Thomas Harris - Domingo Negro

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Con una impresionante hoja de servicios, el veterano de la guerra de Vietnam Michael J. Lander proyecta un diabólico atentado, que tendrá en jaque a los servicios de seguridad. Cuando concibió la operación, no pensó que necesitaría ayuda, pero, a medida que urdía su plan, decidió darle una nueva dimensión con el apoyo de Septiembre Negro y una coartada política. Poco después, el proyecto cobra forma y le depara un insospechado encuentro con Dahlia Iyad, una hermosa mujer que lucha por la causa de la liberación de Palestina.

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– Cúbrete con algo, ramera árabe -dijo al salir del cuarto.

La explosión que destrozó el apartamento de Abu Ali situado dos pisos más abajo, mató instantáneamente a Ali y a su esposa. Los invasores corrían hacia las escaleras tosiendo por el polvo, cuando salió de un apartamento del fondo del pasillo un hombre flaco vestido con pijama, tratando de disparar una metralleta. Estaba todavía en ello cuando fue destrozado por una lluvia de balas, que se incrustaron dentro de su cuerpo y desparramaron por el pasillo pequeños trozos del género del pijama.

Los invasores ganaron la calle, subieron a los coches y partieron rumbo al Sur en dirección al mar, y sólo entonces resonaron a lo lejos las sirenas de la policía.

Dahlia, vestida con la bata de Najeer y sujetando su cartera, llegó a la calle en pocos segundos, y se mezcló con la gente que había salido de los apartamentos vecinos. Estaba haciendo desesperados esfuerzos por pensar cuando sintió que una mano la agarraba con fuerza el brazo. Era Muhammad Fasil. Una bala lo había herido en la mejilla. Envolvió la corbata alrededor de su mano y la acercó a la herida.

– ¿Y Najeer? -preguntó.

– Murió.

– Creo que Ali también. Su ventana estalló justo cuando yo daba la vuelta a la esquina. Les disparé desde el coche, pero… escúchame detenidamente. Najeer ha impartido la orden. Tu misión debe llevarse a cabo. Los explosivos no han sido dañados, llegarán en la fecha convenida. Armas automáticas también, tu Schmeisser y un AK-47, desarmados y escondidos dentro de repuestos para bicicletas.

Dahlia lo miró con ojos enrojecidos por el humo.

– Lo pagarán -dijo-. Pagarán diez mil por uno.

Fasil la llevó a una casa en la Sabra donde podría esperar segura durante ese día. Cuando oscureció la acompañó al aeropuerto en su destartalado Citroen. El vestido que le habían prestado era dos números más grande que su talle, pero estaba demasiado cansada para que le importara.

El 707 de Pan Am despegó a las diez y media de la noche y Dahlia cayó en un pesado sueño cuando aún podían verse las luces de la ciudad mientras el avión enfilaba rumbo al Mediterráneo.

2

En ese mismo momento, Michael Lander estaba haciendo lo único que realmente le gustaba. Pilotaba el pequeño dirigible de Aldrich, a doscientos cincuenta metros de altura, sobre el Orange Bowl de Miami, que proveía una firme plataforma al equipo de televisión instalado en la góndola detrás de él. Debajo de ellos, en el estadio atestado de gente, el equipo de los Miami Dolphins, campeón mundial, estaba dándole una paliza a los Pittsburg Steelers.

El rugido de la multitud ahogaba prácticamente el chirrido de la radio situada sobre la cabeza de Lander. Cuando sobrevolaba el estadio en días calurosos tenía la sensación de que podía oler la multitud y el dirigible parecía estar suspendido sobre una poderosa corriente de gritos despreocupados y calor humano. Lander encontraba que esa corriente era sucia. Prefería los viajes entre las ciudades. Entonces el dirigible parecía limpio y tranquilo.

Sólo ocasionalmente miraba hacia el campo de juego. Observaba entonces el borde del estadio y el campo visual que había establecido entre la punta de un mástil y el horizonte para mantenerse exactamente a ochocientos pies de altura.

Lander era un piloto excepcional de un complicado tipo de aeronave. No es nada fácil pilotar un dirigible. Su fuerza ascensional es prácticamente cero y su vasta superficie lo deja a merced del viento a menos que esté hábilmente comandado. Lander tenía el instinto de un marino para el viento, y tenía el don que poseen los mejores pilotos de este tipo de aeronaves: antelación. Los movimientos de un dirigible son cíclicos, y Lander estaba dos movimientos adelantado; sujetando a la enorme ballena gris entre la brisa, como un pez que nada contra la corriente, enterrando ligeramente la trompa en las ráfagas y levantándola en los momentos de calma, oscureciendo parte del campo de juego con su sombra. Muchos de los espectadores miraban hacia arriba en los períodos de descanso entre cada tiempo de juego y varios agitaban sus manos.

Lander tenía un piloto automático en la cabeza. Y mientras le dictaba las constantes y los pequeños detalles que mantenían firme al dirigible, sus pensamientos se desviaban hacia Dahlia. Pensaba en la pequeña mancha de vello donde se estrechaba su espalda y la sensación que le producía en sus dedos. En la agudeza de sus dientes. En el sabor a miel y sal.

Miró su reloj y pensó que Dahlia debía haber salido hacía una hora de Beirut en viaje de regreso.

Lander podía pensar sin problemas en dos cosas: en Dahlia y en pilotar.

Su mano izquierda cubierta de cicatrices empujó suavemente hacia adelante los controles del acelerador y de la hélice e hizo girar hacia atrás la gran rueda del timón de profundidad situada junto a su asiento. La enorme nave ascendió rápidamente mientras Lander hablaba por el micrófono.

– Nora Uno Cero, abandono el estadio para realizar un giro a cuatrocientos sesenta metros.

– De acuerdo, Nora Uno Cero -respondió jovialmente la torre de Miami.

A los empleados del tráfico aéreo y de la radio siempre les gustaba hablar con el dirigible y varios tenían un chiste listo cuando sabían que se acercaba. La gente lo miraba con simpatía, como si fuera un oso de juguete. Para los millones de norteamericanos que lo veían durante los acontecimientos deportivos o en las ferias, el dirigible era un enorme y simpático amigo que se movía lentamente en el cielo. Las metáforas de este tipo de aeronaves son invariablemente «elefante» o «ballena». Nadie le ha dicho jamás «bomba».

El partido terminó finalmente y la sombra del dirigible de sesenta y cinco metros cayó sobre los miles de coches que se alejaban del estadio. El camarógrafo de la televisión y su asistente habían sujetado su equipo y estaban comiendo sándwiches. Lander había trabajado a menudo con ellos.

El sol ya bajo proyectaba una línea dorada y rojiza sobre la bahía de Biscayne mientras la aeronave sobrevolaba el mar. Lander giró entonces hacia el Norte pasando a cincuenta metros de las playas de Miami, lo que aprovecharon el ingeniero de vuelo y el equipo de televisión para enfocar con los prismáticos a las muchachas en bikinis. Algunos de los bañistas los saludaron al pasar.

– Eh, Mike. ¿Aldrich fabrica preservativos? -preguntó Pearson, el camarógrafo, mientras masticaba un bocado de sándwich.

– Sí -respondió Lander por encima del hombro-. Preservativos, neumáticos, descongeladores, limpiaparabrisas, juguetes para niños, globos y bolsas.

– ¿Te regalan preservativos por hacer este trabajo?

– Por supuesto. Tengo uno puesto ahora.

– ¿Para qué son las bolsas?

– Son muy grandes y vienen en un único tamaño que sirve para todas las medidas -respondió Lander-. Son oscuras en su interior. El tío Sam las usa como preservativos. Cuando veas una tirada, sabrás que ha estado de parranda. -No sería nada difícil liquidar a Pearson; no sería nada difícil liquidar a cualquiera de ellos.

El dirigible no volaba a menudo en invierno. Sus cuarteles de invierno quedaban cerca de Miami, y el inmenso hangar hacía parecer minúsculas las demás construcciones vecinas al aeropuerto. Todas las primaveras emprendía viaje rumbo al Norte a una velocidad de treinta y cinco a sesenta nudos, según el viento, haciendo etapas en las ferias de los distintos estados y en los partidos de baseball. La compañía Aldrich le proporcionaba a Lander un apartamento cercano al aeropuerto de Miami en invierno, pero ese día, cuando amarró debidamente la gran aeronave, tomó el vuelo de la National rumbo a Newark y se dirigió a su casa que quedaba en Lakehurst, Nueva Jersey, cerca de la base Norte del dirigible.

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