Deborah Crombie - Nadie llora al muerto

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La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?

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Gemma y Kincaid se miraron, Kincaid arqueando inquisitivamente las cejas. Deveney se inclinó hacia delante y susurró:

– Es el agente que estaba con ellas. Su nombre es Darling. -Se volvió hacia Claire y dijo-: Todavía está aquí, señora Gilbert. Tan sólo ha ido con los otros chicos, a echarles una mano durante un rato.

Los ojos de Claire se llenaron de lágrimas y empezaron a escurrirse por los lados de su nariz, aunque ella no hizo nada por secarlas.

– Cuando terminaron de comprar, señora Gilbert -apuntó Kincaid al cabo de un momento-. ¿Qué hicieron?

Parecía concentrarse en él con esfuerzo.

– ¿Después? Vinimos a casa.

Kincaid pensó en la tranquila calle donde habían dejado aparcado el coche.

– ¿Las vio alguien? ¿Un vecino quizás?

Claire negó con la cabeza.

– No lo sé.

Mientras hablaban Gemma sacó discretamente su bloc de notas y su bolígrafo del bolso. Habló en voz baja:

– ¿A qué hora fue eso, señora Gilbert?

– Siete y media. Quizás más tarde. No estoy muy segura. -Su mirada pasó de Gemma a Kincaid, como para tranquilizarse. Luego dijo con más energía-: No esperábamos a Alastair. Tenía una reunión. Lucy y yo habíamos comprado pasta y una salsa precocinada en Sainsbury’s. Algo especial, sólo para las dos.

– Por eso nos sorprendió ver su coche en el garaje -añadió Lucy al ver que su madre no proseguía.

– ¿Qué hicieron entonces? -preguntó Kincaid.

Tras mirar rápidamente a Claire, Lucy continuó.

– Metimos el coche de mamá en el garaje. Cuando doblamos la esquina del garaje en dirección al jardín pudimos ver la puerta…

– ¿Dónde estaba el perro? -preguntó Kincaid-. ¿Cómo se llama? ¿Lewis?

Lucy lo miró como si no comprendiera la pregunta, luego dijo:

– En su cercado, detrás del jardín.

– ¿De qué raza es Lewis?

– Labrador. Es espléndido, realmente encantador. -Lucy sonrió por primera vez y Kincaid pudo notar otra vez ese orgullo de propietaria en su voz.

– ¿Pareció alterado de alguna forma? ¿Inquieto?

Madre e hija se miraron. Lucy respondió:

– No en aquel momento. Fue más tarde, cuando vino la policía. Se puso tan nervioso que tuvimos que traerlo a la casa.

Kincaid dejó su taza vacía en la mesa y al oír el entrechocar de la porcelana Claire se sobresaltó.

– Volvamos al momento en que vieron la puerta abierta.

El silencio se alargó. Lucy se acercó un poco más a su madre.

El fuego se asentó levantando una lluvia de chispas para acabar parpadeando hasta consumir la llama. Kincaid esperó un segundo y luego habló.

– Por favor, señora Gilbert, trate de explicamos exactamente lo que ocurrió luego. Ya sé que han hablado de esto con el inspector jefe Deveney, pero quizás recuerde algún pequeño detalle que nos pueda ayudar.

Al cabo de un momento Claire tomó la mano de Lucy y la sostuvo entre las suyas, aunque Kincaid no pudo distinguir si estaba proporcionando alivio o recibiéndolo.

– Ya lo ha visto. Había sangre… por todas partes. Lo pude oler. -Respiró profundamente, temblando, luego prosiguió-. Traté de levantarlo. Luego me di cuenta… Hace años tomé un curso de primeros auxilios. Al no notarle el pulso llamé al 999.

– ¿Notó algo inusual cuando entró en la casa? -preguntó Gemma-. ¿Algo en la cocina que no estuviera en su lugar?

Claire negó con la cabeza. Alrededor de su boca las arrugas parecían más profundas por el agotamiento.

– Pero creo entender que ha denunciado la desaparición de algunos objetos -dijo Kincaid, y Deveney asintió confirmándolo.

– Mis perlas. Y los pendientes que Alastair me regaló por mi cumpleaños… fueron un encargo especial. -Claire se hundió en el sofá y cerró los ojos.

– Debían de tener mucho valor -dijo Gemma.

Al ver que su madre no se movía Lucy la miró y procedió a responder:

– Supongo que sí. En realidad no lo sé. -Sacó la mano de entre las de su madre y la extendió en un gesto de súplica-. Por favor, comisario -dijo, y la angustia de su voz hizo ladrar al perro que rascó la puerta con sus garras.

– Hazlo callar, Lucy -dijo Claire, pero su voz era apática y no se movió ni abrió los ojos.

Lucy se levantó de un salto, pero al tiempo que lo hacía los ladridos del perro se redujeron a un gimoteo y acabaron por apagarse del todo. Se volvió a sentar en el borde del sofá alternando la mirada de súplica entre su madre y Kincaid.

– Tan sólo una cosa más, Lucy, lo prometo -dijo en voz baja y se volvió hacia Claire-. Señora Gilbert. ¿Tiene alguna idea de por qué su esposo regresó temprano a casa?

Claire apretó los dedos alrededor del cuello y dijo despacio:

– No, lo siento.

– ¿Sabe con quién iba a…?

– Por favor. -Lucy se levantó temblando. Cruzó los brazos por debajo del pecho y dijo entre dientes-: Ya ha respondido. No lo sabe.

– Está bien, querida -dijo Claire, saliendo de su sopor. Con obvio esfuerzo se sentó en el borde del asiento-. Lucy tiene razón, comisario. No es que… no era costumbre de Alastair el compartir los detalles de su trabajo. No me dijo con quién tenía intención de reunirse. -Se levantó y perdió el equilibrio. Lucy se abalanzó para aguantarla y como era la más alta de las dos su brazo encajó fácilmente alrededor de los hombros de su madre.

– Mamá, por favor, para -dijo Lucy y luego miró a Kincaid-. Dejen que la lleve arriba. -El tono de su voz era más de pregunta que de orden y a Kincaid le pareció que era una criatura haciendo el papel de un adulto.

– Habrá alguien a quien puedan llamar -dijo Gemma levantándose y tocando el brazo de Lucy-. ¿Algún vecino? ¿Algún pariente?

– No necesitamos a nadie más. Podemos arreglárnoslas -dijo Lucy algo abruptamente. Luego su breve bravuconada pareció disolverse cuando añadió-: ¿Qué hago con la casa? ¿Las cosas? ¿Qué pasa si…?

Deveney respondió con suavidad, pero sin ser condescendiente.

– Por favor, no se preocupe, señorita Penmaric. Estoy seguro de que quien hizo esto no volverá. Y tendremos a alguien aquí durante toda la noche, ya sea fuera o en la cocina. -Hizo una breve pausa y se oyó un leve gimoteo-. ¿Por qué no se llevan al perro arriba si las hace sentirse más cómodas? -sugirió sonriendo.

Lucy lo consideró seriamente.

– A él le gustaría.

– Si no hay nada más… -Claire había empezado a arrastrar las palabras. Sin embargo, a pesar del cansancio parecía mantener una apariencia de refinamiento.

– Eso es todo por esta noche, señora Gilbert. Y Lucy. Gracias por su paciencia -dijo Kincaid de pie junto a Deveney y Gemma. Los tres miraron en silencio cómo madre e hija abandonaban la habitación.

Cuando se cerró la puerta Nick Deveney sacudió la cabeza y se pasó los dedos por las precoces canas que cubrían sus sienes.

– Yo no habría aguantado tan bien el tipo, dadas las circunstancias. Tienen suerte de tenerse la una a la otra, ¿no creen?

* * *

El equipo que analizaba la escena del crimen seguía ocupado en la cocina, pero el cuerpo de Alastair Gilbert había sido trasladado. Franjas y volutas de sangre medio seca, como si de un ejercicio de pintura hecho por un niño se tratara, embadurnaban todo. Deveney se excusó y se fue a hablar con uno de los forenses del soco *dejando a Kincaid y Gemma junto a la puerta.

Kincaid notó que la adrenalina que lo había mantenido en pie durante las últimas horas estaba disminuyendo. Miró a Gemma y se la encontró estudiándolo. Sus pecas, normalmente una apenas visible polvareda sobre la piel clara, contrastaban ahora intensamente con su palidez. De pronto notó el agotamiento de Gemma como si fuera el suyo propio. Como una sacudida por todo el cuerpo, sintió que estaba en sintonía con ella. Cuando alzó la mano para tocar su hombro, ella empezó a hablar y ambos se quedaron inmóviles. Habían perdido la comodidad de sentirse a sus anchas. Su cuidada camaradería había desaparecido. Y a Kincaid le pareció que Gemma podría interpretar mal hasta ese pequeño gesto de consuelo. Bajó la mano con torpeza y la metió en su bolsillo, como alejándola de la tentación.

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