– Eso sería muy considerado por su parte -asintió Townsend.
– Lo digo porque quizá eso resulte un tanto difícil. Ha hecho todo el viaje con nosotros, y ya la hemos tenido que cambiar dos veces de sitio porque no le gustaban los pasajeros de su mesa.
Townsend sacó la cartera por segunda vez. Momentos más tarde abandonó el comedor, convencido de que se sentaría al lado de su presa.
Al regresar al camarote, los demás pasajeros ya empezaban a regresar a bordo. Se duchó, se cambió para la cena y, una vez más, leyó el perfil de personalidad de la señora Sherwood, que Kate le había preparado. Pocos minutos antes de las ocho emprendió de nuevo el camino hacia el comedor.
Ya había una pareja sentada en la mesa. El hombre se levantó inmediatamente y se presentó.
– Soy el doctor Arnold Percival, de Ohio -dijo, y estrechó la mano de Townsend-. Le presento a mi querida esposa, Jenny, también de Ohio. -Y lanzó una risotada.
– Keith Townsend -les dijo-. Soy de…
– Australia, si no me equivoco. Señor Townsend, ha sido muy agradable que lo instalen en nuestra mesa -dijo el doctor-. Acabo de jubilarme, y Jenny y yo nos habíamos prometido desde hace años emprender un crucero. ¿Qué le ha traído a bordo? -Antes de que Townsend pudiera contestar, llegó otra pareja-. Les presento a Keith Townsend, de Australia -dijo el doctor Percival-. Permítame presentarles al señor y la señora Osborne, de Chicago, Illinois. -Acaban de estrecharse las manos cuando el doctor dijo-: Buenas noches, señora Sherwood. ¿Me permite que le presente a Keith Townsend?
A partir de la información preparada por Kate, Townsend sabía que la señora Sherwood tenía sesenta y siete años, pero estaba claro que debía de haber empleado una considerable cantidad de tiempo y dinero para tratar de ocultar ese hecho. Dudaba mucho que hubiera sido hermosa alguna vez, pero la descripción «se conserva bien» acudió ciertamente a su mente. Su vestido de noche era elegante, aunque el borde fuera quizá un par de centímetros demasiado corto. Townsend le sonrió como si ella fuera por lo menos veinticinco años más joven.
En cuanto la señora Sherwood escuchó el acento de Townsend apenas si pudo disimular un gesto de desaprobación, pero otros dos pasajeros llegaron en ese momento y eso la distrajo. Townsend no captó bien el nombre del general, pero la mujer se presentó como Claire Williams y ocupó el asiento situado junto al doctor Percival, al otro lado de la mesa. Townsend le dirigió una sonrisa que ella desdeñó.
Antes de que Townsend pudiera ocupar su asiento, la señora Sherwood exigió saber por qué se había trasladado al archidiácono.
– Creo que lo veo sentado en la mesa del capitán -dijo Claire.
– Espero que haya regresado para mañana -observó la señora Sherwood, que inició inmediatamente una conversación con el señor Osborne, sentado a su derecha. Puesto que ella se negó resueltamente a hablar con Townsend durante el primer plato, inició una conversación con la señora Percival, al mismo tiempo que trataba de no perderse lo que decía la señora Sherwood, algo que le resultó bastante difícil.
Después de retirado el plato principal, Townsend apenas había intercambiado una docena de palabras con la señora Sherwood. Fue mientras tomaban café cuando Claire le preguntó desde el otro lado de la mesa si había estado alguna vez en Inglaterra.
– Sí. Estuve en Oxford justo después de la guerra -admitió Townsend por primera vez en quince años.
– ¿En qué colegio? -preguntó la señora Sherwood, que se giró hacia él.
– En Worcester -contestó él dulcemente.
Pero ésa resultó ser la primera y última pregunta que le dirigió aquella noche. Townsend se levantó cuando ella se dispuso a abandonar la mesa, y se preguntó si tendría suficiente con los tres días de que disponía. Una vez que hubo terminado el café, les deseó buenas noches a Claire y al general, antes de regresar a su camarote para repasar de nuevo la información contenida en la carpeta. En el perfil psicológico no se mencionaba la existencia de prejuicios o esnobismo pero, para ser justos con Kate, ella no había conocido a Margaret Sherwood.
A la mañana siguiente, al ocupar su sitio para tomar el desayuno, la única silla que permaneció vacía fue la de su derecha, y aunque fue el último en levantarse de la mesa, la señora Sherwood no apareció. Miró a Claire cuando ésta se levantó para marcharse y se preguntó si sería mejor seguirla, pero decidió no hacerlo, ya que eso no formaba parte del plan. Durante la hora siguiente paseó por el barco con la esperanza de encontrársela. Pero esa mañana no volvió a verla.
Al llegar pocos minutos tarde para el almuerzo, se sintió incómodo al ver que la señora Sherwood había sido trasladada al otro lado de la mesa y ahora se sentaba entre el general y el doctor Percival. Ni siquiera levantó la mirada cuando él se sentó. Claire, que llegó unos minutos más tarde, no tuvo más remedio que sentarse junto a Townsend, aunque inició inmediatamente una conversación con el señor Osborne.
Townsend trató de escuchar lo que la señora Sherwood le decía al general, con la esperanza de encontrar alguna excusa para intervenir en su conversación, pero ella sólo hablaba de que éste era el decimonoveno crucero que emprendía alrededor del mundo, y que conocía el barco casi tan bien como el capitán.
Townsend ya empezaba a temer que su plan no funcionara. ¿Debía abordar el tema directamente? Kate le había aconsejado que no lo hiciera. «No debemos suponer que sea estúpida», le advirtió antes de que ambos se separaran en el aeropuerto. «Sé paciente y ya se te presentará la oportunidad.»
Se volvió con naturalidad hacia la derecha al oír al doctor Percival que le preguntaba a Claire si había leído Réquiem por una monja .
– No -contestó ella-. No la he leído. ¿Es buena?
– Oh, yo sí -intervino la señora Sherwood desde el otro lado de la mesa-, y le puedo asegurar que no es la mejor de sus obras.
– Siento mucho oírle decir eso, señora Sherwood -intervino Townsend, con un poco de precipitación.
– ¿Y por qué, señor Townsend? -preguntó ella, incapaz de ocultar su sorpresa de que él conociera siquiera al autor.
– Porque he tenido el privilegio de publicar la obra del señor Faulkner.
– No sabía que fuera usted editor -dijo el doctor Percival-. Qué interesante. Apuesto a que en este barco hay mucha gente que podría contarle una buena historia.
– Posiblemente encontraría incluso una o dos en esta misma mesa -comentó Townsend, que evitó la mirada fija de la señora Sherwood.
– Los hospitales son una fuente excelente de historias -dijo el doctor Percival-. Eso es algo que sé muy bien.
– Cierto -asintió Townsend, que ahora empezaba a disfrutar-. Pero disponer de una buena historia no es suficiente. Hay que ser capaz de trasladarla al papel. Y para eso se necesita verdadero talento.
– ¿Para qué compañía trabaja? -preguntó la señora Sherwood, que trató de dar a su voz un tono natural.
Townsend se había limitado a poner la mosca y ella había saltado inmediatamente fuera del agua.
– Para Schumann & Co., de Nueva York -contestó con la misma naturalidad.
En ese momento, el general empezó a decirle a Townsend cuántos le habían animado a escribir sus memorias, y pasó a describir a todos los presentes cómo se desarrollaría el primer capítulo.
Aquella noche, al acudir a la cena, a Townsend no le sorprendió descubrir que la señora Sherwood había ocupado de nuevo su antiguo sitio, a su lado. Mientras tomaban el salmón ahumado dedicó un tiempo considerable a explicarle a la señora Percival cómo conseguir que un libro apareciera en las listas de los más vendidos.
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