Thomas Harris - Domingo Negro

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Con una impresionante hoja de servicios, el veterano de la guerra de Vietnam Michael J. Lander proyecta un diabólico atentado, que tendrá en jaque a los servicios de seguridad. Cuando concibió la operación, no pensó que necesitaría ayuda, pero, a medida que urdía su plan, decidió darle una nueva dimensión con el apoyo de Septiembre Negro y una coartada política. Poco después, el proyecto cobra forma y le depara un insospechado encuentro con Dahlia Iyad, una hermosa mujer que lucha por la causa de la liberación de Palestina.

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– Soy Michael J. Lander, capitán de corbeta de la marina de los Estados Unidos, capturado el 10 de febrero de 1967 mientras bombardeaba un hospital civil cerca de Ninh Binh… cerca de Ninh Binh. A pesar de que no cabe duda alguna sobre la autenticidad de mis crímenes de guerra, la república democrática de Vietnam no me ha infligido castigo alguno, sino que se limitó a mostrarme el sufrimiento que es el resultado de crímenes de guerra similares a los míos y a los de otros… de otros. Siento mucho haber hecho lo que hice. Siento mucho que hayan muerto niños. Les suplico a los ciudadanos norteamericanos que pongan fin a esta guerra. La república democrática de Vietnam no guarda rencor… no guarda rencor contra el pueblo norteamericano. Los responsables son los que están en el poder y que disfrutan con esta guerra. Estoy avergonzado por lo que hice.

La cámara enfocó a los otros prisioneros, sentados como atentos alumnos, con caras cuidadosamente inexpresivas. El himno indicaba el fin de la película.

– Bastante torpe -dijo Ali cuyo inglés era casi perfecto-. Debe haber tenido la mano atada a un lado. -Había observado detenidamente a Dahlia durante la proyección de la película. Sus ojos se abrieron ligeramente durante un segundo cuando salió un primer plano de la cara delgada. Pero eso fue lo único que quebró su impasibilidad.

– Bombardeó un hospital -musitó Ali-. Por lo visto tiene experiencia en este tipo de cosas.

– Fue capturado mientras piloteaba un helicóptero tratando de rescatar la tripulación de un Phantom abatido -explicó Dahlia-. Debe haberlo leído en mi informe.

– Leí lo que le contó -observó Najeer.

– Sólo me dice la verdad. No es capaz de mentirme -dijo la joven-. Hace dos meses que vivimos juntos. Lo sé muy bien.

– Es un pequeño detalle, de todos modos -dijo Ali-. Hay otras cosas respecto de él mucho más interesantes.

Ali la interrogó durante la siguiente media hora sobre detalles más íntimos del comportamiento del norteamericano. Cuando terminó, Dahlia tuvo la sensación de que sentía un leve olor en el cuarto. Real o imaginario, pero la transportó al campo de refugiados palestinos en Tiro, cuando ella tenía ocho años y debía enrollar la estera mojada sobre la cual su madre y el hombre que les llevaba la comida se habían revolcado en la oscuridad.

Fasil se hizo cargo del interrogatorio. Sus manos chatas y hábiles eran las de un técnico, y tenía callos en las puntas de sus dedos. Se inclinó ligeramente hacia adelante en su silla, con la pequeña maleta en el suelo junto a sus pies.

– ¿El norteamericano ha utilizado anteriormente explosivos?

– Solamente los equipos militares. Pero ha planeado todo cuidadosamente hasta el último detalle. Su plan parece ser bastante razonable -respondió Dahlia.

A usted le parecerá razonable, camarada. Quizá porque está íntimamente envuelta en él. Veremos si es realmente tanto como usted dice.

Deseó entonces que estuviera presente el norteamericano, y que todos pudieran oír su voz suave mientras explicaba paso a paso las distintas etapas del terrible proyecto, reduciéndolo a una serie de problemas perfectamente definidos, cada uno de ellos con su correcta solución.

Respiró hondo y comenzó a hablar sobre los problemas técnicos inherentes a la aniquilación simultánea de ochenta mil personas, incluyendo entre ellas al recientemente elegido primer magistrado de los Estados Unidos, ante la vista y paciencia de toda la nación.

– La única limitación es el peso -explicó Dahlia-. Debemos restringirnos a seiscientos kilos de plástico. Déme por favor un cigarrillo, un lápiz y una hoja de papel.

Se inclinó sobre el escritorio y dibujó una línea curva que se asemejaba a la sección transversal de un estadio. Dentro de la anterior y ligeramente más arriba, dibujó otra línea curva menor del mismo parámetro.

– Este es el blanco -explicó señalando la curva más grande. Su lápiz se movió hacia la otra más pequeña-. El principio de la carga…

– Sí, sí -interpuso Fasil-. Como una enorme mina Claymore. Simple. ¿Cuál es la densidad del público?

– Sentados hombro contra hombro, totalmente expuestos desde este ángulo de la pelvis para arriba. Necesito saber si el plástico…

– El camarada Najeer le dirá todo lo que precisa saber -respondió Fasil altivamente.

Dahlia prosiguió impertérrita:

– Necesito saber si el plástico que decidirá entregarme el camarada Najeer es el pre-empaquetado antipersonal con municiones de acero como el Claymore. El peso requerido incluye solamente al plástico. La cobertura y ese tipo de municiones no van a ser necesarios.

– ¿Por qué?

– El peso, por supuesto. -Estaba cansada ya de Fasil.

– ¿Y si no tiene municiones, qué hará, camarada? Si cuenta con la onda expansiva, permítame informarle…

– Permítame informarle a usted, camarada. Necesito su ayuda y la obtendré. No pretendo un peritaje de su parte. Usted y yo no estamos compitiendo. Los celos no tienen cabida dentro de la Revolución.

– Dile lo que quiere saber -dijo Najeer con voz áspera.

Fasil respondió inmediatamente:

– El plástico no contiene municiones. ¿Qué es lo que piensa utilizar?

– El exterior de la carga estará recubierto por capas de dardos para rifle calibre 177. El norteamericano cree que se dispersarán sobre 150 grados verticalmente sobre un arco horizontal de 260 grados. Calcula que ello brindará un promedio de 3,5 proyectiles por persona en la zona letal.

Fasil abrió desmesuradamente los ojos. Había visto cómo una mina norteamericana de las del tipo Claymore, del tamaño de un manual de colegio, había hecho estragos en una columna de soldados, segando el pasto a su alrededor. Lo que la joven proponía era equivalente a mil de esas minas que explotaran al mismo tiempo.

– ¿Y el detonador?

– Una cápsula de explosión eléctrica detonada por un sistema de doce voltios existente en la aeronave. Hay también otro idéntico en caso de que el primero no funcionara, provisto de pilas propias. Y también una mecha.

– Eso es todo -dijo el técnico-. He terminado.

Dahlia lo miró. Sonreía, pero no podía precisar si la sonrisa era de satisfacción o de miedo de Hafez Najeer. Se preguntó para sus adentros si Fasil sabría que la gran curva representaba el estadio de Tulane, donde se jugarían el 12 de enero los primeros veintiún minutos del Super Bowl.

Dahlia esperó durante una hora en un cuarto que daba al vestíbulo. Cuando fue llamada nuevamente a la oficina de Najeer, se encontró con que el jefe de la operación Septiembre Negro estaba solo. Ahora lo sabría.

El cuarto estaba a oscuras con excepción de una zona iluminada por una lámpara. Najeer, reclinado contra la pared, estaba en el cono de sombra. Pero sus manos estaban iluminadas y jugaban con un cuchillo de los usados por los comandos. Cuando habló lo hizo con una voz muy suave.

– Hágalo, Dahlia. Mate a todos los que pueda.

Súbitamente se inclinó hacia la parte iluminada, sonrió como si se sintiera aliviado, y sus dientes blancos resaltaron contra su rostro oscuro. Su aspecto era casi jovial cuando abrió la maleta del técnico y sacó una estatuilla de su interior. Era la imagen de una virgen, igual a las que se exhiben en los escaparates de los comercios dedicados a la venta de artículos religiosos, pintada de brillante colores y de rápida manufactura.

– Examínela -le dijo a la muchacha.

La joven tomó la estatuilla en sus manos. Pesaba alrededor de medio kilo pero no parecía ser de yeso. Una ligera protuberancia era perceptible a lo largo de sus costados, como si hubiera sido modelada a presión en un molde y no fundida. En su base podía leerse una inscripción que decía «Made in Taiwan».

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