Thomas Harris - Hannibal
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Burke se estremecía en la calzada, entre ambas mujeres. Los espasmos eran más débiles ahora que prácticamente se había desangrado, y la insufrible canción parecía ponerles música. Alguien se acercó agachándose, se puso en cuclillas a su lado y trató de cortar la hemorragia.
Starling apuntaba el arma al suelo, delante de Evelda.
– Enséñame las manos, Evelda, vamos, por favor, enséñame las manos.
Un bulto en la toquilla. La mujer levantó la cabeza y la miró entre las trencillas de pelo con sus oscuros ojos de egipcia.
– Vaya, Starling, eres tú…
– Evelda, no lo hagas, piensa en el niño…
– Vamos a intercambiar fluidos, zorra.
La toquilla se agitó y un estallido llenó el aire. Starling alcanzó a Evelda Drumgo bajo la nariz y le reventó la nuca.
Tuvo que sentarse. Sentía una aguda quemazón en un lado de la cabeza y le costaba respirar. También Evelda había quedado sentada, doblada sobre las piernas y sangrando por la boca sobre el niño, cuyo llanto se ahogaba contra el cuerpo de la madre. Starling se arrastró hasta ellos y bregó con las pegajosas hebillas del arnés. Sacó la navaja del sujetador de Evelda, hizo saltar el resorte sin mirarla y cortó el correaje. El bebé estaba rojo y resbaladizo, y a Starling le resultaba difícil sujetarlo.
Lo sostuvo contra el pecho y miró angustiada a su alrededor. Vio la lluvia procedente de la entrada del mercado y corrió hacia ella abrazada al cuerpecillo ensangrentado. Barrió con un brazo los cuchillos y las tripas de pescado, depositó al niño en la tabla de cortar y dirigió hacia él el chorro de la manguera. El cuerpecillo moreno yacía sobre la blanca tabla de cortar, entre cuchillos, entrañas de pescado y la cabeza del tiburón, mientras Starling procuraba quitarle de encima la sangre contaminada de su madre y la suya propia, que se iban juntas formando una sola corriente tan salada como el mismo mar.
En la cortina de agua, el pequeño arco iris, que parecía burlarse de la promesa bíblica, ondulaba como una bandera sobre la obra del ciego azote del Señor. Aquel hombrecito no tenía agujeros, que Starling pudiera ver. Desde los altavoces Macarena seguía atronando al ritmo de unos fogonazos que no cesaron hasta que Hare alejó al fotógrafo a empujones.
CAPÍTULO 2
Un callejón sin salida en un barrio obrero de Arlington, Virginia, poco después de medianoche. Acaba de caer un chaparrón, pero la noche otoñal es cálida. El aire se mueve inquieto anunciando un frente frío. Huele a tierra y hojas húmedas, y se oye el cri-cri de un grillo. El insecto enmudece al percibir una vibración poderosa, el zumbido sordo de un Mustang de cinco litros con válvulas de tubo de acero, que se mete en el callejón seguido por el coche de un marshal federal. Los dos vehículos suben por el camino de acceso a un par de casitas adosadas y se detienen. El Mustang vibra unos instantes en punto muerto. Cuando el motor se para, el grillo espera un momento y reanuda su cantinela, la última antes de la helada, la última de su vida.
Un agente de uniforme sale del Mustang por la puerta del conductor. Da la vuelta al coche y abre la puerta del pasajero. Clarice Starling pone los pies en el suelo. Una cinta blanjca le sujeta un vendaje por encima de la oreja. Tiene el cuello manchado de Be-tadine rojo anaranjado por encima de la bata hospitalaria de color verde que lleva en lugar de camisa.
En la mano lleva una bolsa de plástico con cierre de cremallera que contiene sus objetos personales: monedas, llaves, su carnet de agente especial del FBI, un cargador rápido con cinco tandas de munición y un aerosol irritante. Además de la bolsa, un cinturón y la pistolera, vacía.
El agente le entrega las llaves del coche.
– Gracias, Bobby.
– ¿Quieres que Pharon y yo entremos y nos quedemos un rato? ¿O prefieres que llame a Sandra? Estará levantada, esperándome. La traeré para que te haga un poco de compañía. Te conviene…
– No. Prefiero estar sola. Ardelia no tardará en llegar. Pero te lo agradezco, Bobby.
El policía entra en el otro coche y espera con su compañero hasta verla entrar en casa; luego, el vehículo federal abandona el lugar.
El cuarto de la lavadora está caliente y huele a suavizante. Los tubos de la lavadora y de la secadora están sujetos con manillas de plástico. Starling vacía sus cosas sobre la lavadora y la llaves resuenan contra el metal. Saca la ropa húmeda de la lavadora y llena con ella la secadora. Se quita los pantalones de faena y los mete en la lavadora; luego hace otro tanto con la bata del hospital y con el sujetador manchado de sangre, y pone en marcha el aparato. Se queda en calcetines, bragas y la sobaquera con un 38 especial con el percutor envuelto en esparadrapo. Tiene moratones en la espalda y en las costillas, y un codo en carne viva. Lleva hinchados el ojo y la mejilla izquierdos.
La lavadora se llena de agua y empieza a girar. Starling se envuelve en una gran toalla playera y va al comedor. Vuelve con dos dedos de Jack Daniels puro en un vaso largo. Se sienta a oscuras en la alfombrilla de caucho que hay delante de la lavadora y apoya la espalda contra el aparato caliente, que vibra y chapalea. Levanta la cara hacia el techo y solloza en seco unos instantes, hasta que por fin las lágrimas le afloran a los ojos. Lágrimas ardientes, que se deslizan por las mejillas y ruedan barbilla abajo.
Ardelia Mapp llegó a su casa alrededor de la una menos cuarto, después de un largo trayecto en coche desde el cabo May; el hombre la acompañó hasta la puerta, donde se dieron las buenas noches. Mapp estaba en su cuarto de baño cuando oyó correr el agua y la sacudida de las cañerías al cambiar de ciclo la lavadora.
Fue hasta la parte trasera de la casa y dio la luz de la cocina que compartía con Starling. Era suficiente para ver el interior del cuarto de la lavadora. Starling estaba sentada en el suelo y tenía la cabeza envuelta en un vendaje.
– ¡Clarice! ¡Pero, cariño…! -la chica se arrodilló a su lado-. ¿Qué te ha pasado?
– Me han disparado encima de la oreja, Ardelia. Me han curado en el Walter Reed. No des la luz, ¿vale?
– Vale. Te prepararé alguna cosa. No me he enterado. En el coche hemos venido escuchando música. Cuéntame…
– John ha muerto, Ardelia.
– ¿John? ¿John Brigham?
Tanto Mapp como Starling habían tenido sus más y sus menos con Brigham cuando el agente especial era instructor de tiro en la Academia del FBI. Las dos amigas se habían empeñado en descifrar un tatuaje que se le adivinaba bajo la manga de la camisa.
Starling asintió y se secó los ojos con el dorso de la mano, como una niña.
– Evelda Drumgo y un puñado de Tullidos. Evelda le disparó. También ha muerto Burke, Márquez Burke, del BATF. Era una operación conjunta. A Evelda le dieron el soplo y los de las noticias llegaron al mismo tiempo que nosotros. Evelda era mía. No quiso entregarse, Ardelia. No quiso rendirse ni con el niño en los brazos. Intercambiamos unos disparos y ahora ella está muerta.
Era la primera vez que Mapp la veía llorar.
– Hoy he matado a cinco personas, Ardelia.
Mapp se sentó en el suelo al lado de Starling y le pasó un brazo por los hombros. Se quedaron con las espaldas apoyadas contra la lavadora, que seguía girando.
– ¿Y el hijo de Evelda?
– Le limpié la sangre de su madre. No tenía rasguños en la piel, al menos yo no los vi. En el hospital dicen que físicamente está bien. Se lo entregarán a la madre de Evelda dentro de un par de días. ¿Sabes qué fue lo último que me dijo Evelda, Ardelia? «Vamos a intercambiar fluidos, zorra.»
– Déjame prepararte algo -le dijo Mapp.
– ¿Qué? -preguntó Starling.
CAPÍTULO 3
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