Su esposa le dejó la casa cuando lo abandonó. Las luces del garaje-taller permanecieron encendidas hasta bien tarde esa noche, mientras Lander trabajaba esperando a Dahlia. Revolvía en esos momentos una lata de resina de epoxi sobre su mesa de trabajo y el penetrante olor de ese compuesto de oxígeno y carbono se desparramó por todo el garaje. En el suelo y detrás de él había un curioso objeto de cinco metros y medio de largo. Era un molde fabricado por él del casco de un pequeño velero. Había invertido el casco y lo había partido a lo largo de la quilla. Las mitades estaban separadas a una distancia de cuarenta centímetros y se unían entre sí por un lazo ordinario. Visto desde arriba, parecía una gran herradura rayada. La construcción de ese artefacto le había llevado muchas semanas de trabajo. Ahora estaba recubierto de grasa y terminado.
Lander aplicaba capas de fibra de vidrio y resina mientras silbaba bajito, terminando prolijamente los bordes. Cuando la cubierta de la fibra de vidrio se secara y la sacara del molde, tendría una barquilla liviana y suave que encajaría justo debajo de la góndola del dirigible de Aldrich. La rueda de aterrizaje de la aeronave y la antena del transmisor-receptor cabrían justo en la abertura del centro. El bastidor con la carga que iba a ser encerrado dentro de la barquilla colgaba de un clavo en una de las paredes del garaje. Era muy liviano y fuerte a la vez, y tenía dos quillas gemelas con caños cromo y cuadernas del mismo material.
Cuando Lander se casó, transformó en taller el garaje para dos coches, y construyó allí buena parte de sus muebles en los años anteriores a su partida a Vietnam. Las cosas que su esposa no había querido llevarse seguían todavía guardadas allí, suspendidas de las vigas: una silla de respaldo alto, una mesa plegadiza para camping, y otros muebles de paja. La luz fluorescente era muy intensa y Lander se había puesto una gorra de béisbol mientras trabajaba en el modelo silbando suavemente.
Se detuvo una vez para pensar atentamente durante un buen rato. Pero luego prosiguió alisando la superficie, levantando cuidadosamente los pies al caminar para evitar romper las hojas de periódicos desparramados por el suelo.
El teléfono sonó poco después de las cuatro de la mañana. Lander contestó por el aparato instalado en el garaje.
– ¿Michael? -Todas las veces experimentaba una sorpresa al percibir el acento británico e imaginó el auricular del aparato oculto en su tupido pelo negro.
– ¿Quien quieres que sea?
– Mi abuelita está muy bien. Estoy en el aeropuerto y llegaré más tarde. No me esperes levantado.
– Qué…
– Estoy deseando verte, Michael. -La comunicación se cortó.
Dahlia llegó a casa de Lander casi al amanecer. No se veía ninguna luz en las ventanas. Sintió un poco de desconfianza, pero no tanto como la primera vez que fue a verlo, cuando tuvo la sensación de que en el cuarto había una víbora oculta. Después de que fue a vivir con él, separó la parte letal de Michael Lander del resto de su persona. Y desde que vivían juntos, sabía que ambos compartían el mismo cuarto con la víbora pero con la diferencia de que ahora conocía el lugar donde se ocultaba y podía decir si estaba dormida o despierta.
Entró a la casa haciendo más ruido del necesario y repitió suavemente su nombre varias veces al subir la escalera. No quería asustarlo. El dormitorio estaba totalmente a oscuras.
Desde la puerta vio el cigarrillo encendido, semejante a un pequeño ojo rojizo.
– Hola -le dijo.
– Ven aquí.
Se acercó en la oscuridad hacia el punto brillante. Tocó con el pie el revólver, oculto a buen resguardo debajo de la cama. Todo estaba en orden. La serpiente dormía.
Lander soñaba con las ballenas y no quería despertar del sueño. En éste veía moverse la enorme sombra del dirigible de la marina sobre el terreno cubierto de hielo, mientras volaba en ese día interminable. Corría el año 1956 y viajaba rumbo al polo.
Las ballenas dormitaban bajo el sol del Ártico y no vieron al dirigible hasta que estuvo prácticamente encima de ellas. Pero entonces se zambulleron, levantando sus colas y provocando una lluvia de espuma al ocultarse bajo una capa de hielo azul en el mar Ártico. Lander podía ver desde la barquilla las ballenas escondidas bajo la saliente. En ese lugar frío y azul donde no se oía ruido alguno.
Pero al cabo de un momento se encontró sobre el polo y su brújula magnética se enloqueció. La actividad solar interfería con el transmisor de señales y mientras Fletcher se hacía cargo del timón de profundidad, se guió por el sol, mientras la bandera sujeta al pesado arpón se hundía en el hielo.
– La brújula -dijo despertándose en su casa-. La brújula.
– El rayo del radiogoniómetro de Spitsbergen, Michael -dijo Dahlia acariciándole con su mano la mejilla-. Te traigo el desayuno.
Conocía el sueño. Y esperaba que soñara a menudo con las ballenas, porque era más fácil en su trato entonces.
– Ojalá no tuvieras que irte.
– Te lo repetiré una vez más -manifestó Lander-. Te vigilan muy de cerca cuando tienes carnet de piloto. Si no te presentas envían enseguida a un visitador social de la Asociación de Veteranos con un cuestionario. Viene provisto de un formulario que dice más o menos lo siguiente: a) Estudie el medio ambiente en que vive, b) ¿Parece deprimido el sujeto? Y sigue más o menos por el estilo indefinidamente.
– Tú puedes responder a eso.
– Una sola llamada a la Agencia Federal de Aviación, una estúpida sugestión de que no estoy perfectamente bien, y listo. Me quitan el carnet de piloto. ¿Y qué crees que pasaría si el visitador social decide investigar el garaje? -Bebió un trago de jugo de naranja-. Además quiero ver una vez más a los empleados.
Dahlia estaba parada junto a la ventana y los tibios rayos del sol calentaban su cuello y su mejilla.
– ¿Cómo te sientes?
– ¿Te refieres a si estoy un poco loco hoy? Pues en honor a la verdad no lo estoy.
– No quería decir eso.
– Por supuesto que no. Todo lo que tengo que hacer es entrar con uno de ellos a una pequeña oficina donde me dirá qué cosas nuevas piensa hacer el gobierno por mí. -Algo extraño se ocultaba en la mirada de Lander.
– Muy bien, ¿estás realmente loco hoy? ¿Piensas echar todo a perder? ¿Vas a agarrar por el cuello a uno de los empleados de la Asociación de Veteranos y estrangularlo para que los otros se hagan cargo de ti? Entonces podrás sentarte cómodamente en una celda y cantar y masturbarte. «Dios bendiga a América y a Nixon».
Había accionado dos gatillos simultáneamente. Antes lo había hecho por separado y ahora quería observar cuáles eran las consecuencias de ese doble accionar.
Lander tenía una aguda memoria. A veces fruncía el ceño al recordar despierto cosas del pasado. Y muchas veces lo hacían gritar cuando dormía.
Masturbación: el guardia norvietnamita que lo sorprendió masturbándose en su celda y lo obligó a hacerlo luego delante de los demás.
«Dios Bendiga a América y a Nixon». El cartel escrito a mano y que un oficial acercó a las ventanillas del C-141 en Clark, base de la Fuerza Aérea en las Filipinas, cuando los prisioneros de guerra regresaban a su país. Lander, que estaba sentado del otro lado del pasillo, lo había leído de atrás para adelante mientras el sol se reflejaba a través del papel.
Miró a Dahlia con ojos velados. Su boca se abrió ligeramente y su cara pareció aflojarse. Ese era el momento peligroso. Los segundos parecían eternos mientras las partículas de polvo bailaban a la luz del sol, revoloteaban alrededor de Dahlia y de la fea arma corta escondida debajo de la cama.
– No precisas liquidarlos de uno en uno, Michael -dijo suavemente-. Y tampoco precisas hacer lo otro. Yo quiero hacértelo en tu lugar. Me encanta hacerlo.
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