

– Bueno, me parece que no hay más remedio que cambiar los planes -dijo tristemente sir Walter.

Whittaker parecía muy melancólico.

– ¿Has explicado a lord Alloa lo que ha sucedido? -preguntó-. ¿No? Bueno, no puedo hablar con absoluta seguridad, pero estoy casi seguro de que no podemos hacer ningún cambio importante sin alterar la geografía de Inglaterra.

– Hay que añadir otra cosa -dijo Royer-. Yo he hablado libremente cuando ese hombre estaba aquí. He revelado algunos planes militares de mi Gobierno. Podía revelarlos, pero esta información vale muchos millones para nuestros enemigos. No, amigos míos, no veo otro remedio. El hombre que ha venido aquí y sus cómplices deben ser atrapados, y atrapados inmediatamente.

– ¡Santo Dios! -exclamé yo-. ¿Cómo vamos a hacerlo, si no tenemos ninguna pista?

– Además -dijo Whittaker-, está el correo. A estas horas la noticia ya estará en camino.

– No -replicó el francés-; usted no conoce las costumbres del espía. Recibe personalmente su recompensa, y entrega personalmente su información. En Francia sabemos algo de esa raza. Aún existe una posibilidad, mes amis. Estos hombres deben cruzar el mar, y hay barcos que registrar y puertos que vigilar. Créanme, la situación es desesperada tanto para Francia como para Gran Bretaña.

El grave sentido común de Royer pareció devolverles la serenidad. Era el hombre de acción entre chapuceros. Sin embargo, no vi esperanza en ninguna cara, y yo tampoco la tenía. ¿Cómo era posible que entre cincuenta millones de islas y doce horas encontráramos a tres de los malhechores más listos de Europa?

De repente tuve una inspiración.

– ¿Dónde está la agenda de Scudder?-pregunté a sir Walter-. Deprisa, hombre, recuerdo algo de lo que ponía.

Abrió el cajón de un escritorio cerrado con llave y me la dio.

Encontré el lugar.

– Treinta y nueve escalones -leí, y de nuevo-: Treinta y nueve escalones… Los conté… Marea alta, 10.17 p.m.

El hombre del Almirantazgo me estaba mirando como si pensara que me había vuelto loco.

– ¿No ven que es una pista? -grité-. Scudder sabía dónde tenían su madriguera; sabía por dónde abandonarían el país, aunque mantuvo el nombre en secreto. Mañana era el día, y era en algún sitio donde la marea sube a las diez y diecisiete minutos.

– Es posible que esta moche ya se hayan ido -dijo alguien.

– No. Tienen sus medios secretos, y no se apresurarán. Conozco a los alemanes, y les encanta seguir los planes previstos. ¿Dónde demonios puedo conseguir un horario de las mareas?

Whittaker se animó.

– Es una posibilidad -dijo-. Vayamos al Almirantazgo.

Subimos a dos de los coches que aguardaban.

Todos menos sir Walter, que fue a Scotland Yard para «movilizar a MacGillivray» como él mismo dijo.

Pasamos por corredores vacíos y grandes estancias desnudas donde las asistentas aún estaban ocupadas, hasta llegar a una pequeña habitación llena de libros y mapas. Un empleado que vivía allí fue a buscar la tabla de mareas del Almirantazgo a la biblioteca. Me senté a la mesa mientras los demás me rodeaban, pues de uno u otro modo me había hecho cargo de esta expedición.

No sirvió de nada. Había centenares de nombres y, por lo que pude ver, las diez y diecisiete era un factor común a cincuenta sitios. Teníamos que encontrar el modo de reducir las posibilidades.

Apoyé la cabeza en las manos y reflexioné. Por fuerza tenía que haber un modo de interpretar este acertijo.

¿A qué se refería Scudder con esos escalones? Pensé en los escalones de un muelle, pero no creo que en este caso hubiera mencionado el número. Tenía que ser algún lugar donde hubiera varias escaleras, y una se diferenciase de las otras en el hecho de tener treinta y nueve escalones.

Entonces se me ocurrió una idea, y busqué todas las salidas de los vapores. Ningún barco zarpaba hacia el continente a las diez y diecisiete de la noche.

¿Por qué la marea alta era tan importante? Si se trataba de un puerto, debía ser algún lugar pequeño donde la marea importara, o bien un barco con mucho calado. Pero a aquella hora no zarpaba ningún vapor de línea, y de todos modos yo no creía que salieran en un gran barco de un puerto normal. Así pues, debía ser algún puerto pequeño donde la marea fuese importante, o quizá ni siquiera un puerto.

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