– Cada día que pasa le proporciona a Townsend más tiempo para descubrir mis propósitos -murmuró irritado.
Aquel estado de ánimo indujo a Sally a retrasar la discusión anual sobre su aumento de sueldo, algo que a él siempre le enfurecía. Pero ella ya había empezado a aplazar el pago de ciertas facturas, que ahora ya estaban muy retrasadas, y sabía que tendría que afrontar la cuestión tarde o temprano, al margen del estado de ánimo de su jefe.
Armstrong colgó el teléfono después de hablar con su esposa, y le pidió a Sally que acudiera. Ella ya le había clasificado la correspondencia, se había ocupado de las cartas rutinarias, redactado respuestas provisionales para las restantes, y colocado todo ello en una carpeta de correspondencia, para su consideración. La mayoría sólo necesitaban de su firma. Pero antes de que tuviera tiempo siquiera de cerrar la puerta del despacho, él empezó a dictarle furiosamente. A medida que las palabras brotaron incontenibles, ella le corrigió automáticamente la gramática empleada y en algunos casos comprendió que tendría que atemperar la furia de sus palabras.
En cuanto hubo terminado de dictar, Armstrong salió a toda prisa del despacho para acudir a una cita para almorzar, sin darle a Sally la oportunidad de decir nada. Decidió que tendría que plantearle el tema de su salario en cuanto regresara. Al fin y al cabo, ¿por qué retrasar sus vacaciones sólo por la negativa habitual de su jefe a tener consideración por las vidas de los demás?
Cuando Armstrong regresó de almorzar, Sally ya había mecanografiado el texto dictado, y tenía las cartas preparadas en una segunda carpeta, sobre su mesa, a la espera de la firma. No pudo dejar de observar que, insólitamente para él, su aliento despedía un ligero olor a whisky, pero de todos modos llegó a la conclusión de que no podía aplazar el tema por más tiempo.
La primera pregunta que le hizo Armstrong en cuanto ella se encontró de pie delante de su mesa fue:
– ¿Quién demonios ha dispuesto que almorzara con el ministro de telecomunicaciones?
– Lo hice según su petición específica -contestó Sally.
– No pudo haber sido así -replicó Dick-. Antes al contrario, recuerdo con claridad haberle dicho que no deseaba volver a ver a ese cretino. -Su tono de voz se fue elevando a cada palabra que pronunciaba-. Es básicamente un inútil, como la mitad de su condenado gobierno.
Sally apretó el puño.
– Dick, creo que debo…
– ¿Cuál es la última noticia sobre Margaret Sherwood?
– No hay cambios -contestó Sally-. Regresa de su crucero a finales de mes, y lo he dispuesto todo para que se entreviste con ella en Nueva York al día siguiente. Ya tiene reservado el vuelo, y la suite habitual en el Pierre, con vistas a Central Park. Estoy preparando una carpeta, con referencia a la última información aportada por Alexander Sherwood. Tengo entendido que él ya le ha comunicado a su cuñada el precio al que ha vendido sus acciones, y le ha aconsejado hacer lo mismo en cuanto regrese.
– Bien. ¿Tengo entonces algún otro problema que resolver?
– Sí. Yo -contestó Sally.
– ¿Usted? -preguntó Armstrong-. ¿Por qué? ¿Qué le pasa?
– Han transcurrido ya casi dos meses desde que tendría que haberse producido mi aumento de sueldo, y empiezo a…
– No pensaba aumentarle el sueldo este año.
Sally casi se echó a reír cuando observó la expresión en el rostro de su jefe.
– Oh, vamos, Dick. Sabe muy bien que no puedo vivir con lo que me paga.
– ¿Por qué no? Otros parecen arreglárselas bastante bien sin quejarse.
– Sea razonable, Dick. Desde que Malcolm me dejó…
– Supongo que ahora dirá que la dejó por culpa mía, ¿no es eso?
– Probablemente así fue.
– ¿Qué sugiere con eso?
– No sugiero nada, pero con las horas que trabajo aquí…
– En ese caso, quizá haya llegado el momento de que empiece a buscarse un trabajo donde los horarios no sean tan exigentes.
Sally casi no podía dar crédito a lo que oía.
– ¿Después de veintiún años de trabajar para usted? -preguntó-. No estoy muy segura de que nadie quiera aceptarme.
– ¿Qué quiere dar a entender ahora con eso? -gritó Armstrong.
Sally vaciló, preguntándose qué le pasaba a su jefe. ¿Estaba borracho, o es que no se daba cuenta de lo que decía? ¿O acaso había bebido porque sabía exactamente lo que deseaba decir? Lo miró fijamente.
– ¿Qué le ocurre, Dick? Sólo le estoy pidiendo que actualice mi salario de acuerdo con la inflación, y no un verdadero aumento de sueldo.
– Le voy a decir lo que me ocurre -replicó él-. Estoy harto de la ineficiencia de esta oficina, además de observar su costumbre de acordar citas privadas durante las horas de oficina.
– Hoy no es el día de los Santos Inocentes, ¿verdad, Dick? -preguntó ella, tratando de apaciguar su estado de ánimo.
– No sea sarcástica conmigo o descubrirá que estamos más bien en los idus de marzo. Es precisamente esa clase de actitud la que me convence de que ha llegado el momento de dar paso a alguien que sea capaz de realizar este trabajo sin quejarse continuamente. Alguien con ideas nuevas. Alguien que sea capaz de imponer un poco de disciplina de la que esta oficina está tan necesitada.
Hizo descender con furia el puño sobre la carpeta de cartas sin firmar.
Sally le miraba fijamente, temblorosa, con incredulidad. Por lo visto, Benson había tenido razón desde el principio.
– Es por esa joven, ¿verdad? -preguntó-. ¿Cómo se llamaba? ¿Sharon? -Sally hizo una pausa antes de añadir-: De modo que ésa ha sido la razón por la que ella no ha venido siquiera a verme.
– No sé de qué me habla ahora -gritó Armstrong-. Simplemente, tengo la sensación de que…
– Sabe usted exactamente de qué estoy hablando -le espetó Sally-. No puede engañarme después de todos estos años. Le ha ofrecido mi puesto a esa mujer, ¿verdad? Casi imagino sus palabras exactas: «Solucionaré todos tus problemas, cariño. De ese modo, siempre estaremos juntos».
– No he dicho nada de eso.
– ¿Ha utilizado esta vez palabras diferentes?
– Simplemente, tengo la sensación de que necesito un cambio -dijo en voz más baja-. Me ocuparé de que sea usted debidamente compensada.
– ¿Debidamente compensada? -gritó ahora Sally-. Sabe muy bien que a mi edad me será prácticamente imposible encontrar otro trabajo. Y, en cualquier caso, ¿cómo se propone «compensarme» por todos los sacrificios que he hecho por usted durante estos años? ¿Quizá con un piojoso fin de semana en París?
– ¿Cómo se atreve a hablarme de ese modo?
– Le hablo como me parece que debo hacerlo.
– Continúe hablando de ese modo y vivirá para lamentarlo, muchacha.
– Yo no soy su «muchacha» -le espetó Sally-. De hecho, soy la única persona de esta organización a la que no puede usted seducir ni amedrentar. Le conozco desde hace demasiado tiempo.
– En eso estoy de acuerdo. Y ésa es precisamente la razón por la que ha llegado el momento para que se marche.
– Para ser sustituida por Sharon, sin duda.
– Eso a usted ya no le incumbe.
– Sólo espero que, al menos, sea buena en la cama.
– ¿Qué quiere decir con eso?
– Sólo que durante el par de horas que ocupó mi puesto tuve que volver a mecanografiar siete de las nueve cartas que hizo debido a sus numerosos errores. Las otras dos las tuve que repetir también porque iban dirigidas a las personas equivocadas. Debería haber dejado que el primer ministro se enterara de las medidas para sus pantalones, y el sastre de lo que le decía al primer ministro.
– Fue su primer día. Mejorará.
– No, si mantiene siempre abiertos los botones de su bragueta, no mejorará.
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