Thomas Harris - Hannibal

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Han pasado diez años desde que el Doctor Lecter escapó de sus captores. La agente Sterling no ha podido dejar de pensar en volver a atraparle y cuando aparece un rastro en Florencia comienza la caza.

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El hecho de que el BAFT alquilara su sede en Washington al reverendo Sun Myung Moon era motivo de todo tipo de chistes en el FBI.

– Y a Farriday le van a dar con la puerta en las narices por lo de Ruby Ridge -añadió Tunberry.

– No lo entiendo -confesó Crawford. Había servido en Nueva York a las órdenes de Farriday en los setenta, cuando la muchedumbre se manifestaba ante el centro de operaciones del FBI en la Tercera Avenida con la calle Sesenta y nueve-. Farriday es un buen hombre. No fue él quien estableció el sistema de contratación.

– Se lo comuniqué ayer por la mañana.

– ¿Y se va a ir así, sin decir esta boca es mía? -preguntó Crawford.

– Digamos que no pierde los derechos adquiridos. Vivimos tiempos peligrosos, Jack.

Ambos corrían con la cabeza echada hacia atrás. El ritmo de sus zancadas aumentó levemente. Crawford miró al director por el rabillo del ojo y se dio cuenta de que estaba intentando poner a prueba su resistencia.

– ¿Cuántos años tienes, Jack? ¿Cincuenta y seis?

– Justos.

– Te falta un año para el retiro obligatorio. Muchos se van a los cuarenta y ocho, cincuenta… cuando aún están en condiciones de encontrar otro trabajo. Pero tú no has querido. Preferiste mantenerte ocupado después de la muerte de Bella.

Al ver que Crawford no contestaba durante media vuelta, el director comprendió que había hablado más de la cuenta.

– No quería hablar a la ligera, Jack. Doreen me decía el otro día lo mucho que…

– Quedan algunas cosas por hacer en Quantico. Queremos lanzar el VICAP [4]en Internet, para que cualquier policía pueda usarlo; ya lo habrás visto en el presupuesto.

– ¿Has querido ser director alguna vez, Jack?

– Nunca he creído que fuera el tipo de trabajo adecuado para mí.

– No lo es, Jack. Tú no tienes madera de político. No hubieras podido ser director en la vida. No hubieras sido un Eisenhower, Jack, o un Ornar Bradley -hizo un gesto a Crawford para que se detuviera, y se quedaron resollando al borde de la pista-. Sin embargo, sí hubieras podido ser un Patton, Jack. Tú puedes hacer atravesar el infierno a un grupo de hombres y conseguir que te sigan queriendo. Es un don que yo no tengo. Yo tengo que obligarlos.

Tunberry echó un rápido vistazo a su alrededor, recogió la toalla del banco y se la echó por los hombros como si fuera la toga del juez de la horca. Le brillaban los ojos.

Hay quien tiene que echar mano de la ira para ser duro, reflexionó Crawford mientras veía moverse los labios de Tunberry.

– En cuanto al asunto de la difunta señora Drumgo, la del MAC 10 y el laboratorio de meta, muerta a tiros mientras llevaba en brazos a su hijo, la Comisión de Vigilancia Judicial quiere un sacrificio humano. La carne y la sangre del cordero. Y lo mismo los medios de comunicación. La DEA tendrá que soltarles carnaza. El BATF, ídem de ídem. Pero en nuestro caso, puede que se conformen con una gallina. Krendler dice que si les damos a Clarice Starling nos dejarán tranquilos. Y yo pienso lo mismo. El BATF y la DEA la cagaron al planear la operación. Y Starling, al apretar el gatillo.

– Sobre una asesina de policías que, además, le disparó primero.

– Son las fotos, Jack. No lo entiendes, ¿verdad? El público no vio a Evelda Drumgo disparar a John Brigham. No vio a Evelda disparar a Starling en primer lugar. No lo ves si no sabes lo que estás mirando. Doscientos millones de personas, de las que una décima parte votan, vieron a Evelda Drumgo sentada en la calle en una postura que parecía la más a propósito para proteger a su hijo, con los sesos desparramados por los alrededores. No, Jack, no lo digas; ya sé que hubo un tiempo en que pensaste en Starling como en tu protegida. Pero tiene la boca demasiado grande, Jack, y empezó con mal pie para alguna gente…

– Krendler es un mierda.

– Escucha lo que voy a decirte y no me interrumpas hasta que haya acabado. La carrera de Starling estaba en el dique seco de todas formas. Le caerá un despido administrativo sin detrimento de sus derechos adquiridos, el papeleo no tendrá peor aspecto que una suspensión de empleo y sueldo; podrá conseguir otro trabajo. Jack, has hecho una labor extraordinaria en el FBI, la Unidad de Ciencias del Comportamiento ha sido obra tuya. Hay quien opina que, si hubieras puesto por delante tus propios intereses, hoy serías mucho más que un simple jefe de unidad, que te mereces mucho más que eso. Y yo seré el primero en afirmarlo. Jack, puedes jubilarte como director adjunto. Te lo garantizo yo mismo.

– Es decir, ¿si no me meto en esto?

– Quiero decir si los acontecimientos siguen su curso normal, Jack. Con todo el reino en paz eso es lo que sucedería. Jack, mírame.

– Sí, señor director.

– No te lo estoy pidiendo, te estoy dando una orden directa. Mantente al margen. No la cagues, Jack. A veces no hay más remedio que mirar a otro lado. Yo lo he tenido que hacer más de una vez. Oye, sé que es duro, créeme si te digo que sé perfectamente cómo te sientes.

– ¿Cómo me siento? Me siento como alguien que necesita ducharse -dijo Crawford.

CAPITULO 5

Starling era un ama de casa eficiente, aunque no meticulosa. Tenia su mitad del dúplex limpia y no le costaba localizar las cosas, que sin embargo tendían a formar montones: ropa limpia que había que ordenar, más revistas que lugares donde colocarlas… Era una planchadora fuera de serie, pero no cogía la plancha hasta el último minuto; como no necesitaba acicalarse, salía adelante sin problemas.

Cuando quería orden, atravesaba el territorio neutral de la cocina y entraba en la zona de Ardelia Mapp. Si su compañera de piso estaba en casa, podía pedirle algún consejo, que solía ser acertado, aunque a veces más sincero de lo que hubiera deseado. Si no estaba, se sobreentendía que Starling podía sentarse en medio del orden absoluto de aquellas habitaciones para pensar, siempre que lo dejara todo como estaba. Es lo que hizo ese día. Aquél era uno de esos espacios que parece contener a su ocupante incluso cuando está ausente.

Starling se sentó y posó la mirada sobre la póliza del seguro de vida de la abuela de Mapp, colgada en la pared en un marco de artesanía, después de haberlo estado en la granja que la abuela había habitado como aparcera y en el pisito de protección oficial de los Mapp cuando Ardelia era una niña. Su abuela vendía verduras y flores, y pagaba la prima con las ganancias; usando la póliza como garantía una vez saldada, había pedido un préstamo para ayudar a su nieta a acabar la universidad. También había una foto de la diminuta anciana, que no se había esforzado en sonreír por encima del cuello blanco almidonado, pero cuyos negros ojos brillaban con una sabiduría ancestral bajo el ala plana del rígido sombrero de paja.

Ardelia no había olvidado sus raíces, de las que sacaba fuerzas a diario. Starling procuró serenarse y sacarlas de las suyas. El Hogar Luterano de Bozeman le había proporcionado alimento, vestido y un adecuado modelo de conducta; pero, para lo que necesitaba en aquellos momentos, tenía que consultar a su propia sangre.

¿De qué puede presumir alguien que procede de una familia blanca de la clase trabajadora, y de un lugar en el que las heridas de la guerra de Secesión no acabaron de cicatrizar hasta los años cincuenta? ¿El retoño de una gente a la que en los campus consideraban un hatajo de patanes muertos de hambre y racistas o, de forma más condescendiente, de peones blancos y pelagatos de los Apalaches? Si hasta la dudosa aristocracia sureña, que no reconoce la menor dignidad al trabajo manual, se refiere a tu gente como ganapanes, ¿a qué tradición puedes acudir en busca de un modelo? ¿Que les zurramos la badana aquella primera vez en Bull Run? ¿Que el tatarabuelo se portó como un hombre en Vicksburg? ¿Que un rincón de Shiloh será para siempre Yazoo City?

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