Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– Salga de aquí antes de que la eche yo mismo.

– Pues tendrá que hacerlo personalmente, Dick, porque no hay nadie entre su personal que esté dispuesto a hacer una cosa así por usted -replicó ella con voz ahora serena.

Armstrong se levantó de la silla con el rostro enrojecido. Colocó las palmas de las manos sobre la mesa y la miró fijamente. Ella le dirigió una amplia sonrisa, se volvió y salió tranquilamente del despacho. Afortunadamente, él no escuchó los aplausos que la saludaron al cruzar el despacho exterior, pues en tal caso otros empleados podrían haberse unido a ella.

Armstrong tomó un teléfono y marcó un número interno.

– Seguridad. ¿En qué puedo servirle?

– Soy Dick Armstrong. La señora Carr abandonará el edificio dentro de pocos minutos. No la dejen salir bajo ninguna circunstancia en el coche de la empresa, y asegúrese de que no vuelva a entrar aquí. ¿Me ha entendido bien?

– Sí, señor -contestó la voz incrédula al otro extremo de la línea.

Armstrong colgó el teléfono con fuerza, lo volvió a levantar inmediatamente y marcó otro número.

– Departamento de contabilidad -dijo una voz.

– Póngame con Fred Preston.

– En estos momentos está ocupado al teléfono.

– Entonces cuélguele el teléfono.

– ¿De parte de quién?

– Soy Dick Armstrong -aulló.

La línea quedó en silencio un momento. La siguiente voz que escuchó fue la del jefe del departamento de contabilidad.

– Soy Fred Preston, Dick. Lo siento, estaba…

– Fred, Sally acaba de dimitir. Cancele su cheque mensual y envíele la liquidación que le corresponde a su dirección particular, sin demora. -No hubo ninguna respuesta-. ¿Me ha oído?

– Sí, Dick. Imagino que deberá recibir las gratificaciones que le corresponden, así como la paga apropiada por despido.

– No. No debe recibir nada más que aquello a lo que tenga estrictamente derecho según las condiciones de su contrato y de lo que estipula la ley.

– Como seguramente sabe, Dick, Sally nunca tuvo contrato. Es la persona más antigua de la empresa. ¿No cree usted que teniendo en cuenta las circunstancias…?

– Como diga otra palabra más, Fred, tendrá que prepararse también el finiquito para sí mismo.

Armstrong volvió a colgar el teléfono con fuerza y lo levantó por tercera vez. En esta ocasión marcó el número que tan bien conocía. Aunque alguien contestó inmediatamente, no dijo una sola palabra.

– Soy Dick -empezó a decir-. Antes de que cuelgues, debo decirte que acabo de despedir a Sally. En estos momentos abandona para siempre el edificio.

– Eso es una noticia maravillosa, querido -dijo Sharon-. ¿Cuándo empiezo yo?

– El lunes por la mañana. -Luego, tras una corta vacilación, añadió-: Como mi secretaria.

– Como tu ayudante personal -le recordó Sharon.

– Sí, desde luego, como mi ayudante personal. ¿Qué te parece si hablamos de los detalles durante el fin de semana? Podríamos volar hasta el yate…

– Pero ¿qué me dices de tu esposa?

– Lo primero que he hecho esta mañana ha sido llamarla y decirle que no me espere este fin de semana.

Se produjo una pausa antes de que Sharon hablara de nuevo.

– Sí, creo que me encantará pasar el fin de semana en el yate contigo, Dick, pero si nos encontráramos con alguien en Monte Carlo, recordarás presentarme como tu ayudante personal, ¿verdad?

Sally esperó en vano a que le llegara el último cheque, y Dick no hizo ningún intento por ponerse en contacto con ella. Los amigos de la oficina le dijeron que la señorita Levitt, como ella insistía en que la llamaran, se había instalado en su lugar y todo estaba sumido en el caos más completo. Armstrong nunca sabía dónde tenía que estar y cuándo, su correspondencia se acumulaba sin contestar, y su temperamento ya no era voluble, sino perpetuo. Nadie parecía dispuesto a decirle que podía solucionar todos los problemas con una sola llamada telefónica, si estaba dispuesto a ello.

Mientras tomaba una copa en un pub local, un abogado amigo suyo le indicó a Sally que, teniendo en cuenta la nueva legislación, ella se encontraba, después de veintiún años de trabajo, en una posición bastante fuerte para demandar a Armstrong por despido improcedente. Ella le recordó que no tenía contrato de trabajo, y nadie mejor que ella conocía las tácticas que emplearía Armstrong en el caso de que lo demandara. En el término de un mes ya no podría pagarle siquiera al abogado y al final se vería obligada a abandonar el caso. Había visto utilizar con muy buen resultado esas mismas tácticas con otros muchos que se habían atrevido a tratar de vengarse en el pasado.

Una tarde, Sally acababa de regresar a casa después de presentarse para ocupar un puesto de trabajo temporal cuando sonó el teléfono. Contestó y alguien le pidió, con una voz que sonaba por encima de la estática, que esperara un momento para atender una llamada desde Sydney. Se preguntó por un momento por qué no se limitaba a colgar el teléfono, pero al cabo de un momento sonó otra voz por el auricular.

– Buenas tardes, señora Carr. Soy Keith Townsend, el…

– Sí, señor Townsend, sé muy bien quién es usted.

– La llamaba para decirle lo apesadumbrado que me sentí al enterarme de cómo había sido tratada por su antiguo jefe. -Sally no dijo nada-. Quizá le sorprenda saber que me gustaría ofrecerle un puesto de trabajo.

– ¿Para descubrir en qué ha estado metido Dick Armstrong y qué periódico trata de comprar?

Se produjo un prolongado silencio, y sólo la estática de la línea le permitió a Sally comprender que la línea seguía abierta.

– Sí -dijo finalmente Townsend-, eso es exactamente lo que pensaba. Pero de ese modo, al menos, podría usted tomarse esas vacaciones en Italia por las que ya ha efectuado el pago inicial. -Sally se quedó asombrada, sin saber qué decir. Townsend continuó-: También estoy dispuesto a superar cualquier compensación a la que pueda tener derecho después de veintiún años de servicio.

Sally no dijo nada durante unos momentos, pero comprendió de pronto por qué Dick consideraba a este hombre como un oponente tan formidable.

– Gracias por su oferta, señor Townsend, pero no me interesa -dijo con firmeza, y colgó el teléfono.

La reacción inmediata de Sally consistió en ponerse en contacto con el departamento de contabilidad de Armstrong House y descubrir por qué no había recibido su último cheque. La hicieron esperar durante algún tiempo, antes de que el jefe de contabilidad se pusiera al habla.

– ¿Cuándo puedo esperar el cheque del último mes, Fred? -le preguntó-. Ya han pasado más de dos semanas.

– Lo sé, pero he recibido instrucciones de no enviárselo. Lo siento, Sally.

– ¿Por qué no? -preguntó-. Sólo es aquello a lo que tengo derecho.

– Lo sé, pero…

– Pero ¿qué?

– Parece ser que se produjo un estropicio la última semana que estuvo aquí, antes de ser despedida. Según me han dicho, se rompió un juego de café de exquisita porcelana de Staffordshire.

– Ese bastardo -exclamó Sally-. Yo ni siquiera estaba en su despacho cuando él lo rompió.

– Y también le ha deducido dos días de salario por tomarse tiempo libre durante el horario de oficina.

– Pero él mismo me dijo que me tomara ese tiempo para que él pudiera…

– Todos lo sabemos, Sally. Pero él ya no quiere escuchar a nadie.

– Lo sé, Fred -dijo ella-. No es culpa suya. Aprecio el riesgo que corre usted incluso por el simple hecho de hablar conmigo, y se lo agradezco.

Colgó el teléfono, y se quedó sentada en la cocina, mirando sin ver. Una hora más tarde, al tomar de nuevo el teléfono, pidió que la pusieran con la telefonista internacional.

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