John Buchan - Los 39 Escalones

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Richard Hannay no lograba cogerle el pulso a la metrópolis; a su vuelta de una larga estancia en las colonias, Londres le aburría mortalmente. Quizá por eso prestó atención al extraño individuo que le abordó en las escaleras de su casa pidiéndole asilo. Cuando su confusa historia de atentados políticos y de conspiraciones balcánicas empezaba a adquirir perfiles escalofriantes, la muerte interrumpió sus revelaciones. Pero ahora el inocente Hannay se había convertido en único depositario de un secreto que acarreaba la muerte. Tanto Scotland Yard como los agentes del servicio secreto alemán estaban sobre su pista…
Buchan, que fue jefe del departamento inglés de Información durante la Primera Guerra Mundial, supo mezclar sabiamente la invención y la intriga con el conocimiento real y directo de temas de espionaje. Su sentido de la atmósfera y de la escenificación, sus ingeniosas historias y su habilidad para la intriga le convierten en un antecesor directo de autores como Graham Greene y John le Carré.

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– He sudado una barbaridad -dijo-. Esto me ayudará a rebajar peso, Bob. Mañana jugaremos unos cuantos hoyos y te daré una buena paliza. -No habría podido haber nada más inglés que esto.

Entraron en la casa, y yo me sentí como un verdadero idiota. Esta vez me había equivocado. Aquellos hombres podían estar fingiendo; pero, en este caso, ¿dónde estaba el público? Ellos no sabían que yo me hallaba sentado bajo un rododendro a treinta metros de distancia. Resultaba imposible creer que estos tres fuesen algo distinto de lo que aparentaban: tres ingleses de vacaciones, fastidiosos, tal vez, pero sórdidamente inocentes.

Y sin embargo eran tres; y uno era viejo, y el otro gordo, y el último delgado y moreno; y su casa coincidía con las notas de Scudder; y a media milla de distancia había un yate con un oficial alemán como mínimo. Pensé en el difunto Karolides, y en una Europa que estaba al borde de un terremoto, y en los hombres que había dejado en Londres y aguardaban ansiosamente los sucesos de las próximas horas. No había duda de que el desastre era inminente. La «Piedra Negra» había ganado, y si sobrevivía a esta noche de junio se embolsaría sus ganancias.

Al parecer sólo podía hacer una cosa: seguir adelante como si no tuviera ninguna duda, y si iba a ponerme en ridículo hacerlo a conciencia. Nunca en mi vida había acometido un trabajo de tan mala gana.

En aquel momento habría preferido entrar en una guarida de anarquistas, todos con una Browning a mano, o enfrentarme con un león hambriento, que entrar en aquel feliz hogar de tres alegres ingleses y decirles que su juego había terminado. ¡Cómo se reirían de mí!

Pero de repente me acordé de una cosa que el viejo Peter Pienaar me había dicho en Rodesia. Ya he citado antes a Peter en este relato. Era el mejor explorador que he conocido, y antes de volverse respetable había estado muy a menudo al margen de la ley. Peter habló una vez conmigo sobre la cuestión de los disfraces, y me explicó una teoría que me vino a la memoria en aquel momento. Dijo, desechando los factores seguros como las huellas digitales, que los simples rasgos físicos no eran suficientes para una identificación si el fugitivo sabía lo que se traía entre manos. Se burló de cosas como el pelo teñido y las barbas postizas y demás locuras infantiles. Lo único que importaba era lo que Peter llamaba «atmósfera».

Si un hombre se situaba en un ambiente totalmente distinto de aquel en el que había sido observado por primera vez, y -esto es lo importante- se integraba en este ambiente y actuaba como si nunca hubiese estado fuera de él, desconcertaría al mejor de los detectives.

Después me contó cómo una vez tomó prestada una chaqueta negra, fue a la iglesia y compartió el mismo libro de himnos con el hombre que le estaba buscando. Si ese hombre lo hubiese visto en un ambiente decente con anterioridad, le habría reconocido; pero sólo le había visto en una posada con un revólver.

Estos recuerdos de Peter me proporcionaron un gran consuelo. Peter había sido un tipo muy listo, y los hombres a los que yo me enfrentaba era unos expertos. ¿Y si estuvieran jugando al juego de Peter?

Un tonto procura cambiar de aspecto: un hombre listo tiene el mismo aspecto y es distinto.

También ahora recordé la máxima de Peter que me había ayudado cuando fui picapedrero. «Si interpretas un papel, nunca lo harás bien si no te convences de que eres realmente el personaje.» Esto explicaría el partido de tenis. Esos individuos no tenían necesidad de fingir: simplemente habían apretado un botón y habían pasado a llevar otra vida, que les resultaba tan natural como la primera. Parece una tontería, pero Peter solía decir que era el gran secreto de todos los malhechores famosos.

Iban a dar las ocho, de modo que regresé para dar instrucciones a Scaife. Le dije cómo debía colocar a sus hombres, y después me fui a dar un paseo, pues no tenía ganas de cenar. Di la vuelta al campo de golf y llegué a un lugar del acantilado situado al norte de la hilera de casas.

Por el camino crucé con gente que volvía de la playa y de jugar a tenis, y con un guardacostas de la oficina de telégrafos. Vi encenderse las luces del Ariadne y el destructor fondeado un poco más al sur, y más allá de los bajíos de Cock aparecieron las luces de los vapores que se dirigían al Támesis. Toda la escena era tan pacífica y normal que mi inseguridad fue en aumento. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para encaminarme hacia Trafalgar Lodge alrededor de las nueve y media.

Por el camino me consolé un poco al ver a un galgo que corría junto a una doncella. Me recordó al perro que yo tenía en Rodesia, y el día en que le llevé a cazar conmigo a las colinas Pali. Íbamos tras las huellas de una gacela, y ambos la perdimos tras seguirla durante un rato. Los lebreles se guían por la vista, y mis ojos son bastante penetrantes, pero el animal desapareció. Después averigüé cómo lo había logrado. Contra la roca gris de los cerros sudafricanos no destacaba más que un cuervo contra un nubarrón. No tuvo necesidad de correr; le bastó con permanecer inmóvil y confundirse con el fondo.

De repente, mientras todos estos recuerdos pasaban por mi cerebro, pensé en mi presente caso y apliqué la moraleja. La «Piedra Negra» no tenía necesidad de huir. Sus miembros estaban integrados en el paisaje. Me hallaba en el buen camino, por lo que grabé esta frase en mi mente y me juré no olvidarla. Peter Pienaar no podía equivocarse.

Los hombres de Scaife ya debían estar en sus puestos, pero no se veía ni un alma. La casa era claramente visible para todo el que quisiera observarla. Una barandilla de un metro la separaba de la carretera del acantilado; las ventanas de la planta baja estaban abiertas, y las luces y el sonido de voces revelaban dónde estaban terminando de cenar los ocupantes. Todo era tan público y ostensible como una colecta de caridad. Sintiéndome como el mayor tonto de la Tierra, abrí la puerta del jardín y toqué el timbre.

Un hombre de mi especie, que ha viajado por todo el mundo, se lleva a la perfección con dos clases, las que podríamos llamar alta y baja. Las comprende y ellas le comprenden a él. Yo me sentía muy a gusto con pastores, vagabundos y picapedreros, y me sentía bastante bien con personas como sir Walter y los hombres que había conocido la noche anterior. No sé explicar por qué, pero es un hecho. Sin embargo, lo que las personas como yo no pueden entender es el mundo cómodo y satisfecho de la clase media, la gente que vive en villas y suburbios. No sabe cuáles son sus opiniones, no entiende sus convencionalismos, y desconfía tanto de ellos como de una cobra negra. Cuando una impecable doncella me abrió la puerta, apenas pude pronunciar palabra.

Pregunté por el señor Appleton, y la doncella me franqueó la entrada. Mi plan era irrumpir en el comedor y, por medio de mi súbita aparición, despertar en los hombres aquella chispa de reconocimiento que confirmaría mi teoría. Pero cuando me vi en aquel vestíbulo no fui dueño de mí mismo. Allí estaban los palos de golf y las raquetas de tenis, las gorras y los sombreros de paja, las hileras de guantes y el haz de bastones que encuentras en diez mil hogares británicos. Un montón de abrigos cuidadosamente doblados cubría la superficie de una antigua cómoda de roble; había un gran reloj y algunos relucientes calentadores de latón en las paredes, además de un barómetro y un grabado de Chiltern ganando el St. Leger. El lugar era tan ortodoxo como una iglesia anglicana. Cuando la doncella me preguntó mi nombre se lo di automáticamente, y fui introducido en el salón de fumar, a la derecha del vestíbulo. Esa habitación era incluso peor. No tuve tiempo de examinarla, pero vi algunas fotografías de grupo en la repisa de la chimenea, y habría podido jurar que pertenecían a escuelas particulares o universidades inglesas. Sólo eché una ojeada, pues conseguí recobrar la sangre fría y seguí a la doncella. Pero llegué demasiado tarde. Ella ya había entrado en el comedor y dado mi nombre a su señor, y yo había perdido la oportunidad de ver la reacción de los tres al oírlo.

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